El reduccionismo en tanto esclavitud mental Cuando hasta a los científicos les lavaron el cerebro | LaRouche Political Action Committee

El reduccionismo en tanto esclavitud mental Cuando hasta a los científicos les lavaron el cerebro



EL REDUCCIONISMO EN TANTO ESCLAVITUD MENTAL
CUANDO HASTA A LOS CIENTíFICOS LES LAVARON EL CEREBRO

por Lyndon H. LaRouche

7 de abril de 2004.
El tema de este informe es la naturaleza de esa demencia colectiva, de una cualidad históricamente específica, que ha llevado al mundo en general a la crisis monetario–financiera, económica y estratégica mundial que hoy está haciendo erupción. Esta es la peor crisis en la historia de la cultura europea moderna, desde que el Tratado de Westfalia de 1648 puso fin a las monstruosas guerras religiosas europeas inspiradas por Venecia y dirigidas por la España habsburga en el período de 1511–1648. Para abordar la manifestación presente de esa demencia política colectiva, la táctica específica que se emplea aquí consiste en mostrar la naturaleza y la raíz de la desorientación psicológica pertinente de las poblaciones y las instituciones. El tema se aborda desde el punto de referencia de los reflejos de cómo se expresa ese problema más general, dentro de los límites de los supuestos elementales establecidos de la ciencia física que se enseña ahora.

Ubico ese informe desde el siguiente punto de referencia histórico en el dominio de la propia ciencia física.

La fundación y el desarrollo de lo que se convirtió en la Fundación de Energía de Fusión (FEF), puso en juego una amplia y creciente base de actividades científicas orientadas a una misión y otras relacionadas. En un período de más de una década, esto llegó al grado de involucrar a más de 100.000 científicos, ingenieros y otras personas al propósito. El crecimiento y la persistencia de la influencia de esta asociación fue más notable en 1987, hasta que la cerraron mediante lo que más tarde se estableció, en los expedientes oficiales, fue un fraude del fiscal ante el tribunal de bancarrotas.

Ese fue el fraude que perpetró, principalmente en mi contra, el procurador federal de Alexandria, en el estado de Virginia, Henry Hudson, mediante un juicio que entabló por motivos políticos. Ese fraude fue maquinado y orquestado bajo la guía malintencionada de un equipo del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, encabezado entonces por el jefe de la División Penal, William Weld, de Boston, Massachusetts. Weld fue el mismo canalla que preparó el terreno, en octubre de 1986, para mi asesinato y el de otros más, con un numeroso contingente de fuerzas especiales armadas desplegadas por el gobierno federal. Sólo la intervención de una autoridad superior evitó que se cometiera esa masacre bajo la dirección de Weld. El propósito de este paquete de fraudes entrelazados perpetrado por facciones del Gobierno de los EU, era eliminarme físicamente de mi posición establecida como una de las figuras internacionales descollantes de la vida política estadounidense. La prueba es que la intención clara del esfuerzo de esos ámbitos corruptos era eliminarme, ya sea mediante el asesinato o con un juicio arreglado para mandarme a morir de viejo en una prisión federal.

Cualquier lectura ilustrada de los registros disponibles y otras pruebas relacionadas deja bastante claros los motivos políticos de esos funcionarios y de otros influyentes que comparten esa intención aviesa.

Según los archivos judiciales de 1987 y 1988, este fraude se realizó con ayuda de la complicidad conciente del juez principal del notorio tribunal del Cuarto Circuito federal de Alexandria, Virginia, el juez decisivo del caso pertinente. La complicidad del juez se manifestó, entre otras cosas, en su orden infame de la regla 11, que excluyó del caso incluso ciertas pruebas pertinentes escenciales, con lo que se juzgó a los acusados ipso facto, sin darles un tiempo razonable ni los elementos relacionados oportunos para preparar una defensa competente contra las acusaciones, de hecho fraudulentas, con tanta premura presentadas.El presidente del jurado era uno de mis viejos enemigos políticos declarados, quien se ganó esa posición ¡cometiendo implícitamente perjurio en lo que pasó por un interrogatorio de selección en esa ocasión! Todo esto fue parte de operaciones corruptas, por motivos puramente políticos, coordinadas con la notoria oficina de Seguridad Interna del Departamento de Justicia. Si el jurado —que luego se demostró fue contaminado de antemano— hubiera hecho un trabajo honesto, en vez de lo que pasó, me hubieran exonerado. Pero, en ese caso, probablemente me hubieran asesinado poco después de dejar la sala como un hombre libre.

Uno de los elementos que más destacan en la historia mundial de entonces tras los motivos de esa operación corrupta, fue la FEF, que era la institución que se había llegado a conocer por el destacado papel que tuvo en generar un apoyo continuo a mi iniciativa personal, luego adoptada por el presidente Ronald Reagan, de emprender y diseñar la alternativa económica de un motor científico como la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), la propuesta que el presidente Reagan y yo le hicimos a la Unión Soviética, y a otras naciones, incluso a nuestros aliados europeos. Yo hice y planteé la propuesta que, en última instancia, adoptó el presidente Reagan, quien se la presentó públicamente a la Unión Soviética en un mensaje televisivo la tarde del 23 de marzo de 1983.

Con esa propuesta, mi intención era ofrecerle a la Unión Soviética una salida de la inminente crisis financiera de mediano plazo que amenazaba a ambas superpotencias (y a otros), creando al mismo tiempo una puerta de escape para los propios EU, de la trampa de Russell y Szilard de la “destrucción mutuamente asegurada” (MAD, en inglés). Cabe destacar que fue la conocida actuación internacional que tuve en propiciar las condiciones para el lanzamiento de la IDE del Presidente, y mi trabajo constante a favor de esa política después de marzo de 1983, aunado a mi campaña de 1984 por la candidatura presidencial demócrata, lo que resultó ser el principal asunto que motivó un esfuerzo de cinco años, de enero de 1984 a enero de 1989, por eliminarme físicamente del escenario político mundial, ya fuera con un encarcelamiento prolongado, o con la muerte. No fue accidental que el despliegue de fuerzas federales que me hubieran asesinado la mañana del 7 de octubre de 1986, haya ocurrido mientras el presidente Reagan iba camino a Reykiavik, Islandia, donde de nuevo le presentaría la IDE a la Unión Soviética. De hecho, el despliegue en mi contra se retransmitió por televisión en Reykiavik cuando el Presidente planteaba otra vez la propuesta de la IDE ahí.

La motivación central de ese y de algunos de los numerosos y diversos logros más notables de la FEF, reflejaba mi dedicación, orientada a la misión, a conocer las implicaciones de revisar los logros principales de Platón, Johannes Kepler, Godofredo Leibniz y Bernhard Riemann, para adoptarlas como guías ejemplares del trabajo creativo de nuestra asociación.Desde mi posición de ventaja, hubiera dicho entonces, y aun lo hago hoy, que la contribución más importante de los científicos profesionales a eso vino de la influencia del finado profesor Robert Moon. En mi primera reunión con Moon, que ocurrió en el marco de la fundación de lo que se convirtió en la FEF, él me presentó un caso que para mí es emblemáticamente memorable, aun hoy. Ese caso fue el de la importancia de principio que tuvo el descubrimiento de André Marie Ampère, Wilhelm Weber y Carl Gauss, con un poco de ayuda de Bernhard Riemann, de un principio electrodinámico, que la influencia de la escuela de una filosofía reduccionista de Joseph Louis de Lagrange, Agustín Cauchy, Rudolf Clausius, Hermann Günter Grassmann y demás excluyó, con toda saña, del programa universitario regular pertinente. Esto era típico del valor del profesor Moon, como científico, en su defensa de lo que fueran verdades científicas importantes, y únicas en términos experimentales, contra las fraudulentas mitologías convencionales en la ciencia que se instauraban con fines políticos, como la de Clausius y compañía. La intervención del profesor Moon resuena en los anales de la ciencia moderna hasta el presente.

Más que nada, el trabajo de la FEF, que no tenía fines de lucro, tuvo un lugar preponderante en el apoyo a la ciencia en ese período. La cualidad específica de la fuerza motriz que distinguía, apartaba y ponía de manera significativa a esa institución por encima de las contribuciones a veces admirables de otros dirigentes de la asociación, yacía, en lo principal, en la intersección complementaria de la influencia capital del profesor Moon y de la mía propia. El caso de mi iniciativa singular en la definición, en el intervalo de 1977–1979, de lo que el presidente Ronald Reagan más tarde adoptó de manera pública en su discurso televisado del 23 de marzo de 1983 como lo que llamó la IDE, es un desenlace que sirve de ejemplo descollante de las características de mi asociación con el admirable profesor Moon. También expresó el espíritu científico creativo de la asociación en su conjunto.

La referencia a esa experiencia brinda una forma de lo más eficiente de presentar el tema de hoy: mostrar hasta dónde la actual forma pro reduccionista que hoy domina a la cultura europea extendida al orbe constituye, de modo bastante literal, un lavado cerebral, un lavado cerebral que define al reduccionismo del aristotelismo moderno y del empirismo neooccamista de Paolo Sarpi de Venecia como un factor trágico sobresaliente y permanente en la vida y el destino de esa corriente de la civilización europea moderna en general.En este informe, mostraré ahora la naturaleza de las condiciones que alientan la misma clase de problemas, que suceden como problemas prominentes de fricciones entre las filas de los científicos y otros. Estos fueron problemas que enturbiaron incluso el ambiente de trabajo de la propia asociación. Contrastaré los éxitos ejemplares de la FEF con el sustento de esas fricciones internas persistentes que, en general, se desbarró de la comunidad científica existente, y mostraré cómo eso ofrece una referencia apropiada para el tema que abordo en las páginas que siguen. A este fin, el caso de la IDE nos servirá como nuestro principal punto de referencia implícito.

La pertinencia histórica específica de ese tema de discusión ahora, es el siguiente.

1.  La crisis cultural del último siglo

El desorden y el tedio inducidos que contaminan gran parte de la enseñanza de la ciencia física hoy, no es una falla de la ciencia como tal. Es resultado de un desorden subyacente más general, un desorden de una variedad que ha fluido del pesimismo cultural más difundido —y que a últimas fechas ha acelerado— de la sociedad en que se realiza la enseñanza científica, hacia la labor de esa enseñanza. Al atacar los fraudes más típicos con los que uno topa en el aula de matemáticas moderna, el mismo fraude contra el cálculo que Carl Gauss señaló en su denuncia de la farsa de Leonhard Euler, Lagrange y otros en 1799, descubrimos que la creencia que impulsa a un formalista matemático hábil como Euler en su terca necedad, motivada por el dolo, a este respecto, no brota de la ciencia física, sino más bien de ciertas fuentes oscuras, anegadas y pútridas de creencia, de fuentes que nada tienen que ver con la materia de lo que por lo regular se asume como la propia ciencia física.

Sería imposible ubicar y entender los orígenes axiomáticamente subyacentes del concepto patológico pertinente de Euler, sin enfocarnos en sus raíces en una irracionalidad axiomática. Esta irracionalidad influyó el siglo 20 en modo extremo a través de la influencia de radicales como Bertrand Russell y sus clones. El modo en que Norbert Wiener y John von Neumann contaminaron las aulas del siglo 20 es típicos de esos clones, es una corrupción que se ha esparcido, al igual que esas mismas influencias patológicas, en este joven siglo. La pauta de corrupción, del modo que se encuentra en Euler, o la influencia de los positivistas radicales Russell, Wiener y Von Neumann hoy, no puede entenderse de modo competente sin abordar las cuestiones involucradas como un proceso de flujos y reflujos, desde tiempos tan lejanos como el nacimiento de la ciencia europea en la filosofía griega clásica preeuclidiana. Aquí trazo ese nexo.

Así, al trabajar en el marco de las culturas europeas extendidas al orbe, desde la antigua Atenas, la causa del fracaso constante de lo que llaman “democracia” es su sustitución axiomática con una forma moderna de sofistería que a menudo pasa por mera opinión generalmente aceptada, tal como una opinión axiomática a priori de corte falaz. En la modernidad, el método de Descartes, mismo que él y sus seguidores usan en lugar de la función de un principio de veracidad científicamente demostrable, es típico de esto.

Cuando decimos “democracia”, queremos referirnos a la participación cada vez mayor de toda una sociedad en las deliberaciones de todo asunto de Estado. No hay duda de que el nacimiento del Estado nacional europeo moderno en el Renacimiento del siglo 15 en Europa desató una especie de democratización relativa, que ha representado un factor indispensable en toda mejora general de las facultades productivas del trabajo, los niveles de vida y el grado de libertad política existente desde entonces. Lo cierto es que en ninguna etapa de la historia de la humanidad el progreso de la sociedad en estos aspectos ha igualado el ritmo y la amplitud de los beneficios que generó ese Renacimiento.

Este avance continuo de la civilización europea moderna, hasta recientemente, ha de trazarse en la historia del propio gobierno. Esta superioridad en el progreso sobre todas las formas de sociedad precedentes se ha debido al establecimiento de los primeros Estados nacionales modernos, la Francia de Luis XI y la Inglaterra de Enrique VII. A su vez, la posibilidad de crear tales Estados nacionales dependió de las premisas que sentó el gran Concilio ecuménico de Florencia, en el cual Nicolás de Cusa desempeñó una suerte específica de papel decisivo. Al estudiar la misma materia más a fondo, resulta que la adopción de ese principio socrático del ágape que, de modo más notable, el apóstol cristiano Pablo promovió en Corintios I: 13 como la noción del bien común o del bienestar general, es la base de la que han dependido, sin excepción hasta hoy, los ejemplos de existencia saludable y de persistencia del Estado nacional soberano. Éste es el mismo principio que Godofredo Leibniz identifica como la noción de la búsqueda de la felicidad —y que la fundación de la Independencia de los EU comunica—, a partir de su ataque contra las opiniones decadentes y dañinas de John Locke en Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano .

Al concepto platónico de ágape, del modo que el cristianismo lo reconoce en tanto cuestión de principio, se le identifica de forma apropiada como el principio constitucional fundamental de una verdadera república en general, y como la forma democrática moderna de la república constitucional en lo particular. En la Declaración de Independencia y en la declaración de propósito que gobierna la existencia de los EU, que es el preámbulo de la Constitución federal, este principio es central.

Este concepto, como subrayó Leibniz, yace en la naturaleza de principio que marca la diferencia absoluta entre el humano y la bestia. Ése es un punto de diferencia revolucionario entre nosotros y las especies inferiores de vida, una diferencia que se expresa, en esencia, en la capacidad única del individuo humano de descubrir y emplear principios físicos universales eficientes cuya existencia no es asequible de forma directa mediante la percepción sensorial. Es a través del ejercicio de esa capacidad soberana de la persona individual, que la humanidad se ha elevado a niveles muy por encima de la densidad relativa potencial de población que hubiera hecho posible el potencial fijo de una especie de mono superior. Esta actividad es el alma y la esencia de la ciencia física.

