Empieza el gran crac de 2004-2005 | LaRouche Political Action Committee

Empieza el gran crac de 2004-2005


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EMPIEZA EL GRAN CRAC DE 2004–2005

por Lyndon H. LaRouche
28 de noviembre de 2004

Es hora de hablar acorde al espíritu de Esquilo, Shakespeare y Schiller de la gran tragedia americana del 2004.

Algunas caricaturas destacadas que aparecieron en la prensa británica y estadounidense del fin de semana, entre otras fuentes del caso, han anunciado que la actual gran crisis monetario–financiera mundial ahora camina a paso acelerado hacia su fase de derrumbe general.

Típico de esta situación alocada es el coro creciente de voces en Asia y Europa que propone retirarse de inmediato del decadente dólar estadounidense ahora, mientras todavía —dicen— pueda salvarse algo de valor abandonando al dólar "a tiempo". Contrario a sus ilusiones, la tendencia hacia establecer una "canasta de monedas" como alternativa al dólar, tan sólo aceleraría la depresión mundial que embiste.

Es claro que semejante propuesta de solución es algo diseñado por "cabezas de canasta", un plan que llevaría a esas naciones a tomar medidas que acelerarían la caída del dólar, arrastrando así más rápido a todo el sistema monetario mundial dolarizado al infierno, y a ellas consigo.

Hasta aquí llegó esa caterva de mentirosos y tontos crédulos de todo el mundo, que insistió hasta el 2 de noviembre que la en verdad declinante economía de los EU, esa economía ahora a cargo del maravilloso estadismo del peor idiota del mundo, el presidente George W. Bush hijo, ya iba rumbo a su marcha triunfal. Así que Bush, al igual que el famoso emperador del cuento de Hans Christian Andersen, era visto por los crédulos verdaderos creyentes, como vestido a la maravilla, y ascendiendo con ese garbo y garbillando por las páginas de la historia venidera, hacia la pesadilla escalofriante que está al cruzar el borde de sus ilusiones y las de sus crédulos admiradores.

Mientras tanto, la mayoría de mis principales rivales visibles entre las personalidades políticas y económicas notables del mundo, hasta ahora o han negado de plano que ya está en marcha tal crisis monetario–financiera o insisten que las reformas tienen que limitarse a las condiciones especificadas por tales autoridades como esos dos instrumentos depredadores del gobierno unimundista que han sido los principales causantes de esta depresión y desintegración en los últimos treinta y tantos años: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

Por lo tanto, lo más importante de los hechos políticos de la realidad actual es el que yo haya tenido la razón desde un principio, y a más tardar desde fines de los 1950, cuando ya estaba pronosticando que, había una cierta probabilidad de que harían irrupción los sucesos económicos mundiales decisivos que empezaron a ser realidad a fines de los 1960. Mis pronósticos iniciales, difundidos cada vez más a fines de los 1960, fueron confirmados por tales sucesos memorables como las crisis monetarias de la libra esterlina de 1967 y la del dólar de 1968, y por la desintegración monetaria de 1971–72. Este pronóstico, actualizado en las décadas posteriores, continuó desde el intervalo de 1967–1971, hasta la fase candente de la campaña presidencial de 2004. Hice muy pocas predicciones y me concentré más bien en hacer pronósticos sobre los probables puntos de inflexión venideros durante todo ese período, desde fines de los 1950 hasta la fecha.

Por lo tanto, en las circunstancias actuales el asunto político más importante, ya sea en el pueblito de Barataria o en Washington, D.C. o en otras capitales del mundo, es la manifiesta corrupción ( o la simple ignorancia increíble) de aquellos que, ya sea por estupidez, codicia o simple necedad, no están dispuestos a reconocer que el hecho político más importante del momento es que yo he tenido la razón desde un principio, y aquellos que ya sea me adversaron o que simplemente tratan de desviar la atención a temas locales o que incluso no vienen al caso, han sido mentecatos. Así, esos entre mis diversos adversarios han logrado autodesacreditarse por el hecho innegable de la avalancha económica global que arremete. Repito: los que rehúsan como taimados o de otra forma hablar de ese "tema", y que más bien prefieren abordar "temas de actualidad" local o especial, que no tienen nada que ver en realidad con el desplome económico que ahora embiste a todo el sistema monetario–financiero mundial, son característicos.

¿Por qué habría uno de prestarle atención a alguien que le hace al sandio, al preferir hablar de "otras cosas" tales como los "asuntos locales"? Esto incluye a aquellos entre nosotros que le hacen al tonto oportunista de ese modo, aun ahora cuando ya ninguna persona cuerda puede negar que el sistema que Bush alaba está desplomándose rápido y duro. El destino de toda la humanidad por varias generaciones está definiéndose en estos momentos por el asunto de la negativa de los gobiernos, hasta ahora, a enfrentar la realidad que embiste, y de la que yo he venido pronosticado con una exactitud excepcional, comprobada repetidas veces por más de cuarenta años. ¿Cuándo van a estar listos para hablar del asunto real del momento? ¿Después que estén muertos o, quizá cuando estén muriéndose en un campo de concentración como los de Hitler del Gobierno de Bush? Ahora, cuando este gran desplome financiero mundial arremete, ¿quién está dispuesto todavía a hacerse el tonto hablando de "algún otro asunto", de algo que no sea el porqué yo he tenido la razón y mis críticos mentados han probado estar terriblemente equivocados todos estos años?