Es en la búsqueda de la expresión fecunda de esa misma capacidad específicamente humana reflejada en la forma de progreso científico fundamental, y también de otros modos, que el hombre mortal acaricia la felicidad inmortal. La promoción de los derechos de la humanidad así dotada, así reconocida, es la base de principio de la soberanía de la república. Es la base del principio de fomento al bienestar general y, así, de los medios para que los vivos cumplan con el deber de mejorar el bienestar de su posteridad.

Es mediante esos procesos de comunicación típicos de la forma platónica del diálogo socrático, del que son ejemplo los métodos válidos de la ciencia física, que la gente de una sociedad puede generar y reproducir descubrimientos válidos de principios físicos universales. La definición de veracidad, en la ciencia y demás, reside precisamente aquí.

La idea de “democracia” sólo es moral y funcionalmente válida si nos referimos a una sociedad dominada por ese principio del diálogo que representa Platón, que es veraz, en vez de una sociedad bestial gobernada por la tiranía de la mentada opinión popular o formas parecidas de mera opinión. Si la “democracia” significara la búsqueda de la verdad, del modo que la define el principio socrático de Platón, sería noble. Si significa la sustitución del diálogo socrático por la mera opinión, entonces, como da fe de esto el asesinato judicial de Sócrates, una democracia gobernada por la tiranía de la mera opinión, como en la Atenas de entonces, es perversa y peligrosa para la sociedad de los que creen en ella. Esto lo muestra el caso de la antigua Atenas de Pericles y Trasímaco, la ruina de esa ciudad —que antes de esa corrupción representó la mejor y más noble expresión del avance de la antigua sociedad griega clásica—, por su crimen de iniciar y hacer la Guerra del Peloponeso.

La presencia dominante del mal en una sociedad lo representaba entonces la irracionalidad sistémica de la secta de Delfos y de los reduccionistas filosóficos, tales como los eleáticos y sus sucesores como los sofistas y los aristotélicos. Hoy, en la Europa moderna, el mal que representa la influencia de los empiristas seguidores del Paolo Sarpi de Venecia es típico de la influencia temprana de tales desórdenes mentales en las raíces de la cultura europea. Los principales errores en las ideas sobre la ciencia hoy, han de remontarse, cada vez más, al defecto moral general de la sociedad estadounidense en el período que va de la intempestiva muerte del presidente Franklin Roosevelt a la fecha. Para entender las relaciones causales pertinentes de esta clase de decadencia, tenemos que abandonar el hábito necio de considerar las prácticas ahora dominantes como “normales”, sólo porque resulta que en la actualidad predominan. Tenemos que reconocer, y confesar, que a menudo el nombre de “democracia” se usa como si fuera un sustituto del poder arbitrario de un emperador, un rey o un tirano. Seguido, la tiranía de una opinión popular falsa, la tiranía de las formas difundidas de irracionalidad, se convirtió en el instrumento con el que la mayoría de un pueblo puede causarse un daño voluntario, tan atroz como, por otra parte, pudiera esperarse de un dictador solitario.

La especie humana es intrínsecamente buena, cuando es honesta consigo misma. A diferencia del predicador Jonathan Edwards y sus seguidores hoy, Dios no tiene mal gusto. Por naturaleza, el hombre es la mejor y más noble de todas las criaturas vivientes. Deja de ser bueno cuando permite que sus pasiones lo hagan caer en la bestialidad infantil, del modo que el populismo es típico de la forma más común de esa corrupción moral que a veces ha llevado de las nociones populistas de democracia al fascismo. A este respecto, como en los propios EU, la degradación del comportamiento de un gran pueblo y nación es consecuencia de la falta de hombres y mujeres excepcionales que, al convertirse en líderes, pueden hacer aflorar las mejores cualidades de su gente. Seguido, la ruina de una gran nación es consecuencia, o de la falta de tales líderes, o de su rechazo por la pequeñez populista corrupta de su pueblo, como en el caso de la Atenas de Pericles, o de la caída de Alemania o Italia en el fascismo y la guerra mundial antes de 1939.

La famosa advertencia de Abraham Lincoln es representativa del problema en el caso de los EU: “Puedes engañar a toda la gente parte del tiempo, y a alguna gente todo el tiempo, pero no puedes engañar a toda la gente todo el tiempo”. La advertencia de Lincoln resume la experiencia nacional de la república de los EU, los flujos y reflujos de nuestros virajes, del éxito a la locura, y de nuevo al éxito, y así sucesivamente, durante todo el período de la experiencia de ese pueblo, desde el comienzo de esa república hasta la fecha. En una república constitucional como la nuestra, ningún tirano puede prevalecer por un tiempo significativo, a menos que, en primera instancia, la mayoría del pueblo mismo se haya corrompido, como hoy, al efecto de coincidir con el famoso aforismo de Lincoln.

La maña de la tiranía consiste en: primero corromper a la gente, y probablemente llegarán a aceptar, o hasta a pedir, la venida del tirano. El profundo pesimismo cultural que se alimentó entre la población de la Alemania de la posguerra de los 1920, generó el potencial que el británico Montagu Norman y otros explotaron para llevar a Adolfo Hitler al poder. La fe ilusionada de los populistas en sus definiciones pervertidas de “democracia”, es la ilusión abrigada de que los tiranos llegan al poder actuando en contra de la voluntad del pueblo. La verdad es exactamente lo contrario; es la corrupción de la opinión y la moral del pueblo la que pavimenta la ancha carretera por la cual marcha el tirano a la aclamación triunfante de la voluntad popular, como lo hizo Hitler en Alemania, y en todas partes. Luego, puede que los tontos que celebraron el ascenso del tirano lleguen a lamentar lo que hicieron, pero, aun entonces, en raras ocasiones dejarán que esa amarga lección les recuerde que, en esencia, ellos mismos se hicieron esto.

Así, como en el notable caso de la Alemania nazi, la tiranía de la opinión popular puede llevar a un pueblo a imponerse un tirano encarnado y, quizás también, un sistema incurable de tiranía. El medio por el cual la opinión popular de un pueblo se acarrea sobre sí una tiranía monstruosa como ésa, consiste en la adopción de una suerte de vida de fantasía romántica orientada al entretenimiento, al estilo de la expresada en la patología de una masa de fanáticos gritones en un encuentro deportivo, tal como el echarle cristianos a los leones en la antigua Roma, o un mitin en Nuremburgo, en la Alemania de Hitler. La sustitución de la verdad por lo que es, o pretende ser una opinión popular de calidad democrática, suele ser la raíz de las tiranías que un pueblo se autoimpone. Los EU, entre otros, ha experimentado por décadas una repetición de esa clase de onda larga de flujo y reflujo temporal alternante, de una constante inundación de corrupción de esa opinión popular viciada.

Por tanto, en la historia de la Alemania moderna o de los EU, por ejemplo, el estudio de cómo la corrupción de la mayor masa de la opinión popular, como en los EU a últimas fechas, crea el apetito por una tiranía real, o por la amenaza de una —como hoy—, tiene que ser el principal interés del estudio y la aplicación de la ciencia política. En este informe, me refiero a un aspecto decisivo de la experiencia recurrente de este problema que tuvo que vencerse, una y otra vez, a cada paso que dio la FEF. Me refiero a esa experiencia aquí, para ir, de forma tan directa como sea posible, al grano de esa reciente y constante corrupción de la opinión popular, al estilo de la Sociedad Fabiana británica, que constituye la principal causa y origen de la amenaza interna inmediata a la sobrevivencia continua de los EU, y también del propio Reino Unido.

Los científicos a los que más atrajo la FEF fueron hombres y mujeres con un desarrollo de su carácter de cualidad excepcional, como el físicoquímico Robert Moon, al igual que nuestros hombres y mujeres que han hecho logros notables en el dominio de la ciencia física experimental. Fue lo mismo en Europa en el pasado, y se expresa de modo comparable, según mi conocimiento personal de la situación, entre los principales científicos que quedan de Rusia hoy día. En el laboratorio, o en ambientes parecidos, representaron modelos excelentes de la función del método platónico de la hipótesis en el trabajo de descubrir principios físicos universales y afines. Como experimentadores, lograron conceptualizar la demostración única de un principio, no en la forma de una mera fórmula matemática, como se acostumbra en la pizarra del matemático, sino en la de un objeto definido de la mente, como lo que Riemann definió con su uso y aplicación calificados de la noción de Johann Friedrich Herbart de Geistesmasse.

El problema con la ciencia hoy

A menudo, el problema para muchos de estos buenos científicos surge cuando les llega el momento de presentar un descubrimiento sólido, en términos experimentales, ante el virtual “sacerdocio babilónico” al que la práctica aceptada de la sociedad actual le ha confiado la defensa contemporánea de la fe rabiosamente reduccionista en las “matemáticas de aula por lo general aceptadas”, de la fe de Isaac Newton, Euler, Lagrange, etc. En pocas palabras, con el ascenso de esos empiristas, “¡de pronto todo se volvió sobrenatural!” Como Carl Gauss mostró en sus ataques de 1799 a las necedades cardinales de Euler, Lagrange y demás, esto era algo ajeno a la ciencia física, algo con un tufo a la cualidad de la misma clase de maldad que representó la Inquisición española de ese rabioso antisemita Thomas de Torquemada, a quien se tomó de modelo para lo que devendría en el fascismo de Adolfo Hitler, adoptado por el satánico fundador intelectual de lo que se convirtió en el fascismo moderno, el francmasón martinista saboyano Joseph Marie conde de Maistre. Así que, seguido, una influencia perversa se entrometía en el camino del laboratorio experimental al potro de torturas del sacerdocio babilónico: la pizarra “generalmente aceptada en el aula” del reduccionista matemático.

La existencia de esta maldad externa entrometida, esta división por lo común tradicional, aunque patológica, entre la ciencia y el arte, es el tema que el notable británico C.P. Snow describió como la paradoja de las “dos culturas”: la ciencia física versus lo demás.

En efecto, lo que Snow señalaba es el hecho de que, por costumbre, se asume que el nombre de ciencia física carga con el peso de representar una norma experimental significativa de veracidad; en tanto que la opinión popular, y la actual opinión popular sobre las artes, tiende a gozar del privilegio de considerar aceptable cualquier masa caleidoscópicamente turbulenta de opinión que la cambiante moda decida. Cuando se obliga a la ciencia experimental a compartir la misma cama con el difundido irracionalismo de las “artes liberales” que hoy se enseñan en un estilo académico y que por lo general son aceptadas, la veracidad sale volando por la ventana, y quién sabe que enfermedades mentales inmundas (como el existencialismo) puedan entrar. El significado de la “veracidad” científica en general es que, o se degrada a la cruda e ingenua noción de la percepción sensorial de un testigo, o puede que parezca un teorema de la ciencia física explicado en el pizarrón en términos de las “matemáticas generalmente aceptadas en el aula”.

Esto no sólo representa la exclusión de la veracidad de la ciencia, sino de la opinión en general, del modo que la prensa actual en gran medida está libre del estorbo de leyes que prohíban el desprecio con malicia temerario por la verdad. Como consiguiente sustitución por la verdad, tenemos abominaciones tales como la opinión de una prensa más que nada mentirosa. Los tribunales deshonestos o los decretos oficiales de funcionarios mentirosos y depravados, son típicos de muchos casos en los que la sustitución de cualquier clase de veracidad ocurre por la autoridad de la mera opinión. En la experiencia moderna, cuando la propia norma de veracidad dizque científica es sistémicamente falsa, sería más o menos inevitable, como ahora, que ninguna norma confiable de veracidad en los asuntos públicos prevalezca por mucho tiempo. Por tanto, como dicen las famosas palabras del Presidente De Los EU, Abraham Lincoln: la sustitución de una opinión popular de corte sofisticado, en repetidas ocasiones ha representado el agente principal de corrupción moral en las generaciones recientes, al igual que ahora, de nuevo, en las últimas cuatro décadas.

El papel que esa clase de corrupción tiene en la práctica y en la enseñanza de la ciencia ofrece la demostración relativamente más simple de cuál es la fuente de principio de la tendencia a la corrupción que, por otra parte, ahora priva en prácticamente todos los aspectos de la vida social. La consecuencia típica es el rechazo, o la simple evasión de la obligación moral de resolver la instrumentación de una directriz de práctica conforme al principio platónico del diálogo socrático entre quienes eligen un curso de acción. Hoy, ésa es la causa más frecuente de las sandeces y perversidades descaradas que una dizque sociedad “democrática”, o cualquier asociación libre de la sociedad, puede perpetrar en su seno. Esta clase de perversión extendida es a lo que me referiré más adelante, como la variedad de patología general que identifico como la mentalidad de “pecera”.

Una expresión concentrada y típica de esto, es la aplicación de la doctrina sofista e inmoral de la “irrevocabilidad” judicial en casos como el de la ejecución de personas condenadas a la pena máxima, aun cuando se descubra que los hechos que concitan la decisión judicial contradicen los alegatos en los que se basó la decisión previa. Seguido, la experiencia muestra que este y otros usos parecidos de la “irrevocabilidad” —como en el caso de la intervención a la Poncio Pilatos del magistrado y sofista Antonin Scalia en la sucesión presidencial del 2000–2001, o de las prácticas similares del infame asesino y torturador, el antisemita Thomas de Torquemada de la Inquisición española— han representado los crímenes más crueles contra la humanidad, y aun contra una sociedad entera.

La reflexión sobre este problema nos incita a definir y luego combinar las implicaciones de dos cuestiones. Primero, ¿cuál es la norma física de veracidad que debe superimponérseles a las “matemáticas del aula generalmente aceptadas”? Segundo, ¿cuál es la norma apropiada comparable para otras cosas que no sean la ciencia física? Tercero, ¿cómo han de reflejarse las dos normas en la forma de un solo principio de veracidad que gobierne a las dos? Esas son las cuestiones entrelazadas que abordo en términos de las lecciones que han de aprenderse desde el punto de partida de mi propia experiencia y del de la FEF, con el desarrollo de lo que llegó a conocerse como la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) de los EU.

1.1  La permanente amenaza utopista

Ahora, contra el telón de fondo del razonamiento hasta aquí planteado, volvamos nuestra atención a un aspecto importante del modo en que la clase de problema que representa un sustituto del fanatismo religioso, la amenaza permanente del utopismo estratégico que hemos identificado, se ha convertido en un rasgo dominante de los acontecimientos mundiales hoy día. Más adelante en este informe ubicaré la importancia vigente de mi propuesta de lo que se conoció como IDE, en el marco de lo que ahora resumiré aquí.

El asunto que estamos considerando en este informe, no sólo es complejo, sino que las propias complejidades forman una parte esencial e indispensable de un tema poco entendido, pero del cual depende el desenlace exitoso de la crisis actual. Por ejemplo, al tiempo que regresamos al origen político de la actual crisis mundial, el impacto cultural del Imperio Británico en la ciencia física y la cultura política del mundo, el lector no debe olvidar que la cuestión que estamos elaborando aquí, es la motivación sociopolítica de la tendencia de ese imperio a suprimir todo conocimiento competente, tanto de los principios subyacentes que gobiernan la verdadera ciencia, como también de la naturaleza de la verdad en la cultura artística y en la práctica política.

La interrogante que debemos plantear y responder, como lo hago en este informe, es: en la historia moderna, ¿cuáles fueron las fuerzas que, en efecto, para mantener su poder político, consideraron necesario erradicar la idea de la verdad en tanto principio sistémico? La solución a ese enigma, de cómo se embutieron los rasgos sistémicamente patológicos de la cultura moderna, se encuentra en los rasgos empiristas sistémicos de la historia de 1763 a 2004 del Imperio Británico y de su impacto en el mundo entero, en especial sobre la cultura europea extendida al orbe.

Teniendo en cuenta este propósito, considera ahora ciertos rasgos característicos de la historia del siglo 20 como un hito para el estudio del problema cultural de toda la civilización europea moderna extendida al orbe.

Los futuros historiadores han de recordar el compendio del siglo 20 más que nada como el símbolo —si bien tan sólo una parte de una fuente de más de un siglo— de los períodos persistentemente recurrentes de la tragedia que experimentó la civilización europea extendida al orbe. Esta tragedia inició con la profunda decadencia cultural que acompañó al comienzo de la Primera Guerra Mundial de 1892–1904, dirigida por Eduardo VII, y a la secuela de esa guerra en los 1920. Para nuestros propósitos en este informe, basta con enfocarnos en la última parte de ese proceso, sus últimos ochenta y tantos años de historia, el período que va del infame Tratado de Versalles que conectó las dos guerras mundiales, y que también sentó las bases de la actual amenaza de una forma mundial contagiosa de guerra asimétrica, una forma de guerra que podría hundir al mundo en una nueva y porlongada Era de Tinieblas comparable a la de Europa en el siglo 14.

La clave para entender la mayor parte de los últimos 72 años de historia mundial, desde la caída del Gobierno de Hermann Müller en la Alemania de Weimar en marzo de 1930, se expresa, de forma concentrada, en los primeros años hediondos a crisis que siguieron al brote inicial de la Gran Depresión. El viraje más decisivo se ubica, por una parte, en el momento en que Alemania capituló al nombramiento de Adolfo Hitler como canciller el 31 de enero de 1933, y al incendio del Reichstag que Hermann Göring orquestó el 27 de febrero de 1933; y por la otra, en el de la toma de posesión de Franklin Roosevelt como presidente de los EU poco después de que Hitler asumiera poderes dictatoriales. Fue el ascenso de Hitler al poder mediante el infame Notverordnung que emitió con pretexto del incendio del Reichstag, aun antes de que Roosevelt tomara posesión, lo que hizo inevitable la Segunda Guerra Mundial, o una variante de ésta. Pero es peor, pues de haberse elegido a Hoover en vez de Roosevelt, o si Roosevelt no hubiera sobrevivido al gran riesgo de que lo asesinaran antes de asumir la presidencia, Hitler o sus sucesores imperiales estarían gobernando hoy el mundo.

Ese conflicto entre la orientación de Hitler y la de Roosevelt ha persistido hasta la fecha, hoy, y es más agudo y ominoso que nunca desde la época en que el príncipe británico de Gales y luego rey Eduardo VII, empezó a organizar en Europa —comenzando con los sucesos de 1892–1904 en Francia, y apoyándose en el incidente de Fachoda de 1898— lo que devendría en la llamada Primera Guerra Mundial. Las conexiones de importancia más decisiva son, en breve, las siguientes.

El papel que ha tenido el Imperio Británico

Para entender las cuestiones implícitas de esa guerra, y la amenaza paralela que representa el eco actual de Hitler que son Dick Cheney y Tony Blair, tenemos que centrar nuestra atención en una institución, la orden francmasónica martinista con sede en Saboya, Francia, y creada por la Compañía de las Indias Orientales británica de la época de lord Shelburne, la orden francmasónica que organizó con antelación tanto la Revolución Francesa contra Luis XVI como la dictadura de Napoléon Bonaparte, y que luego produjo la organización sinarquista que preparó la toma fascista de Europa Occidental y Central tras el Tratado de Versalles, en el período de 1922–1945. Los aspectos que incitaron a los sinarquistas de 1919–1945 a organizar los regímenes de ese período, son los mismos que ahora animan a la banca privada internacional que controla al primer ministro británico Tony Blair y al vicepresidente estadounidense Dick Cheney, así como al remedo de Hjalmar Schacht, George Shultz, y sabandijas semejantes.

Tiene que entenderse que la Compañía de las Indias Orientales británica fue una excrecencia de las asociaciones neovenecianas angloholandesas, bancarias y comerciales, que establecieron la monarquía británica que habían planificado con antelación, con el ascenso de Jorge I al trono en 1716. Esto no fue sólo una repetición del antiguo carácter de Venecia en tanto forma oligárquico–financiera de potencia marítima, fue una creación de esos financieros e intereses relacionados de Venecia que decidieron reencarnar una cosa a su semejanza en los mares y zonas costeras del norte de Europa. De un modo típicamente veneciano, esa empresa británica privada se las ingenió para meter al resto de Europa continental en lo que se conoció como la guerra de los Siete Años, una guerra de todas las potencias del continente europeo contra la Prusia de Federico el Grande. En el proceso, mientras Francia estaba distraída en esta empresa continental, la diligente Compañía de las Indias Orientales británica se apoderó de hecho de India y le arrebató a Francia sus principales territorios en Norteamérica. Como consecuencia, la victoria de la Compañía de las Indias Orientales británica en el Tratado de París de 1763, estableció a la Compañía como el Imperio Británico de facto que existe, si bien todo destartalado, hasta la fecha.

Esta idea de imperio, como la esbozó el lacayo de lord Shelburne, Edward Gibbon, usó a la facción veneciana del fundador del empirismo, Paolo Sarpi, y luego al abad Antonio Conti, radicado en París, para crear la secta martinista de los círculos de François Voltaire, Jean Le Rond d’Alembert, Alessandro conde de Cagliostro, Franz Anton Mesmer, etc., y, de forma notable, del saboyano más satánicamente perverso, Joseph de Maistre, en Francia. Este interés francmasónico patrocinado por los británicos organizó y condujo, con ayuda de los agentes personales de Shelburne, Jaques Necker y Philippe Égalité, la Revolución Francesa del 14 de julio de 1789, al tiempo que el lacayo de Shelburne, Jeremías Bentham, desplegaba a agentes británicos como Danton y Marat, adiestrados y despachados desde Londres, para desatar lo que se conoció como el Terror jacobino. Bentham, quien le ganó al Ministerio de Relaciones Exteriores británico su fama internacional el resto de su malhabida vida, creó a lord Palmerston y estableció el marco para que éste lanzara a Giuseppe Mazzini como su títere y controlador de las operaciones de la Joven Europa y la Joven América, con las que derrocó al rival de Gran Bretaña, Klemens de Metternich, y puso al agente británico Napoleón III en el trono de Francia. Esto echó a andar lo que devino esa Confederación con la que pretendía destruirse a los EU y balcanizar tanto sus restos como los de otras naciones, tales como México, a una condición de tiranías locales en disputa, que fueran apropiadas para el control británico de todas las Américas.

Dado el desagradable fin que tuvo el modelo que escogió, el del Imperio Romano, Shelburne sudó la gota gorda para descubrir cómo la ruina que sorprendió a ese imperio previo no venciera al recién nacido imperio de la Compañía de las Indias Orientales británica. A este fin, Shelburne empleó al patético señor Gibbon como un lacayo letrado, aunque perturbado en lo emocional. Tanto Gibbon como el alemán Theodor Mommsen, son típicos de los ideólogos que hicieron el recuento engañoso de la historia desde la antigua Grecia, en una forma que tenía la intención de hacer universo inocuo a perpetuidad para un Imperio Británico eterno.

Estos hechos no deben interpretarse como que suponen la existencia de algún interés británico primario contrario a la tradición de la oligarquía financiera veneciana. La Compañía de las Indias Orientales británica y su nuevo imperio eran entonces, y siguen siendo, la encarnación de un amplio interés oligárquico financiero internacional acorde al modelo veneciano que se exportó a Inglaterra, entre otros lugares, gracias a notables venecianos acólitos de Satanás como Francesco Zorzi, el consejero matrimonial de Enrique VIII, y el Paolo Sarpi que dio inicio al empirismo inglés con la notable ayuda de protegidos suyos como Galileo Galilei, Francis Bacon y Thomas Hobbes.

Esos rasgos descollantes de ese modelo veneciano que adoptó Inglaterra, y después la monarquía británica, son pertinentes a mi desarrollo de la formulación que se conoció como la propuesta pública de la IDE que el presidente Reagan le hizo al secretario general soviético Yuri Andrópov. En esencia, los rasgos decisivos pertinentes de esa propuesta son dos.

Primero, la convicción de los imperialistas británicos de que debe ponerse a las fuerzas poderosas del continente eurasiático y de las Américas que pudieran desafiarlos unas contra otras, una y otra vez, de modo que se impida el surgimiento de alguna potencia en el mundo que pudiera ser una amenaza capaz a la existencia continua del imperio que Shelburne dirigió en su época. La Primera Guerra Mundial es un ejemplo excelente de esta estrategia británica (la masacre de británicos en esa guerra se debió a la relativamente alegre indiferencia del régimen a los intereses de su población británica; lo que se proponían honrar de modo tan horrendo eran los intereses del banco central de la City y lo que ella representaba, no el interés humano. Para el banco central, obviamente deben hacerse sacrificios cuando la ocasión parezca garantizar que sirvan a la causa de perpetuar al imperio).

La presente amenaza de que las fuerzas de Dick Cheney y George Shultz den un golpe fascista en los EU, y el eco de la Francia de Lazard Frères antes de 1945, van al meollo del segundo aspecto principal del modelo político de Shelburne.

A este respecto, el modelo liberal de corte angloholandés que hoy domina en Europa Occidental y Central se basa en tres elementos que pasan por “constitucionales” entre las víctimas crédulas de tales arreglos. Uno, obviamente, es el aparato no parlamentario del Estado. El segundo, es el gobierno parlamentario, el cual se derriba con facilidad siempre que la emergencia de una crisis impulse a los banqueros a exigir tales ajustes. El tercero, es el equivalente de lo que ahora por lo general se reconoce como el sistema de banca central independiente, que es la parte del gobierno propiedad de la oligarquía financiera internacional de corte veneciano, y que seguido prevalece por encima del Estado y del parlamento, como ocurrió, tan a menudo, en la Europa continental en 1922–1945.

Sin embargo, para todas las naciones, estén o no con el modelo liberal angloholandés, la clase de sistemas financieros internacionales que aún existen, por su naturaleza, conducirá una y otra vez a la suerte de crisis monetario–financieras en las que los banqueros instalarán una dictadura fascista, o el equivalente, a fin de asegurar que sean ellos, y no la gente, los que se salvarán en tanto potencias financieras, aun si se obligare a la gente a morir en masa para lograr ese feliz remedio de los banqueros.

De ahí que, desde el establecimiento del Imperio Británico —que de hecho es neoromano al estilo veneciano— mediante el pertinente Tratado de París de 1763, al mundo lo han dominado políticamente los flujos y reflujos de las crisis monetario–financieras cíclicas o sistémicas, en tanto el mundo ahora está dominado por la arrolladora crisis sistémica, y no cíclica, del sistema económico–monetario–financiero en su conjunto, una inminente crisis de desintegración general inmediata. Entre los círculos políticos y financieros destacados del planeta, muchos de inmediato reconocen esto en privado, aunque gran parte de ellos, por motivos de discreción política, y reflexionando en los riesgos inherentes a la mortalidad, en público mienten con descaro sobre el asunto.

Hasta la fecha, estos aspectos clave de la cultura liberal angloholandesa deben entenderse, en lo principal, como el reflejo político y cultural del dogma empirista que Paolo Sarpi introdujo en Europa. El empirismo es una copia moderna del predominio desastroso de la sofistería por la cual Atenas, para efectos prácticos, se destruyó a sí misma en el transcurso y secuela de la guerra culturalmente suicida del Peloponeso. La podredumbre de la cultura europea moderna desde comienzos del siglo 18 en esencia yace no sólo en la influencia de Sarpi y su lacayo doméstico Galileo, sino también en la de sus protegidos sir Francis Bacon y Thomas Hobbes, y la de liberales angloholandeses tales como John Locke, Isaac Newton, Bernard Mandeville, Voltaire, David Hume, François Quesnay, el compositor Jean Philippe “Morcilla” Rameau, Adam Smith, Leonhard Euler, Jeremías Bentham y Emanuel Kant. La descomposición moral e intelectual específica que satura a las culturas de Europa y los EU hoy, tiene su origen en los aspectos sistémicos comunes a estas criaturas de la “Ilustración” de los siglos 17 y 18. El Imperio Británico es la expresión central de la variedad angloholandesa del empirismo, también conocida como romanticismo, y su excrecencia, el existencialismo.

Londres y el fascismo

Esto nos lleva a ese hijo del Tratado de Versalles de la Primera Guerra Mundial, que constituye el reino del fascismo en 1922–1945 en el continente de Europa. Las causas de las características específicas de ese período se originan en la necedad que se conoció como el sistema monetario–financiero de “Versalles”. Así como los angloamericanos vencedores de la Segunda Guerra Mundial acogieron en su seno un núcleo del sistema nazi, los rasgos sistémicos del fascismo, en su carácter de excrecencia especial del empirismo, son la raíz de los aspectos particularmente perversos del liberalismo angloamericano extendido al orbe.

Dicho esto, identifica el fascismo de forma resumida como una excrecencia del sistema de Versalles, como sigue.

En vez de borrar, como en una bancarrota legítima, la masa impagable de la deuda de guerra británica, francesa y relacionada que se acumuló durante 1914–1917, Versalles propuso evitar ese remedio (en lo principal) con la siguiente estafa. El secretario de Estado de Woodrow Wilson, Lansing, un hombre con la predisposición a ganarse buena parte de la culpa por mérito porpio, proclamó, con una codicia típica de él, que tenían que achacársele toda la culpa a Alemania por esa reciente guerra diligentemente organizada, no por los alemanes, sino por el ahora fallecido emperador británico Eduardo VII. Podría haberse sugerido que el presidente Woodrow Wilson estaba tan preocupado con la producción en línea de uniformes y cruces incendiables para su organización del Ku Klux Klan en ese entonces, que no puso ninguna objeción al fraude de Lansing. La mayoría pertinente de los supuestos grandes pensadores que se arremolinaron como buitres victoriosos en esas reuniones de posguerra, accedió a este fraude sin ninguna evasiva seria. John Maynard Keynes sí hizo ruido, pero fue sólo una inefable nota farisáica en las reuniones. Los alemanes pagarían las reparaciones necesarias para alimentar a los quebrados banqueros franceses y británicos, dinero con el cual Francia y Gran Bretaña podrían pagar sus deudas de guerra a los hambrientos y ansiosos buitres financieros de Wall Street.