Eso basta en cuanto a la gente que alega haber "aprendido de la experiencia".

El que la mayoría de los principales dirigentes y la opinión popular de una nación padezca de esa modalidad de desordenes morales y mentales define una tragedia clásica en la vida real, tal como la estupidez suicida de Atenas en la guerra del Peloponeso, la Nueva Era de Tinieblas de la Europa del siglo 14, la guerra de los Treinta Años de 1618–1648 y las dos grandes "guerras mundiales" del siglo 20.

La política de la tragedia

La tragedia clásica, de la que los mejores ejemplos son las obras de Esquilo, Shakespeare y el historiador Federico Schiller, no enfoca, como hacen los románticos, en los supuestos errores y los deseos frustrados de los dirigentes de la sociedad, tales como en el títere patético de Bush, sino en los errores de las culturas que los dirigentes seleccionados por la sociedad son incapaces de derrocar. A este respecto, los grandes dramaturgos de nuestra cultura son sus historiadores más veraces. Para entender a los Estados Unidos y a su pueblo hoy, uno tiene que ser, ante todo, un adversario calificado del romanticismo que Samuel Taylor Coleridge y sus seguidores aplicaron a sus comentarios de peso, pero corruptos, sobre Shakespeare.

La fuente de la tragedia yace en el rasgo característico que define a esa cultura que le sirve de marco, tal como el suicidio de la Atenas de Pericles estuvo arraigado en la cultura reduccionista que representaban por los eleáticos y sofistas, así como la ruina del Imperio Romano y la de los imperios de Mesopotamia antes estaba arraigada en la naturaleza de sus culturas inducidas o adquirida de otro modo. La raíz causal de tales tragedias, como la de los seguidores de la continuación habsburga del gran inquisidor Tomás de Torquemada de España, fue la cultura de esa España que describe el Don Quijote de Cervantes, y cuya consumación fue la autodestrucción de España en sus guerras religiosas y barbaridades afines de los siglos 16 y 17. Así también, la tragedia de Europa, desde la llamada "guerra de los Siete Años" y el tratado de París de febrero de 1763, ha estado arraigada en el creciente poder de la influencia de la filosofía liberal angloholandesa asociada con la imperialista Compañía de las Indias Orientales británica y sus secuelas. De esta última fuente surgió el fascismo del período de 1922–1945, y la nueva forma trágica de fascismo mortífero diseñado por el Congreso a Favor de la Libertad Cultural, hoy identificada con mayor precisión como "globalización".

La fuente inmediata de nuestra tragedia nacional estadounidense en la actualidad, es el supuesto de los políticos y otros de que tenemos que operar dentro de los linderos de la ideología del liberalismo contemporáneo, como éste lo definen fascistas tales como los genocidas Zbigniew Brzezinsky y su compinche Samuel P. Huntington, y otros copensadores manifiestos de la tradición de "La conspiración abierta" de H.G. Wells, tales como la ex secretaria de Estado Madeleine Albright.

Ideologías de esta suerte actúan sobre el comportamiento de las poblaciones y sus dirigentes como una cerca electrificada guarda al ganado. Hay una deplorable escasez de dirigentes políticos calificados, como lo soy yo, que insisten en romper esas cercas.

Ese miedo a las cercas culturales que son como cercas electrificadas controla no sólo a casi todos nuestros principales políticos y partidos, sino también la conducta general de diversos grupos dentro de nuestra población. Esto funciona a tales efectos como los siguientes. Como dijera en 1988 un ahora difunto colaborador que más hace al caso del ex presidente George H.W. Bush, sobre la decisión de abrirme una causa fraudulenta para meterme en prisión: "Él trató de hacer política sin pagar la manda, y ya ven donde acabó". Muy pocos de nuestros principales políticos han tenido las agallas de hacer lo que yo, respecto a muchas de esas cuestiones que me han acarreado las pasiones homicidas tanto de algunos de los Gobiernos soviéticos como de las élites liberales angloholandesas de Europa y los Estados Unidos. Es la falta de agallas de estos políticos, en este respecto, lo que es la esencia de la tragedia nacional mortal que ahora tiene atenazados a los EUA y a todo su pueblo, al tiempo que esta crisis monetario–financiera mundial se nos viene encima.