La dificultad, como señaló Keynes, era que todo el plan de reparaciones era un castillo de naipes. Simplemente, puesto que se le impidió liberarse de las condiciones impuestas en Versalles, Alemania no pudo pagar nunca la deuda de guerra prescrita. El intento de Alemania por hacerlo produjo la espiral de inflación hiperbólica, y luego la hiperinflación, de 1921–1923. La incapacidad de continuar esa clase de refinanciamiento al final de la década llevó a la caída del gobierno parlamentario alemán de Hermann Müller. Esto se convirtió en la oportunidad para que Montagu Norman del Banco de Inglaterra, los Harriman y demás procedieran a financiar de forma premeditada y sucesiva al psicópata weberiano (es decir, “carismático”) Adolfo Hitler, a quien pusieron en el poder en Alemania.

A partir de Versalles, toda autoridad financiera pertinente de alto nivel sabía, como Keynes, que el sistema de Versalles basado en las reparaciones no podía funcionar. Por su propio diseño, estaba condenado desde el principio. Los financieros privados y otros que movilizaron a la internacional sinarquista con el propósito de instaurar gobiernos fascistas, ya sabían la verdad acerca del sistema en el momento que tuvo lugar lo de Versalles. En efecto, ellos adoptaron la perspectiva de: “¡Bueno! ¡Que estalle! ¡Pondremos gobiernos fascistas en todas partes!” Hoy, casi un siglo después, la misma clase de intereses financieros privados, muchos de los cuales son descendientes biológicos o de otro modo directos de los círculos financieros sinarquistas del Tratado de Versalles y su secuela, han tomado la misma decisión, de nuevo, para el mundo entero. De hecho, la determinación de los círculos de Allen Dulles y James J. Angleton durante y después de la Segunda Guerra Mundial, de crear una forma de economía fascista conocida como sistema mundial “globalizado” o “fascismo universal”, fue una continuación de la meta utópica nazi que Dulles y compañía compartían con esos nazis a los que acomodaron en las élites estadounidenses y aliadas de la posguerra. Ciertos círculos faccionales angloamericanos han continuado ese legado de Allen Dulles, Angleton, los buckleyistas, el finado Roy M. Cohn, etc., hasta el día presente. Las redes fascistas adoptadas por Dulles y compañía constituyen ahora la principal amenaza terrorista contra la civilización.

Una vez que sabes eso, empiezas a entender el significado de los estrechos nexos que hay entre los “nuevos laboristas” fabianos del número 10 de la calle Downing que se aglutinan en torno a Blair, el vicepresidente y filibustero internacional Dick Cheney, y los compañeros de viaje de Tony Blair en y alrededor del Consejo de Liderato Demócrata en los EU, aun hoy. Para los fines de tales tipos, no tienen que formarse nuevos movimientos fascistas de novo, de la nada, pues nunca desaparecieron.

Como señalé y documenté antes, a Hitler lo llevaron al poder con el apoyo de los colaboradores de Montagu Norman del Banco de Inglaterra, en lo principal intereses financieros con sede en Londres y la ciudad de Nueva York. Al principio, la intención de esas fuerzas en Londres era mantener al rival potencialmente mortal, los EU, fuera de lo que devino en la Segunda Guerra Mundial. Las condiciones cambiaron. Tumbaron a Eduardo VIII, y Churchill encabezó la oposición a esos círculos poderosos en Gran Bretaña que pretendían incluir a este país y a su armada en el plan fascista continental para destruir a la Unión Soviética, y luego destruir el poderío naval y relacionado de los EUA. La motivación de Churchill era simple, no necesitaba que nadie le enseñara a cobrarle afecto al fascismo, pero él representaba a aquéllos que no harían un pacto con Europa que pudiera llevar a la pronta disolución de ese Imperio Británico establecido, de hecho, con el Tratado de París de 1763. Churchill no se oponía al fascismo. Se oponía al desarrollo de un orden de un “fascismo universal” con sede en Alemania, que convertiría a los británicos en una pieza de ajedrez de la política mundial, en vez de ser los “primos” angloamericanos que se proponían como jugadores hegemónicos.

Hace mucho que Hitler y su régimen están muertos, pero, como ya señalé, el núcleo sobreviviente del aparato nazi ahora está entrando en su tercera generación adulta mediante un pacto que selló este núcleo con los círculos derechistas angloamericanos representados por personajes tales como Allen Dulles y James J. Angleton. Aun hoy es un contendiente serio en las filas de la embestida pro fascista en pos del poder mundial. Así que el núcleo central del alboroto fascista de 1922–1945 se ocultó entre las partes pertinentes de la élite angloamericana de la posguerrra y, así, la pestilencia que ya ha creado dos “guerras mundiales” siguió viva para seguir plagando al mundo.

Por desgracia, con la muerte del presidente Roosevelt los EU, bajo su sucesor Harry S, Truman, se unieron a los derechistas del Reino Unido para dar un giro bien marcado hacia la derecha. Esta adopción derechista de elementos claves del aparato nazi como parte del sistema angloamericano de la posguerra no es ningún misterio, si se toma en cuenta que lo que impelió a ciertos financieros estadounidenses derechistas y a sus primos británicos a apoyar de forma temporal el liderato del presidente Franklin Roosevelt durante la guerra, fue simplemente la antipatía que esos británicos y los anglófilos estadounidenses sentían por la idea de someter lo que ellos consideraban su unión angloparlante al yugo de un tirano continental. Como ya dejé asentado, no se oponían a Hitler porque fuera fascista, sino porque era una figura continental. Al final del verano de 1944, luego de que el desembarco en Normandía encabezado por los EU había sellado el destino del régimen de Hitler, los derechistas británicos y estadounidenses rápida y hasta codiciosamente absorvieron ese talento nazi que consideraban tan provechoso para sus aspiraciones de un gobierno mundial, en los mismos términos en que Göring y demás habían procurado crear megaemporios internacionales en una economía globalizada controlada por sindicatos de la oligárquía financiera internacional, en vez de por los capitales nacionales.

Las negociaciones con las que una parte de la élite angloamericana integró a un núcleo del aparato nazi —en torno a personajes como Hjalmar Schacht, Otto Skorzeny, Schellenberg, Wolf y la red financiera de la internacional sinarquista fascista— al sistema angloamericano de la posguerra, incluyendo las funciones de la OTAN, fueron emblemáticas de este giro derechista. La colaboración entre esos nazis y los círculos angloamericanos produjo su mentada facción “utopista” de estrategas del período de la posguerra hasta la fecha. Esta facción —que se valió de forma significativa de la complicidad de la España fascista de Francisco Franco para implantar y seguir apoyando influencias nazis en la América Central y del Sur de la posguerra— se definía, no sólo por un compromiso inicial a emprender la mentada “guerra preventiva” contra la Unión Soviética, sino por el papel dominante que Bertrand Russell y sus colaboradores desempeñaron en la definición de una política global de “ganar el gobierno mundial mediante el terror de las armas de fisión nuclear”, como da fe de esto el bombardeo innecesario contra las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki. El lanzamiento de la doctrina de “guerra nuclear preventiva en pos del gobierno mundial”, por parte del mefistofélico Bertrand Russell de la Sociedad Fabiana británica, junto con el bombardeo nuclear innecesario a las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki, definieron la inauguración de la doctrina utopista derechista de las facciones derechistas nucleares de los EU, Gran Bretaña y la OTAN, hasta el presente.

Esta política nuclear define a esa facción “utopista”, a la que el presidente Dwight Eisenhower se refería como el “complejo militar industrial”, el complejo controlado por los banqueros de entonces, del cual el más decadente vicepresidente Cheney y sus neoconservadores, así como los ocupantes del número 10 de la calle Downing, son representantes hoy día.

La insensatez de Truman al adoptar la orientación “utopista” de Bertrand Russell y Winston Churchill de una “guerra nuclear preventiva” contra la Unión Soviética, llevó al atolladero de la guerra de los EU en Corea, y a la sorprendente revelación de que la Unión Soviética había alcanzado prioridad en el desarrollo y ensayo exitoso de un arma de fusión termonuclear desplegable. Esta situación llevó al retiro de Truman y a la alternativa de Eisenhower. La “guerra nuclear preventiva” amainó. Sin embargo, la “guerra nuclear preventiva” regresó durante el desempeño de Dick Cheney como secretario de Defensa, bajo el presidente George H.W. Bush padre. En ese entonces, Cheney y compañía vieron el derrumbe del poderío de la Unión Soviética como la oportunidad de revivir la doctrina de “guerra nuclear preventiva”. Ahora, con el patético hijo del padre fungiendo como títere interino en la Casa Blanca, el ventrílocuo contratado por George Shultz, Cheney, la neowellsiana Condoleezza Rice, etc., están poniendo a funcionar la locura nuclear del perverso señor Cheney; a menos que unos EU que de pronto vuelvan en sí se los impida.

Entre tanto, allá en los 1950 se plantó la semilla de lo que hoy Cheney representa, con la consolidación de la posición del secretario general soviético Nikita Serguéievich Jruschov como sucesor de José Stalin. Jruschov, en concierto con Russell, el arquitecto original de la doctrina del gobierno mundial imperial mediante la guerra nuclear preventiva, puso sobre el tapete lo que se conocería como la “destrucción termonuclear mutua y asegurada”, o “detente”. La crisis de los proyectiles de 1962 fue una expresión de esa relación entre Russell y Jruschov. Con el derrumbe de la potencia soviética en el período de 1989–1992, Cheney y compañía dejaron la “detente” y volvieron a pugnar por la guerra nuclear preventiva, la cual sigue siendo hoy la política de Cheney, como vicepresidente.

Así, esta excrecencia de base angloamericana del dominio fascista sobre Europa Occidental y Central en el período de 1922–1945, llegó a conocerse como el utopismo militar reflejado en la brutal criminalidad moral y las mentiras descaradas del vicepresidente Dick Cheney y sus compinches fabianos del número 10 de la calle Downing.

Para entender este utopismo con mayor profundidad y eficacia, tenemos que reconocerlo, en esencia, como la creación de dos de los padres de la Sociedad Fabiana, el utopista H.G. Wells, notable por La conspiración abierta ; y Bertrand Russell, quien tuvo una función descollante en el diseño y promoción de la doctrina de un “gobierno mundial mediante la guerra nuclear preventiva (perpetua)”.

La doctrina Russell ya se había ensayado a gran escala, antes de Hiroshima, con la doctrina Churchill–Lindemann al estilo Joseph de Maistre, del genocidio colectivo contra poblaciones civiles con la generación de holocaustos inclementes contra los grandes objetivos civiles de Alemania. El plan de los británicos para hacer arder en llamas a Berlín fracasó, porque las avenidas pertinentes de la ciudad eran demasiado anchas para que prosperara. Por un tiempo, se pretendió usar las armas nucleares estadounidenses contra Berlín, pero la bomba no estaba lista para usarse de ese modo en el momento que podría haberse empleado así. En vez de eso, el Gobierno de Truman se consoló con el bombardeo incendiario estratégicamente contraproductivo de la población civil de Tokio, y con el bombardeo nuclear contra Hiroshima y Nagasaki, que fue del todo inútil en lo militar.

1.2  Cuando aparecí en escena

De pronto me convertí en una figura política mundial entre el 15 y el 30 de agosto de 1971. Hubo tres factores involucrados en esto.

El primero, fue simplemente objetivo. Yo era el único economista conocido que había pronosticado de forma pública y con precisión esa clase de acontecimientos y sus consecuencias, acontecimientos que las medidas responsables de una serie de graves crisis monetarias en el período de 1967–1971 pusieron en marcha. De repente, y de la manera más indisputable, todo libro de texto importante sobre economía, sus autores, y sus evaluaciones, mostraron que mi pronóstico no sólo fue preciso, sino, más importante, que era el único método competente de pronóstico a la vista en el escenario el mundo. Mi éxito en esta ocasión tuvo repercusiones internacionales. Por fortuna, aunque creo que no accidentalmente, nunca he arruinado ese historial profesional como economista a lo largo de las décadas.

El segundo, fue un asunto de la gama de doctrinas dominante en la profesión económica. Desde la humillante derrota que le infringí al profesor keynesiano Abba Lerner, a quien escogieron para retarme a nombre de la profesión en un célebre debate a fines de 1971, ningún economista contrario a mis conceptos se ha atrevido a desafiarme en un debate abierto de formato clásico sobre política económica y materias relacionadas. Por lo general, el aterrorizado objetivo de mi desafío a debatir sale con una sarta de difamaciones y mentiras que nada tienen que ver con el asunto, para sacarle la vuelta a semejante encuentro.

El tercer factor fue político. Yo había advertido que si no se daba marcha atrás a los cambios radicales contra Franklin Roosevelt en materia de política económica, el mundo se encaminaba hacia la única forma de régimen que coincidía con los efectos de las medidas de Nixon: el fascismo a nivel mundial.

Debe dejarse en claro una explicación de mis logros fuera de lo común en esta y otras esferas, en tanto aspecto integral del método que abarca el tema implícito de todo este informe.

Más significativo que todos los demás factores responsables de la incompetencia acostumbrada de los economistas y otros que se presentan como pronosticadores de largo plazo, es el mito de la existencia de un absoluto, “el suceso inevitable”. Siempre que alguien afirma haber previsto algún suceso que, según él o ella, constituye una inevitabilidad incondicionalmente predeterminada, ese pronosticador se descubre a sí mismo como un incompetente intrínsico en esta clase de tarea. Como lo atestigua el éxito de Federico el Grande contra los austríacos en Leuthen, o las derrotas que sufrieron tanto Napoleón Bonaparte como su sucesor Hitler en su invasión de Rusia, el comandante que vio la alternativa viable de flanquear que el otro pasó por alto, a menudo asegura la victoria precisamente porque su adversario había planificado una victoria “inevitable”. No hay inevitabilidades monótonas incondicionales de acontecimientos específicos en el universo. Lo que es “incondicional” es la inminencia de un conjunto limitado de alternativas críticas. En el caso del actual derrumbe monetario–financiero mundial, el rasgo característico de la situación general consiste en una reducción del margen de dichas alternativas que una u otra de las partes pertinentes pudieran considerar aceptables.

Considera el caso de la amenaza inminente de un derrumbe bastante inmediato hacia una crisis general de desintegración global del actual sistema monetario–financiero mundial. Todas las opciones adoptadas por las principales autoridades pertinentes, hasta ahora, en el intento de posponer el momento del derrumbe generalizado de ese sistema, tienen el efecto neto siguiente.

La adopción de los EU, Gran Bretaña y otros de un sistema de economía “posindustrial”, estaba asociado con una segunda norma elemental, las formas radicalmente extendidas de “libre cambio”. El aumento del uso generalizado de la “deslocalización” de la producción por medio del sistema monetario de “tipos de cambio flotantes” en el período inicial de 1971–1982, creó las condiciones para el saqueo acelerado de las naciones más débiles. Esto, a su vez, franqueó el camino para la “deslocalización” y para su extremo radical, al que Ross Perot describió en 1992 como “el sonido del gran chupetón”. El resultado fue el desplome de la inversión de capital de alto precio y del empleo productivo en los EU, el Reino Unido y otras naciones más industrializadas mediante una política de salarios bajos para las nuevas naciones exportadoras, que más tarde fue una copia de la misma forma de acumulación primitiva de capital que practicaba Hermann Göring, timón de las prácticas de los megacarteles nazis que empleaban trabajo forzado y de los campos de concentración.

Como resultado, las proporciones de capital físico neto, per cápita y por kilómetro cuadrado, de la mayor parte del mundo —incluyendo el enorme saqueo y destrucción mundial donde tuvo lugar la mayor parte de esto de 1989 a 2004, la antigua Unión Soviética— se han reducido, en tanto que los métodos hiperinflacionarios, en especial las innovaciones de los derivados financieros al estilo “John Law” que inició el presidente de la Reserva Federal de los EU, Alan Greenspan, han inflado lo que de hecho es la mayor burbuja hiperinflacionaria de la historia, una burbuja que está más que lista para reventar.

En el transcurso de este período, en especial desde que el inminente derrumbe sistémico del sistema mundial se hizo claramente visible en 1987, los idiotas de más alto nivel en el mundo, y otros, seguido se han felicitado por su ingenio en posponer el derrumbe, que ya está maduro, con métodos intrínsecamente hiperinflacionarios que hacen de la próxima crisis algo más mortal que las anteriores. Ejemplo: la burbuja de la deslocalización (“el sonido del gran chupetón”) que promovía el vicepresidente Al Gore. Ejemplo: la burbuja de la internet, financiada por la demencia de Alan Greenspan, y fundada en el terror a un supuesto fin del mundo el 1 de enero de 2000. Ejemplo: la lunática burbuja de las hipotecas, de los británicos y Greenspan. Ejemplo: la decisión, en el tercer trimestre de 1998, de usar una descomunal derrama hiperinflacionaria para erigir un “muro de dinero”, en un intento por que el derrumbe general ocurriese bajo el sucesor del presidente Clinton. Así, el castigo que implícitamente estaba destinado para Gore, y que en última instancia cayó sobre un Bush que le arrebató a su rival Gore de sus necios dedos el anillo de bronce de la necedad.

En todo este tiempo, empezando el 15 de agosto de 1971, los hegemonistas angloamericanos han llevado al mundo en general, paso a paso, camino a la ruina definitiva. En cada momento decisivo hubo alternativas. La única alternativa buena era la de abandonar el cambio radical de política económica que la facción utopista emprendió a raíz del asesinato de Kennedy. La segunda clase de alternativas, que no representaban más que medidas de mediano o incluso corto plazo, como las que tomó el presidente Clinton en el último trimestre de 1998, siempre llevaron a una amenaza de derrumbe peor que la anterior panacea del charlatán.

En todo esto, había una especie diferente de alternativa. Botar el sistema que defenían estos charlatantes, y regresar a los principios probados de la recuperación que emprendieron los EU y otros con Roosevelt, desde marzo de 1933 hasta la muerte del presidente Kennedy. De hecho, esos genios huían hacia su legendaria cita con la fatalidad en Samarra.

Un resumen consiso de la forma en que preví el final hacia el cual mis rivales economistas estaban desorientando a sus clientes, es el siguiente.

El paradigma físicomatemático de la ruina que ahora desciende sobre el sistema monetario–financiero mundial, es el famoso análisis de Bernhard Riemann de cómo se genera una onda de choque sonora, y de cómo trasciende. La comparación pertinente es la que sigue.

Lo que enfrentamos no es una recesión ni una depresión cíclica. Enfrentamos una desintegración sistémica de ese sistema existente. La única salida segura es desechar dicho sistema, para regresar a uno nuevo que no choque con los métodos de recuperación que aplicó el presidente Franklin Roosevelt en la recuperación económica de los EU, y en la extensión de los mismos para reconstruir un mundo destrozado por la guerra: el sistema original de Bretton Woods que Roosevelt definió. La operación a ejecutar es comparable al logro de “romper la barrera del sonido”, según lo definió Riemann. La posibilidad de sobrevivir bajo estas condiciones depende de aplicar las lecciones de los logros de Roosevelt al proceso de que los gobiernos soberanos intervengan al sistema existente, para realizar una reorganización por bancarrota supervisada por el Estado en condiciones de una recuperación económica general con créditos gubernamentales.

La “barrera del sonido” en este caso no tiene un valor fijo, sino relativo. La “barrera del sonido” análoga, contra la cual se lanza la onda hiperinflacionaria de los agregados monetario–financieros, está determinada por la relación entre el ritmo de crecimiento de dichos agregados y la tasa de contracción de los activos físicos reales, per cápita y por kilómetro cuadrado. La clase de función matemática así descrita puede verse, en primer instancia, como una hipérbola.En este caso, el aumento de los agregados monetario–financieros está ligado a una función de caída en el producto físico neto per cápita y por kilómetro cuadrado. Esto es así, porque el aumento del crédito para alimentar a la burbuja monetario–financiera depende de lo que se denomina “acumulación primitiva (es decir, parasítica) de capital” contra la base física. El resultado es un aumento aparente de la inclinación de la curva hiperbólica de los agregados monetario–financieros con relación al aumento del tiempo. En este caso, el tiempo en sí es relativo. El ritmo al que se saquea la economía para evitar que se derrumbe determina el tiempo relativo que expresa de conjunto la función.

Cuando la inclinación de la curva de corte hiperbólico se acerca a la vertical, es que ha llegado muy cerca del límite absoluto del sistema. En ese intervalo, que se expresa con una turbulencia cada vez más impetuosa, se alcanza la capa externa que refleja el límite exterior de la existencia del sistema monetario–financiero mundial.

Pero aun en ese punto, hay una alternativa. Cambia el sistema, como lo he propuesto de forma consistente por unas cuatro décadas. La renuencia de las partes pertinentes a considerar un cambio del propio sistema, como he propuesto, es la única razón que tienen para temer lo que podrían considerar como la ruina inevitable del sistema mundial. Por tanto, me temen y me odian porque mi existencia, al poner de relieve que el derrumbe de la economía mundial de ningún modo es inevitable, implícitamente amenaza al mundo que desean tener. Como el empirista James Clerk Maxwell explicó su rechazo fraudulento a reconocer su deuda con los descubrimientos de Gauss, Weber y Riemann, él y sus colegas británicos se rehusaron de manera conciente a reconocer la existencia de “ninguna geometría que no sea la nuestra”.

Por último, sobre este asunto de la “inevitabilidad”. La racionalización que por lo general se usa en una especie de defensa formalista de la noción de inevitabilidad, es la misma clase de razonamiento central de la necedad subyacente de todo el pensamiento aristotélico, y también de los modos neoaristotélicos conocidos como empirismo, positivismo y existencialismo. El problema está representado en los escritos de Kepler, tales como Nueva Astronomía , donde éste se concentra en el fraude, en la astronomía, del aristotélico Claudio Ptolomeno y de las insensateces pro aristotélicas de Nicolás Copérnico y de Tico Brahe. Esto también ha de reconocerse, para el mismo efecto neto, como la ideología patológicamente antiprometeica de la secta de Delfos, y de los eleáticos, los sofistas, los aristotélicos y los empiristas en general. El núcleo del aspecto de esa cuestión que es pertinente en el contexto inmediato presente de los principios de la prognosis, se expresa en la diferencia entre el concepto de “poder” de la ciencia clásica griega prearistotélica, y en la sustitución de éste término por el de “energía” propuesto por Aristóteles. La energía es un efecto; la potencia es la acción cuya huella a menudo puede llamarse “energía”.

Cuando reconocemos que un fracasado pronosticador engreído piensa en términos de extrapolaciones estadísticas o similares a partir de efectos observados, al efecto de asumir que una pauta de efectos aducidos es el motivo del resultado subsecuente, hemos puesto nuestro dedo en el origen más profundo de la incompetencia de ese pronosticador.

La distinción esencial entre el hombre y la bestia radica en la facultad soberana de discernimiento cognoscitivo de la mente humana individual, una facultad que corresponde precisamente al principio de la hipótesis de Platón. El descubrimiento de un principio físico desconocido mediante el método platónico de la hipótesis, nos equipa con el conocimiento eficiente de algún principio del universo, de otro modo invisible, pero que ya existe de forma eficiente, un principio que existía de manera implícita en toda la esfera de la propia Creación. La adopción de ese principio descubierto, cuando el hombre la pone en práctica, constituye un poder del hombre para cambiar el universo.

La existencia misma del hombre en tanto especie distinta, reside por completo en ese aspecto que acabo de resumir. Es la intención motivadora de causar una forma de acción, que expresa un principio físico universal descubierto, el cual constituye la única causa de la existencia continua de la especie humana. El cambio, así definido, es la única forma de existencia que en realidad conoce la humanidad. De ahí la pasión por cambiar el universo, en vez de seguir intelectual y moralmente a la podrida Roma en preferir la ilusión de leyes fijas permanentes de un universo mítico; el aristotélico o cualquier fuente comparable de ese engaño mortal ha de reconocerse en la forma de la creeencia en los resultados inevitables.

Este era el principio característico del mal que gobernaba a Roma; esta fue la utopía que concebida por Diocleciano. Esta es la maldad que representaba la idea de un Imperio Británico perpetuo, como el sugerido por el equipo de lord Shelburne, o de un “Reich de mil años”, o la creencia casi o de hecho satánica en la sumisión a un estado prestablecido de la naturaleza, como el de los incapacitados mentales y morales de los “verdes”. La búsqueda de un ordenamiento permanente del universo es un impulso que incapacita, en lo intelectual y en lo moral, al que cree en él. En el mejor de los casos, vuelve psicosexualmente impotente a la víctima de semejante engaño. Como una medida que la víctima de dicho engaño procura imponer a los otros, o a la sociedad en general, es la maldad a través de la cual se extienden los imperios y el fascismo como el de Hitler y el de Michael Ledeen.

Los economistas cuya ira acabo de reavivar con estos comentarios, representan una dedicación servil al fomento de sus carreras en servicio de sus amos verdaderos o aspirantes a serlo. Son apólogos de sus amos, incluso comparables a los sacerdotes de una secta satánica. Quisieran mantener al mundo dentro de los límites que a su amo le plazcan. Son psicosexualmente inertes, como lo son los fieles eunucos del harén al efecto de su búsqueda de asegurar sólo resultados inevitablemente predeterminados, porque no tienen razón de existir, sino es en defensa de las ilusiones de sus amos contra cualquier ruido perturbador. Son estúpidos, porque, por ese motivo, quieren parecer estúpidos.

Por qué mis enemigos temían mi superioridad

Como dan fe de esto documentos oficiales, que se hicieron públicos después, en 1973, el Negociado Federal de Investigaciones (FBI) estaba ocupado, a través de sus agentes en la dirigencia del Partido Comunista de los EUA, en un plan para ocasionar mi eliminación personal. Al detectar esa operación en diciembre de 1973, se abortó el despliegue efectivo del Partido Comunista, coincidiendo con lo que más tarde confirmó un documento oficial interno del FBI. Los acontecimientos del 6 y 7 de octubre de 1986 en el condado de Loudoun en Virginia, y el juicio en Alexandria, Virginia, en 1988, en esencia deben entenderse como una continuación de una pauta persistente de intención y carácter similares durante ese período, que hoy se extiende a operaciones en Europa y otras partes, realizadas desde el número 10 de la calle Downing, de Londres, y ligadas a Cheney.

Las contraoperaciones de naturaleza similar emprendidas por diferentes agencias y por la prensa que domina la oligarquía financiera, se intensificaron debido a varios aspectos decisivos de mi campaña presidencial de 1976 que, en efecto, fue una campaña contra el sucesor utopista de Henry A. Kissinger, el fundador de la Comisión Trilateral y presunto asesor de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski. Éste, obviamente, no estaba feliz de que yo alterase el éxito esperado de varias de sus sucias aventuras. La reacción se aceleró con la campaña a favor de la IDE, perdió algo de vigor con mi encarcelamiento, pero resurgió en arranques sucesivos en 1996, con la campaña presidencial demócrata de 2000, y con mis intervenciones decisivas en la situación estadounidense, que empeora bajo el actual presidente. Aquí la pauta no consiste en una sucesión de acontecimientos, sino, más bien, en un proceso continuo que genera una sucesión de efectos discretos. Ilustro el proceso identificando algunos de sus efectos ejemplares.

Mi desarrollo de la propuesta que el presidente Reagan bautizó como la IDE, comenzó con mi reacción al descubrimiento de un documento que cayó en mis manos durante la campaña presidencial de 1976. Esa información se convirtió en el aspecto más ampliamente reconocido de mi campaña presidencial de 1976, y en el tema de un programa que se transmitió por televisión nacional la víspera de las elecciones ese año. Sólo por eso, algunos elementos de la élite nunca me han perdonado, hasta la fecha.

Durante la carrera de 1975–1976 para sustituir con Zbigniew Brzezinski a quien fue su aliado en Harvard, en la “casa materna” del profesor William Yandell Elliot, Henry A. Kissinger, como asesor de seguridad nacionalme cayeron por casualidad lo que bien pueden denominarse “pruebas sólidas y candentes”, de que una sección del propuesto Gobierno de Carter —una sección asociada al utopista J. Rodney Schlesinger— estaba chapuceando con la intención de escenificar lo que fácilemente se convertiría en una provocación nuclear para la Unión Soviética. Por tanto, mi candidatura presidencial de 1976 destacó mi señal de alarma contra este aspecto de los planes del Gobierno entrante de Brzezinski. Esa advertencia logró su propósito; no hubo más chirridos sobre el “peligro inminente” del nicho de Schlesinger en la pandilla de Brzezinski durante el período del presidente Carter. Sin embargo, yo había aprendido la lección a partir de esa experiencia; los EU tienen que encontrar en la ciencia una alternativa al juego mortal de la “paz mediante el terror termonuclear mutuo”.

Mi capacidad para convertir un cúmulo de hechos científicos desparramados en una doctrina estratégica, se basaba en un aspecto de mi conocimiento que está fuera de los límites de las nociones generalmente aceptadas del aula científica. Yo tendía a confiar, en términos pedagógicos, cada vez más en lo que describo como “el síndrome de la pecera”, para pintarle a otros el modo característico en que las culturas tienden a aferrarse, de forma ciega, a engaños sistémicos que tienden a garantirzarle a una nación entera, o a toda una cultura, la caída autoinflingida o un daño grave.