El asunto decisivo del cual depende la influencia y el potencial de supervivencia de toda nuestra asociación internacional hoy día, está planteado ahora en la cuestión de mi reivindicación como la persona que ha tenido la razón en cuanto a las implicaciones de las tendencias mundiales producidas por las normas económicas y monetario–financieras del sistema del FMI de 1964 a 2004, un período de no menos de 45 años, pero de una forma más pronunciada desde que empecé a enseñar un curso de economía cada vez más polémico en lo político hace 40 años. Lo que esa historia demuestra es que mis evaluaciones sistémicas sobre las implicaciones de las tendencias causadas por la toma de decisiones en el sistema del FMI han probado ser correctas, y las de aquellos que han adversado mis evaluaciones a lo largo de este lapso han errado de forma sistemática.

Lo decisivo de estas implicaciones sistémicas es que, de no adoptarse ahora mis remedios en tanto reformas, el sistema monetario–financiero internacional ha llegado ahora a tal punto de desintegración inevitable, que no existe esperanza alguna para la civilización aparte de la adopción de mis medidas correctivas como las he propuesto, o nuestra civilización como la conocemos caerá en la ruina por generaciones por venir.

En esto es decisivo mi papel personal. Muy pocas personas en la sociedad actual logran desarrollarse independientes de los rasgos determinantes decisivos de una cultura controlada que comparten la mayoría de las víctimas de una sociedad contemporánea. Sólo uno que haya sido disidente, casi desde su nacimiento, desarrolla la fibra para convertirse en la clase de dirigente que puede resistir las influencias corruptoras características de incluso los relativamente mejores representantes de una generación dominada por una cultura defectuosa, como lo es ésa forjada por las implicaciones del Congreso a Favor de la Libertad Cultural, que dominó la cosmovisión expresada por las generaciones nacidas en los EUA y Europa en la posguerra. Para mí estas distinciones son muy claras dado que las conozco de forma íntima por la experiencia de toda una vida. En cuanto a esto, mis dones intelectuales y las responsabilidades correspondientes han sido únicos en términos relativos.

Un mundo racional hubiera recibido mis advertencias de buena fe. Como rompí las cercas electrificadas usadas para controlar el ganado humano en las facultades de nuestras universidades y demás, mis advertencias se descartaron de un modo histérico, producto del miedo cobarde a los guardianes de las cercas eléctricas. Pero este no es un mundo racional; la nuestra no es predominantemente una población racional, ya sea en las Américas o en Europa Occidental, por ejemplo. Sólo unos pocos de nosotros, que somos sobrevivientes excepcionales, en Europa y los EU, de la experiencia de la generación de jóvenes adultos de la Segunda Guerra Mundial, podemos entender con mayor probabilidad qué tienen de malo esta cultura y nuestras élites gobernantes hoy.

Para aquellos de mi generación que entienden a la generación que hoy predomina en el poder, existen tres clases de casos patológicos mentales que, debido principalmente a las cercas eléctricas, tenderán a continuar rechazando, aun hasta la tragedia, esta evaluación.

Primero, los malvados, quienes seguirán aferrados al presente sistema no importa a cuantas naciones y sus poblaciones haya que masacrar para tratar de "salvar el sistema monetario–financiero actual".

Segundo, los mentecatos histéricos, quienes simplemente negarán con gritos, lamentos y formas lógicas afines que tal eventualidad exista. "¡No, no, no! Los cambios que hicimos en los contornos principales de la cultura popular en los últimos cuarenta años fueron los correctos!" Los electores evangélicos republicanos representativos de Ohio, que al parecer siguen aferrados a:"¡No, no, no; no queremos escucharte, pase lo que pase! ¡Tenemos fe en la recuperación del presidente Bush, hasta el fin!".

Tercero, los lunáticos que han obtenido su certificación del mundo académico o de otra forma, incluyendo los fascistas internacionales fanáticos asociados con el Blas Piñar de España, la Alessandra Mussolini de Italia, y Fernando Quijano, quienes admiten el hecho del derrumbe, pero se aferran a su propia fantasía fascista irracional.

Ahora bien, si rechaza mi consejo, el pueblo de los EU, dirigentes, seguidores y anarquistas por igual, bien pudiera disfrutar leer lo que acabo de decir como si fuera su propio epitafio colectivo. Es lo mínimo que puedo hacer por ellos en ese caso.

Por otro lado, todo lo que tengo sigue siendo una "apuesta", incluyendo mi vida, a las alternativas que he seguido en estas últimas décadas, sin importar qué tan difícil parezca a veces lograr ese objetivo. Ustedes que creen en el Creador, van a demostrarlo al arriesgarlo todo, al parecer, para hacer lo que tiene que hacerse, como yo lo he hecho. No existe ninguna otra opción viable para aquellos que saben, como los personajes de Schiller en el juramento de Rütli, que "uno no puede llevarse nada consigo".

Únanse a mí para ganar. Abandonen sus ilusiones "sesentiocheras" y otras ilusiones generacionales. Esta es su única oportunidad. Esta es nuestra única oportunidad.