El esfuerzo a partir de 1954 por reestructurar todas las culturas de Europa y las Américas, en particular, en torno a lo que llegó a conocerse como la “detente”, es un ejemplo de esta clase de patología sistémica. Las fases Kissinger y Brzezinski de esta variedad de doctrina estratégica utopista, representan la patología que abordé en mi plan alternativo a esta pesadilla utopista, una alternativa que se expresa en la forma de lo que se llegó a conocer como la “Iniciativa de Defensa Estratégica”.

Lo que se conoció como la “IDE”, al menos del modo en que yo la definí, se basaba en un entendimiento de los aspectos pertinentes del “síndrome de la pecera” dominante en ese tiempo. La solución al desafío así definido no podía desarrollarse en lo que devino la IDE, excepto desde el punto de vista que yo había aportado a la fundación y avance de la FEF.

Por las mismas fechas en que obtuve las pruebas de las intenciones bélicas nucleares de los círculos de James Rodney Schlesinger en la Comisión Trilateral, ya se había desatado una pelea en el Departamento de Defensa en torno al asunto del desarrollo de lo que el léxico diplomático identifica como “nuevos principios físicos” de defensa contra cohetes intercontinentales con ojivas nucleares. En el proceso, el entonces jefe de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, el general Daniel P. Graham, era un típico adversario fanático de dicho desarrollo. Graham se convirtió más tarde, en 1982–1983, en un destacado y bastante salvaje adversario mío y del doctor Edward Teller a este respecto. Graham exigía —como en su campaña de 1982 a favor de un plan alocado llamado “alta frontera”— que la defensa contra proyetiles se limitara a sistemas ya correctamente definidos como obsoletos desde principios de los 1960.

En la segunda mitad de 1977 me informaron de la pelea que había al interior del Pentágono en torno al desarrollo de “nuevos principios físicos”. Tomé el partido de los proponentes de “nuevos principios físicos”, pero sabía que quienes fomentaban el uso de estos principios aún no comprendían las implicaciones de fondo de lo que apoyaban. En respuesta, reconocí que sin un cambio general de doctrina estratégica los “nuevos principios físicos” podían degradarse al carácter de una artimaña tecnológica. Me concentré en desarrollar la doctrina necesaria, la doctrina que luego se conoció como la IDE.

Antes de continuar con el proceso que lleva a la más reciente manifestación del empeño en la guerra nuclear preventiva de Cheney y compañía, tenemos que preparar el terreno echando un vistazo a esos procesos de la mente humana que le permitieron a la sociedad moderna llegar a la clase de demencia de la cual Cheney sólo es típico.

Estos acontecimientos han dividido a los militares profesionales y a los círculos políticos relacionados de los EUA en dos facciones, los cuerdos (los “tradicionalistas” representados por los generales del Ejército MacArthur y Eisenhower) y los “utopistas” lunáticos representados por los seguidores de Churchill, Lindemann, Bertrand Russell y los clanes guerreros de la RAND, etc. A este último conjunto de lunáticos peligrosos se les tiene que diagnosticar como un caso especial de lo que me ha parecido conveniente describir como una típica “mentalidad de pecera”.

Puesto que soy, como lo he explicado, un prometeico, no procuro componer sistemas disfuncionales que no tienen remedio; me reservo mis esfuerzos con el propósito de hacer los cambios necesarios al sistema. Mi ventaja, al crear el diseño original del plan del 23 de marzo de 1983 que se llegó a conocer como la doctrina original de la IDE, difiere de la de todos los demás: en el sentido de que yo usé la idea de las implicaciones de los “nuevos principios físicos” para un fin político estratégico, un cambio en el sistema político mundial, como fundamento para emplear los pertinentes cambios científico–tecnológicos y de los sistemas militares relacionados en la configuración estratégica que había de revolucionarse. En efecto, todo esto, en conjunto, fue una aplicación nueva del mismo principio —aplicado al conflicto estratégico de 1945–1983— que el cardenal Julio Mazarino y compañía habían aplicado en el Tratado de Westfalia, para llevar la Guerra de los Treinta Años de 1618–1648 a una conclusión pacífica.

El objetivo de la guerra moderna es su función inevitable de asegurar una paz que no podría alcanzarse de otro modo. Así, el diseño de las fuerzas, sistemas de armamento y sus aplicaciones, deben realizarse de manera consecuente. Para alcanzar ese resultado, debemos empezar atrás en el tiempo, partiendo de la paz que se procura, a la selección de los medios necesarios para lograrlo.

Por tanto, el punto de referencia decisivo para mí con respecto al lado soviético de la ecuación, era el hecho de que las instituciones científicas militares soviéticas podían producir lo que, bajo las circunstancias en su lado, eran milagros relativos de la ciencia aplicada; mientras que el desempeño del lado civil de la economía francamente apestaba, como lo reconocían las publicaciones soviéticas pertinentes más entendidas, en la medida que la discreción política lo permitía. El objetivo de hacer la paz para los EU debe, por tanto, centrarse en esa ironía de la situación. Ése fue mi enfoque en 1982–1983, cuando llevé a cabo un diálogo autorizado, como canal alterno, con el representante del Gobierno soviético, a nombre del Consejo de Seguridad Nacional del presidente Reagan.

En ese tiempo, el enfoque estadounidense sobre la defensa se basaba más que nada en basura tecnológicamente obsoleta que producían los contratistas militares favoritos de Wall Street. La “alta frontera” del general Daniel Graham —que no sólo estaba “bien arriba”, sino que prácticamente era psicodélica— refleja esa insensatez. El objetivo tiene que ser cambiar los parámetros de los equipos militares a un acuerdo de largo plazo sobre un cambio de las armas estilo Bertrand Russell, armas obsoletas de destrucción mutuamente asegurada, a tecnologías de un orden superior que puedan convertirse en las armas para escapar de la paradoja mortal, pero, pero, pero, que aportaría un motor científico que cambie las economías involucradas en el acuerdo. Este cambio debe ocurrir de modo que sea congruente con el principio de “la ventaja del prójimo” que produjo el milagroso final de la virtual era de tinieblas de guerras religiosas con el Tratado de Westfalia de 1648.

Mi concepto tenía algo de novedad, pero era completamente congruente con los principios de una defensa estratégica basada en la construcción de la nación, que había desarrollado Lázaro Carnot, Gerhard Scharnhorst y nuestros propios militares profesionales, en base a la ingeniería y la ciencia mediante el servicio de los generales de los Ejércitos MacArthur y Eisenhower. Se trataba del principio cristiano de darle pan a tu adversario aparente a cambio de una piedra.

Esta implicación tradicionalista de mi diseño fue ampliamente reconocido y recibió el apoyo de destacados militares profesionales y círculos afines de Europa y otras partes. Ese mismo hecho, no obstante, indica los motivos por los que era tan amargamente odiado por el papel que tuve en lo de la IDE. Yo amenazaba con quitarles las galletas a los bebés fascistas —de los que el vicepresidente Cheney sólo es típico—, a buitres que tenían sus entrañas dispuestas para una empresa utopista de gobierno mundial a través del terror nuclear. Por eso gritaron: “¡Elimínenlo!”

1.3 ‘El síndrome de la pecera’

Por “pecera”, quiero decir un estado mental en el cual el individuo ve el universo de una manera que desencaja con furia con la correspondencia física que existe en el universo real con el que participa en acción recíproca.

Aquello reconocido como la forma “reduccionista” de creencia representa una gran variedad de conjuntos específicos de creencia, los cuales, todos en conjunto, aunque difieren entre sí, son desórdenes mentales de una especie común, desórdenes mentales que, cuando de otra forma difieren en lo específico el uno del otro, tienen en común una calidad específica de características defectuosas. Las expresiones de tales desórdenes mentales más fáciles de entender, son con los que uno topa en la influencia de las formas de las patologías reduccionistas encontradas en la ciencia física, pero del modo más enfático en el dominio de las matemáticas. En la mayoría de las culturas europeas modernas, el grueso de esas patología que afligen a la ciencia matemática remóntanse “de forma hereditaria”, como se dice, a una superposición de corrientes arraigadas en el aristotelismo y el empirismo. Hoy, la mejor oportunidad de obtener una visión global de las características funcionales de los desórdenes reduccionistas en la práctica de la ciencia física, es desde la perspectiva de la obra revolucionaria de Bernhard Riemann.

La verdad es que la diferencia esencial que separa a todos los hombres y mujeres, de forma absoluta y por igual, de todas las otras especies vivientes, es el principio platónico de la hipótesis socrática. El hombre es capaz de ver y de comprobar la existencia de objetos llamados “principios físicos universales”, los que no pueden verse como objetos de la percepción sensorial. A medida que el hombre acumula conocimiento y dominio sobre estos principios universales, los que la ciencia griega preeuclidiana conocía como “poderes” (es decir, dúnamis ), el poder de la raza humana en y sobre el universo aumenta a tales efectos como el aumento de la densidad relativa potencial de población, medida per cápita y por kilómetro cuadrado de la superficie terrestre.

Así, la mente del individuo humano expresa un poder de actuar que se origina dentro de los procesos mentales de una persona viviente, pero que no puede identificarse como un producto de la biología del individuo. No hay justificación para ninguna especulación arbitraria, o de otra forma irracional, sobre esta diferencia. El universo, como reconocían los antiguos científicos clásicos griegos y, en un caso moderno notable, V.I. Vernadsky, es una multiplicidad de tres espacios–fase triplemente conexos, que luego distinguimos por experimento como el abiótico, el viviente y, por último, el denominado noético o cognoscitivo. Lo que hay que recalcar es que la obtención por parte del individuo humano del conocimiento eficaz de un principio físico universal descubierto y validado por experimento, expresa la presencia activa de un espacio–fase eficiente en su totalidad, un espacio–fase que requiere de un método experimental distinto a los que resultan suficientes, ya sea para el espacio–fase abiótico, o para el espacio–fase de lo tan sólo viviente.

Éste es el meollo del planteamiento fraudulento que Carl Gauss refutó en su ataque de 1799 contra el timo de Euler, Lagrange y demás.

Los estudios modernos de la astronomía egipcia previa a la erección de las grandes pirámides indican que los rasgos salientes de la cultura científica griega provinieron de Egipto, lo cual confirman los relatos griegos de Platón y otros. Expresión de esto fue el concepto pitagórico de las “esféricas”, que sirvió como fundamento de la geometría prearistotélica y preeuclidiana. Cuatro de los rasgos más elementales de la ciencia pitagórica de Platón y otros son las construcciones de doblar la línea, doblar el cuadrado, doblar el cubo, y los sólidos platónicos. Los primeros tres de estos cuatro son los puntos de referencia que Gauss usa para mostrar el carácter fraudulento de esas nociones de un teorema fundamental del álgebra asociadas con D’Alembert, Euler y Lagrange. La acción que genera cada una de esas tres construcciones es un poder, en el sentido en que los pitagóricos y Platón definen el término de poder , ( dúnamis, en griego). El doblar el cubo es la representación más simple y clara del principio que subyace a todos los casos, como fue planteado el problema de marras por Cardano y sus sucesores. De allí que el argumento de 1799 de Gauss contra Euler y Lagrange define de modo implícito el significado físico del dominio complejo que subyace la noción general de un teorema fundamental del álgebra.

Estos descubrimientos de principio físico universal no sólo son métodos de descripción matemática, como si fuera ante el pizarrón. Representan el descubrimiento y el uso por parte del hombre de principios físicos universales de actuación eficaz, que existían antes de que el hombre supiera de su existencia. El principio de prueba experimental significa la demostración del hombre de su habilidad de lograr el control a voluntad sobre el uso de ese principio, de tales formas que pueda cambiar el modo de desenvolverse del universo desde ese momento en adelante. Es decir que, como recalcó Vernadsky, al igual que el principio activo de la vida funciona de un modo que es externo a los procesos abióticos de la Tierra, de generar el cambio conocido como la transformación del planeta, al parecer abiótico, en una biosfera, el uso intencional del hombre, de principios físicos universales descubiertos, superpone aquellos cambios cualitativos que, de forma acumulada, transforman al planeta de una biosfera a definir la noosfera. Un descubrimiento verdadero de cualquier principio universal físico es una aprehensión del poder de hacer cambios intencionales en el ordenamiento del universo. El principio físico universal descubierto existía y funcionaba en el universo antes de que el hombre primero lo descubriera. No obstante, cuando el hombre no sólo descubre sino que despliega tal principio, la acción intencional del hombre de usar ese principio cambia al universo. De allí que, ha de reconocerse que tales descubrimientes funcionan como “poderes” para cambiar al mundo, en el sentido del uso que los griegos preeuclidianos, tales como los pitagóricos, Heráclito y Platón, le dan a ese término.

En la ciencia física, el “poder”, definido como la alternativa preferible al término de la superstición denominado “energía”, significa, ya sea un poder por medio del cual cambiamos el universo a voluntad, o un poder que delimita la trayectoria de acción de un principio que desplegamos adrede. Este concepto, y las distinciones que incorpora, ha logrado una mayor claridad cualitativa gracias a los descubrimientos originales de Bernhard Riemann.

El discernimiento moderno de este rasgo de la ciencia física universal como tal, depende del descubrimiento revolucionario medular de la disertación de habilitación de Bernhard Riemann de 1854. Esta obra liberó a la ciencia de cualquier obligación pendiente de creer en tales sustitutos al conocimiento tipo “pecera”, como las definiciones, axiomas y postulados de un sistema deductivo euclidiano. En lugar de los supuestos a priori denominados “de suyo evidentes”, la ciencia competente ahora declara que no sabemos nada excepto lo que conocemos como una calidad relativamente única de prueba experimental, de alguna forma platónica de hipótesis que nos sirve de modo eficaz como un principio físico universal descubierto por el hombre. A partir de ello, el hombre es liberado por la demostración de Riemann, empezando con su célebre disertación de habilitación de 1854, de toda definición, axioma y postulado, y de la suerte de métodos deductivos asociados con los mismos.

No sólo son las definiciones, axiomas y postulados de tipo a priori, falsos de modo intríseco, sino que el aceptar un conjunto de creencias semejantes corrompe la mente del embaucado creyente, tal que erige una barrera mental cuyo universo falso autoconfina la capacidad de actuar del individuo y la sociedad, como podríamos decir de un pez mascota que parece contento de seguir nadando su vida dentro de una pecera.

Toma el ejemplo de una ilusión popular muy difundida al presente, la noción de un principio físico de “libre cambio”, como un caso ilustrativo que viene al caso.

Desde la perspectiva de la realidad física, en vez de las mitologías de la contabilidad financiera, el término “ganancia” no tiene ningún significado racional, salvo en cuanto indica una forma de acción antientrópica que genera más poder que lo que requiere para generarla. Esa definición física de ganancia puede replantearse como la porción del producto físico total, cuando la expresión de éste toma expresión en la forma del poder que hay que destinar, más allá de mantener la existencia del productor y los medios que emplea el productor, para producir el producto total de marras.

En una economía física moderna destacan tres rasgos de este proceso. Reponer la familia que aportó el productor a una condición funcional igual o mejor. Reponer el medio de producción empleado a una condición de función igual o mejor. Reponer la infraestructura de la sociedad de la cual depende la existencia de esa sociedad y sus medios de producción a un nivel igual o mejor.

Sin embargo, en la práctica del “libre cambio” ocurre la siguiente locura.

El precio de los productos se reduce a través de reducir la calidad de la mano de obra empleada. El precio de los productos se reduce a través de canibalizar el capital físico existente. Redúcese el precio de los productos por un tiempo a través de agotar las condiciones naturales preexistentes y los niveles de vida hasta el punto de un estado general de hundimiento, al menos relativo, del sistema.

En el caso infortunado en que una nación o un grupo de naciones son deludidas a creer que los cambios de “libre mercado” necesariamente llevan a un mejoramiento, en principio el momento en que el agotamiento de la sociedad a través de canibalizar poblaciones, medios de producción e infraestructura (incluyendo a la naturaleza misma) aproxima la condición de desintegración, define el límite de la existencia continua de esa sociedad sandia de esa forma. Esto define una “pecera”. O reformamos el sistema para eliminar el factor de “librecambismo”, o la sociedad se desintegra. “Sal de la pecera o muérete”.

La dependencia del “librecambismo” en tanto factor social cuya ejecución debe perfeccionarse, como en el caso de las versiones de la secta del “librecambismo” de la llamada “globalización” que tenemos hoy, tiende a eliminar todos los factores de una actividad orientada por la política económica, que pudieran ver los fanáticos ideólogos “librecambistas” de marras como excepciones a la aplicación universal perfeccionada del imperio del “libre cambio”. Este es precisamente el efecto que hemos visto como tendencia en las Américas y Europa durante el intervalo posterior a 1987. Esta tendencia es la causa subyacente de la desintegración general que arremete contra el presente sistema financiero–monetario mundial, podrido de derivados financieros, y dominado por los EU y la Gran Bretaña. Así es que, nuestro actual Presidente de los EU oye que los efectos del “libre cambio” están arruinando la economía, y responde: “Eso significa que necesitamos una dosis más grande de librecambismo”.

Fíjate en la “pecera” del lunático del “yo creo en el libre cambio”, en tanto ésta ha configurado la degeneración del sistema político–económico de los EU en la secuela desde el asesinato del presidente John F. Kennedy, perpetrado por los intereses vinculados al nazismo que los gatos Allen Dulles y James J. Angleton arrastraron de sus reclutas nazis en Alemania, la Suiza de François Genoud, y el norte de Italia, una vez muerto el presidente Franklin Roosevelt.

Había fallas importantes en las políticas monetaria, económica y exterior posteriores a Franklin Roosevelt antes de la remoción del obstáculo al “complejo militar industrial”: Kennedy. Sin embargo, esas nuevas políticas que han llevado a los nuevos desastres económicos de los EU en los pasados cuarenta años no fueron producto del legado de Roosevelt, el cual persistió entre las políticas económicas en el intervalo de 1933 a 1963. El derrumbe de la fase final del sistema monetario–financiero internacional posterior a Kennedy que embiste al presente, es el producto de una intención de lograr lo que el compinche de Henry Kissinger, el desaforado utopista derechista Michael Ledeen, ha loado como un modo de gobierno “fascista universal” de imperio mundial.

Como he resumido este punto respecto a las ideologías de “pecera” en otros escritos, tenemos lo siguiente.

Riemann liberó a la físicamatemática de las garras de las llamadas de “suyo evidente” definiciones, axiomas y postulados a priori. Luego de ello, no sólo ya no son necesarios tales supuestos, sino que seguir dependiendo de ellos es de una naturaleza patológica en lo específico, y en últimas consecuencias. Los supuestos de ese tipo son, en lo principal, de tres clases: a) el tipo de supuesto que tiene al menos una correspondencia vaga, fundada experimentalmente, con la existencia de un principio oculto; b) el tipo de supuesto, tal como el del “libre cambio”, que es una falsedad perniciosa; c) descuidar el mantener una suerte de mentalidad activamente abierta a la existencia de verdaderos principios universales más allá del conocimiento actual.

Esta composición de la forma en esencia reduccionista de supuestos axiomáticos y afines, también tiene el defecto de que de común se piensa que estos supuestos, los mejores y peores de ellos, pueden tratarse como factores axiomáticos independientes, en vez de como parte de una forma riemanniana de un conjunto multiconexo. Ya que esto puede parecerle extraño a aquellos que carecen de experiencia en este campo, debo explicar este punto.

En una geometría física riemanniana los únicos supuestos con implicaciones axiomáticas permitidas son las hipótesis descubiertas que hayan sido validadas, en tanto principios universales físicos o incluidos, por una calidad de experimento designado como “único”: un experimento que de modo inherente muestra que el principio no sólo es válido mediante experimento, sino que además es universal en lo absoluto, o de modo relativo. Ninguna otra forma o calidad de supuesto es permitida como equivalente a una de universalidad axiomática.

Eso sí quiere decir que el espacio y el tiempo euclidianos (y el engendro cartesiano de esa ilusión) han de vedarse de la ciencia presente y futura. El remedio es elemental: regresen a la noción preeuclidiana de las esféricas que los pitagóricos y Platón adaptaron de los métodos de la astronomía esférica de Egipto. Todos los grandes logros de la ciencia europea han estado arraigados en las nociones de una geometría física, en vez de abstracta en lo formal, como la caracterizada por las raíces de la ciencia competente moderna que se encuentra en la obra de los seguidores de Tales, de los pitagóricos y de Platón.

El problema con los supuestos a priori, aun aquellos que no son maliciosos, es que incorporan un margen de un error práctico infeccioso, y ello como un rasgo hereditario de la práctica de dicha creencia. Así que, una cultura que haya adoptado hipótesis de trabajo no terriblemente malas, en lugar de principios físicos universales verdaderos, tiene que tender a derrumbarse en el largo plazo por los efectos acumulados del margen de error en un supuesto práctico.

La noción de verdad, en el sentido superior estricto, supone una correspondencia práctica entre la imagen del universo en la mente del actor (un actor tal como una sociedad), con el universo real. Por tanto, tenemos que ocupar nuestra atención en esos rasgos sistémicos de un conjunto de creencias de corte axiomático que están en contradicción con la manera en que en realidad funciona el universo. Por sistémico, nuestra intención debe ser la de apuntar al terco conflicto erróneo entre las consecuencia de una calidad axiomática en la toma de decisiones, y las supuestas consecuencias. Un caso ilustrativo es la forma en la cual la creencia lunática en el “librecambismo” ha desempeñado una función de primer orden como un rasgo sistémico del decaimiento de cuarenta años de la economía de los EU, de ser la principal nación productora del mundo, a la pila de basura posindustrial que la economía ha venido a ser hoy.

Un estado mental que esté relativamente libre de supuestos axiomáticos falsos, y que también busque de forma activa nuevas mejoras positivas en su repertorio de supuestos, representa una mente veraz. Una opinión contraria es un hombre encaminado, paso a paso, a la perdición. La perdición es el fruto de la mentira. De allí que la intención imaginada de pasearse hacia el paraíso resulta ser, al final, un descenso al infierno. Ésa es la “pecera” de la paranoia que ha venido a dominar a los EUA bajo el predominio de la pronta a retirarse generación sesentiochera de hoy.

2.  La economía y la ciencia

El tema de este informe hasta ahora ha sido, que el presente sistema monetario–financiero mundial en la actualidad está en la fase terminal de desintegración de un derrumbe generalizado. El fin del mundo de ningún modo es inevitable por ese motivo; pero, de hecho, no hay forma alguna de que pudiera revivirse el actual sistema como algo parecido a su presente forma. La actual arremetida de ese derrumbe económico generalizado, en combinación con la arremetida que interseca lo que en últimas sería una forma de guerra mundial asimétrica generalizada, es el rasgo principal de la presente situación de crisis mundial. Solamente cambiando el presente sistema monetario–financiero por uno nuevo, uno nuevo organizado a través de someter al antiguo a una intervención gubernamental para su reorganización, representa una alternativa factible al derrumbe que embiste.

Mientras tanto, como señalamos arriba, yo no sólo soy el pronosticador de largo plazo más exitoso de las últimas décadas, sino tal vez la única persona viva al presente que tiene al menos un entendimiento adecuado de las cuestiones más urgentes que plantean los aspectos económicos de esta crisis. En tanto que mi superioridad en este sentido es algo que me he ganado por un descubrimiento único importante en el dominio de la ciencia de la economía física, debe recalcarse, por razones estratégicas prácticas, que mi ventaja en este sentido se debe más al fracaso generalizado de aquellos que podrían considerarse mis rivales en esta profesión, que a mis propios logros. En la tierra de tontos, yo soy un hombre.

Para entender los tópicos que he juntado hasta ahora en este informe, debemos concluir introduciendo una representación resumida, aunque simple, de la implicación científica más importante de mi descubrimiento, y señalar aquellas de sus implicaciones que son de capital pertinencia para la materia incluida y la misión asignada a este informe en su conjunto.

La rama de investigación científica que refleja tanto los principios físicos universales veraces, así como también aquellos principios sociales que correctamente pudiéramos asociar con los principios de la composición artística clásica, es la ciencia de la economía física, como yo la he mejorado de forma cualitativa en base a los descubrimientos originales del fundador de esta rama de la ciencia, Godofredo Leibniz. La historia de ese descubrimento mío tiene un aspecto feucho. Este aspecto toca en la naturaleza de la diferencia entre el disertante pomposo, cuyo comportamiento en el aula implica que su sabiduría saltó de la frente de Minerva, y el individuo llano, cuya voluntad apasionada, terca, desarrolló un descubrimiento a partir de la tierra mugrienta.

Empezemos con la mugre.

Cuando yo todavía no llegaba a los 16 años, mi padre, un consultor consumado en la manufactura de calzados, me echó al mundo, por así decirlo, a trabajar durante el verano como obrero en una fábrica de zapatos, donde al principio trabajé como aprendiz del oficio conocido como “golpeador manual”, por el magnífico salario de 25 centavos por hora. ¡Maldito sea Dioclesano! Eso era lo que le había hecho su padre, y eso era lo que él me hacía a mí.

Lo pertinente es simplemente mi persuación entonces, después de unos cuantos días, de que tenía que haber una mejor forma de hacer ese trabajo. Cualquiera que en verdad haya trabajado en algo útil en una fábrica, y a quien la experiencia no lo haya vuelto inerte, viene a ser la clase de persona para quien se inventó el buzón de sugerencias: tiene que haber una forma mejor de hacer este trabajo, de lograr este resultado, de mejorar el producto, y de tener el sentido grato de diversión con el que una forma útil de progreso recompensa a su autor.

Este efecto tiende a ser específico a ese tipo de empleo, a diferencia de la generalidad del “trabajo de cuello blanco”.

Mi padre era un pacifista estricto, pero era dado a arranques de rabia. (En las décadas subsiguientes he visto que la rabia, de forma irónica pero nada sorprendente, es una característica común a los pacifistas). Cuando él me preguntó un día cómo me estaba yendo en el trabajo, y yo le contesté que lo estaba disfrutando, se puso rojo. ¡Se puso tan furioso que yo pense que me iba a golpear! Él venía de una escuela de pensamiento para la cual el trabajo era un deber que uno tenía que sufrir, y era de la opinión de que el tiempo no remunerado que no se ocupara con tal sufrimiento era económica y moralmente despreciable. Como Shakespeare pone en boca de Casio, el infortunio de mi padre era que él, aunque no le faltaba un lado brillante y cultivado a su intelecto, y un lado técnico también, tenía la mentalidad de un subalterno. Yo ya era, para esa edad, un devoto prometeico. Yo pensaba en el trabajo como una oportunidad de hacer descubrimientos útiles, aun si eran de tan poca consecuencia como el “golpeo manual”, y tenía un profundo cometido moral a ahorrar mi tiempo mediante el descubrimiento de mejores métodos, como algo precioso.

Ésta fue la experiencia sencilla de adolescente que luego se reflejó en mi desprecio inmediato y justificado por la noción de la “teoría de la información” estadística del profesor Norbert Wiener, lo que me llevó, desde principios de 1948 hasta 1953, a desarrollar y completar mis descubrimientos esenciales en una ciencia de economía física.

Una vez que uno de verdad haya realizado un descubrimiento original de una calidad científica, como yo he hecho en ese asunto, la vida en adelante cambia de un modo especial. El descubrimiento de principio de uno se convierte en una parte significativa de uno mismo. Es, como Kepler mostró en su Nueva astronomía , un principio físico descubierto arraigado en la intención eficiente de uno. La experiencia de actuar bajo el gobierno eficaz de esa intención configura el carácter de uno, y los motivos relacionados de un modo profundo. El principio, a medida que va desarrollándose a través de la experiencia, deviene un rasgo característico del carácter personal de uno. Llegamos a ver cada experiencia en términos de la reflexión que exhibe del modo en que el principio, que ahora nos es familiar, opera en el universo.

Así que cuando veo un pedazo de tierra hoy, veo la densidad relativa potencial de población que expresa. Veo la locura colectiva culpable de la generación del 68 en el derrumbe de nuestras regiones agrícolas e industriales otrora productivas, y en la virtual criminalidad de los efectos asociales producidos por la generalidad de las prácticas de los bienes raíces hoy. Veo la pobreza, no como una desgracia personal del individuo, sino como un producto de nuestras tontas medidas económicas actuales, por las que la nación ahora paga caro en términos de ingresos reales (físicos) nacionales perdidos. También reconozco que los sesentiocheros promedio de hoy, incluso los profesionales que se suponen bien educados, simplemente no son capaces, por su experiencia, educación o condicionamiento moral, de reconocer ninguno de los principios cruciales de los cuales depende una economía exitosa. ¡Qué mentalidad de pecera representan! Es, en general, una generación inculta, de instintos relativamente primitivos, que carece de las características de una cultura con el potencial de sobrevivencia económica. Como muestra la historia de la legislación y votación, acostumbra preferir medidas malas, y hasta muy malas, por encima de aun las simplemente decentes. Al remontarnos a la historia conocida, representa el potencial cultural de una cultura de suyo predestinada a la destrucción. En mi condición de economista calificado, con muchas décadas de experiencia, pruebas de esta clase demuestran de forma decisiva que, a menos que la tendencia de nuestra generación sesentiochera cambie de forma radical, y pronto, esta nación no continuará existiendo de una forma reconocible. Los sesentiocheros viven mentalmente en una “pecera”, y el contenido de esa pecera está a punto de ser botado, y lo probable es que tú sepas dónde.

En una ciencia de economía física, la división aparente entre el arte y la ciencia desaparece. En la ciencia física, los poderes soberanos de plantear hipótesis de la mente individual se yuxtaponen, de manera experimental, con la naturaleza como la representan los dominios abiótico y viviente combinados. En el arte clásico, los poderes soberanos de plantear hipótesis del individuo están enfocados en el tema de las relaciones orientadas a la tarea de los miembros individuales de la sociedad, considerados más o menos en su conjunto. En la economía física, esos dos departamentos están unidos en la práctica, como uno. La ciencia de la economía física es por igual una ciencia física y una ciencia de arte.

Por ejemplo, en el drama clásico, tal como en las tragedias de Esquilo, Shakespeare y Schiller, el autor competente se define como uno que siempre ha reconstruido una página específica de la historia a ser representada y vista en el escenario de la imaginación del público. Cualquier drama debe llevar la indumentaria —si es que ha de usarse un ropaje distinto a la vestimenta ordinaria de hoy— que corresponda al vestuario que de verdad se usaba en el período y lugar de la historia de marras, y nunca debe representarse como ninguna otra cosa que una representación veraz de las características históricas específicas de la cultura de ese tiempo y lugar. Cualquier otro tratamiento de un drama clásico es un fraude romántico. Todo arte clásico, como el drama, comunica a través de la inferencia irónica, nunca por simbolismo. Es decir, que el arte clásico, tal como una fuga de J.S. Bach, o uno de los últimos cuartetos de Beethoven, siempre tiene como fundamento la creación de un objeto mental para el cual no existe un término en el vocabulario antes establecido. La composición del artista, y su ejecución apropiada, obliga a la mente del auditorio (y a la del ejecutante) a generar objetos mentales (por ejemplo, Geistesmasse ) que no existían antes en el vocabulario. El nombre de la composición artística, entonces, viene a ser el nombre decible de la nueva idea creada.

La incapacidad de captar la noción de ideas que funcionan como el equivalente a principios físicos universales dentro del dominio de la composición artística clásica, y en el arte de gobernar, tiene la misma raíz que la corrupción empirista que encaró Carl Gauss en su ataque de 1799 contra Euler, Lagrange y demás. La negación de la existencia de una forma eficiente de hipótesis, que constituye el meollo del fraude de Euler en el asunto del dominio complejo, puede y, de hecho, debe rastrearse en la civilización europea a los ataques contra los pitagóricos de los eleáticos y los sofistas, y a los ataques de Aristóteles contra Platón.Los empiristas niegan la existencia de ese principio de la hipótesis por cuyo medio, y por ningún otro, la experiencia de una terca paradoja aparente lleva al descubrimiento de un principio físico universal. En vez de la cognición, los empiristas insisten que todo lo que sea conocible debe conocerse a través de deducirse de un conjunto apropiado de supuestos a priori.

Así, los empiristas como Thomas Huxley y Federico Engels niegan la existencia conocible de las diferencias categóricas entre un hombre y un simio.Así, un hombre del sistema solar se une a la manada de hienas furiosas que insiste, como los tontos Minsky y Chomsky, en seguir a los duchos, aunque perversamente tontos chanceros de Wiener y Von Neumann, en alegar que es posible construir una mente humana virtualmente de las piezas de un juguete de armar.

La misma falacia es la raíz del origen de las nociones de entropía termodinámica introducidas por Clausius, Grassmann, Kelvin, Helmholtz, Maxwell y el machiano Boltzmann. En lo menos peor del producto de las obras de estos reduccionistas cometen dos actos cardinales de incompetencia científica. Primero, sus argumentos suponen que el universo es en lo principal abiótico en lo axiomático, como lo hace el pensamiento social de los acólitos de Bertrand Russell, Norbert Wiener y John von Neumann. Ésta es la fuente de su definición de “entropía”. Insisten en hacerle caso omiso al hecho de que el universo es riemanniano, compuesto de espacios–fase multiconexos de los que los principios antientrópicos de la vida y la noesis son una intención incluida eficiente (motivos). Segundo, tratan de medir los procesos termodinámicos generales en términos del concepto impotente de “energía” de Aristóteles, en vez del concepto pitagórico de “poder” ( dúnamis ). Como he escrito arriba, la “energía”, en la medida en que es un término con sentido, indica un efecto, no un motivo, no una intención. La “energía” es un efecto, no un principio físico universal.

En el caso del aspecto estrictamente físico de la economía, es el descubrimiento y la aplicación de un principio físico universal, o de su derivado tecnológico, la que es la única fuente física de verdadera utilidad para la economía en su conjunto. Además, la verdadera ganancia de la economía nunca puede definirse de forma competente como la suma total de las ganancias atribuidas a las empresas locales. Ya con la tecnología expresada en el sitio de trabajo tenemos pasión humana, motivos humanos. Ésta es la pasión asociada con la intención de introducir un principio descubierto en un proceso físico.

El hombre silencioso (“¡cállate y haz tu trabajo!”) nunca es ejemplo de productividad. Es la transmisión de un motivo entre la gente lo que sirve de medio a través del cual un principio descubierto por una persona viene a ser la práctica motivada eficaz de muchos. Esta motivación depende de principios universales, los cuales son distintos de los principios físicos de los procesos abióticos y vivientes per se, pero son principios universales del dominio noético.

Tomemos el lenguaje, por ejemplo. La gramática y, a veces, hasta los diccionarios, tienen sus usos, pero los aspectos más importantes de la comunicación contravienen de modo intrínseco cualquier doctrina fija de las gramáticas y los diccionarios por igual. La generación y la comunicación de ideas en lo que toca a principio ocurre en los rasgos paradójicos de las declaraciones, como las ideas de una fuga de Bach ilustran este mismo asunto (nada más feo y antihumano que oír una fuga de Bach ejecutada sin discernimiento creativo sobre la función de la ironía). Igual que una anomalía aparente llevó a Kepler a realizar un descubrimiento original único, toda comunicación de ideas entraña entender una paradoja experimentada como un objeto mental de la calidad de Geistesmasse. Es en la tensión psicológica de captar un significado, que existe sólo como una ironía burlona oculta entre los intersticios del rito fúnebre del gramático, que se comunican ideas eficaces. Es tan sólo en la experiencia compartida de tales formas de ironía, que las personas comunican entre sí descubrimientos de principios físicos universales.

De ahí que, como han mostrado cuatro décadas de experiencia, la “enseñanza programada” es el camino directo al fracaso y, con frecuencia, a la bancarrota intelectual. La “enseñanza programada” en las escuelas produce estudiantes que pasan las pruebas de escoja la mejor respuesta calificadas por computadora, pero sin el esfuerzo de aprender nada en realidad. Las conferencias de power point, por tanto, no diseminan nada de manera tan eficaz, y tan amplia, como la bancarrota intelectual, o, es probable, también la financiera. El comunicar solamente “información”, es impartir ignorancia y, a veces peor, el mal gusto pésimo.

Habiendo ahora tomado en cuenta esas consideraciones, pasemos a la tarea de medir el desempeño de una economía.

El reino de terror de los sesentiocheros

No debe culparse al sesentiochero de que lo hayan criado como tal. Nuestra intención no debe ser matarlo, sino curarlo de una condición que en gran parte no es culpa suya. Yo sé; yo estaba viendo cómo y por qué ocurrió cuando él o ella todavía eran jóvenes. El verdadero problema de la sociedad de hoy empieza cuando el sesentiochero rehusa admitir que está enfermo, en el sentido pertinente de ese término.

La definición correcta del sesentiochero es alguien que nació más o menos en la época en que el presidente Harry Truman arrojó las bombas e inició el giro derechista de corte fascista en los asuntos de los EU. Los padres de este sesentiochero en general habían sido transformados en lo que para mí eran, a la sazón, “cobardes apestosos”, por su miedo psicológico personal subyancente a los despliegues al estilo de la Gestapo del Negociado Federal de Investigaciones (FBI).

En cuanto a mí, durante casi toda mi vida hubiera siempre preferido el riesgo de morir por una buena causa, al deshonor cobarde. Mi norte ha sido: en tiempos peligrosos siempre da pasos para asegurar que vivas lo más eficaz posible, por una causa por la que valga la pena morir. Algunos tipos negociantes ordinarios, o aficionados al golf, o el asqueroso primo del finado fascista Roy M. Cohn, Dick Morris, a manera de ejemplo, temblarían ante la idea de que los agarrasen muertos en un prostíbulo; la idea de que la prensa local informara que su muerte ocurrió en semejante sitio de seguro amilanaría a la mayoría de ellos, como fue el caso con Dick Morris. Sospecho que muchos de esa calaña tienen motivos para sufrir tales temores. Para mí, el que me liquiden mientras me dedicaba a una carrera estúpida, ha sido una de mis aversiones habituales.

La mayoría de los veteranos de la guerra a quienes conocía desde fines de los 1940 eran de un temple diferente. Con el tiempo se “ajustaron”, en especial aquellos que fueron a vivir en comunidades de “cuello blanco” en lo ideológico, donde las madres, en especial, le enseñaron a sus hijos a mentir como norma. “No te asocies con. . .” “Que no te oigan decir. . .” “Recuerda, tu padre podría perder su buen trabajo. . .” Estas condiciones en la casa paterna y en las comunidades de marras de “cuello blanco” (en especial) de los 1950 produjeron al probable estudiante universitario de mediados a fines de los 1960, quien ha venido a ser el corazón de quien sienta la pauta de la generación del 68, ahora a fines de sus cincuenta o principios de sus sesenta. Hay un fenómeno paralelo, aunque de un tinte un poco distinto, en Europa Occidental. La cultura europea contemporánea extendida al mundo ha sido contaminada por este modelo hegemónico.

Lo que cristalizó la experiencia de la generación del 68 fueron los sucesos pertinentes de la primera mitad de la década de 1960: la invasión de bahía Cochinos lanzada por los utopistas una vez que Eisenhower había salido de la Presidencia; la promoción por parte de los utopistas del timo de Rachel Carson conocido como Silent Spring (Primavera silenciosa); la crisis de los proyectiles de los utopistas de 1962; el asesinato del presidente Kennedy perpetrado por los utopistas; el que los utopistas aprovecharan el asesinato de Kennedy para lanzar la trampa de muerte de lo que vino a ser la guerra asimétrica en Indochina; los asesinatos del reverendo Martin Luther King y Robert Kennedy, llevados a cabo por los utopistas en 1968.

Esto sucesos estaban situados en el contexto preparado con anterioridad asociado con el inicio de un movimiento contracultural vinculado al Instituto Tavistock de Londres, por los en esencia fascistas fabianos H.G. Wells y Bertrand Russell; las experiencias psicomiméticas bajo el satanista Aleister Crowley, de los hermanos Aldous y Julian Huxley, y el inicio del proyecto de la Unificación de las Ciencias de Bertrand Russell y Robert Hutchins, en donde los creadores de la “guerra nuclear preventiva” emprendieron los proyectos pilotos, en los 1930 y los 1940, de la contracultura del rock, las drogas y el sexo, de la “sociedad de la información”, el “ambientismo” y otros modos parecidos de autodegradación juvenil que hicieron explosión de mediados a fines de los 1960.

El efecto combinado de la cobardía inducida y practicada, la sofistería inmoral del ambiente de “cuello blanco de fines de los 1940 y los 1950, intersecó la sacudida del terror desatado a principios de los 1960, para producir lo que desde fuera parecía una transformación caleidoscópica curiosa, al estilo de la Isla del doctor Moreau , de los sesentiocheros que estaban en las universidades en el período comprendido entre mediados de los 1960 y principios de los 1970. Sobre todo fueron condicionados a odiar al trabajador industrial de cuello azul, al agricultor progresivo en lo tecnológico, y a la “sociedad industrial” que esos productores representaban en su opinión.

Esos efectos y otros relacionados con la degeneración de una generación produjeron a la arruinada, y ahora quebrada, forma actual de economía nacional y (en gran parte) mundial, que ahora ha llegado al estado de desintegrarse ante tus ojos. La generación del 68, y en especial los graduados universitarios que ingresaron a lo que ellos percibían como la vida profesional, fueron condicionados, primero, y luego vinieron a ser instrumentos de las medidas que, no sólo causaron el derrumbe de la economía de los EU y de otros países, sino que han condicionado a la generación de sesentiocheros del período posterior a 1987 a usar su ascenso a las posiciones de primer rango, o casi de primer rango en influencia, para defender las medidas que causan la creciente catástrofe, en vez de corregirlas.

Con la ruina concomitante en marcha en las condiciones de vida de la población que representa al 80% de los grupos con los ingresos familiares más bajos, y el desgaste por muerte, enfermedades, y las circunstancias físico–económicas de la generación de jóvenes adultos de la Segunda Guerra Mundial, el estrato de sesentiocheros que ha ascendido se ve a sí mismo como parte del grupo de los “somos maravillosos”, como del 20% superior que necesariamente detenta las riendas, el llamado votante “suburbano”. Aunque sus propias condiciones de vida son cada vez más precarias, en general ha adoptado una estratagema, a veces conocida como el “nicho de comodidad”, que consiste en fantasías a las que huye, en un intento de negar los dolores y ansiedades causadas por el mundo terrible que en gran parte ellos mismos han erigido.

Esta fuga a “nichos de comodidad” lunáticos ha cobrado una forma especial en el Partido Demócrata, en particular, a través de la afinidad desarrollada con los fascistas fabianos de Londres, aglutinados en torno al aliado de Cheney, el primer ministro Tony Blair, quien, a su manera, no sólo es tan perverso como Cheney, sino que, de hecho, lo supera en maldad a escala imperial. La unión indecente entre Blair y la camarilla del Consejo de Liderato Demócrata explica mucho sobre el modo en que el Comité Nacional Demócrata ha desarrollado el odioso desprecio por el bienestar de los hogares familiares de la nación que constituyen el 80% de la población con los más bajos ingresos, como para esconder la vista del mundo que podría verse desde los parapetos de las fantasías de los “nichos de comodidad” del 20% con los ingresos más altos.

Lo que más choca de la absoluta fealdad de la tan difundida decadencia llena de fantasía de los sesentiocheros de hoy, es la indiferencia a la tan visible podredumbre y perdición en las condiciones de vida de aun los propios sesentiocheros, a las que ha contribuido la hegemonía de la misma generación con su ideología patética.

A este respecto, necesitamos rechazar el monetarismo a favor de mi ciencia de la economía física, no sólo para salvar la economía de nuestra nación del derrumbe, sino para darle al mismo ideologizado sesentiochero “suburbanita” una imagen de la realidad que tiene que llegar a aceptar, si es que no ha de caer, de súbito y del todo, en algo como el nazismo, como sucedió en Alemania durante el transcurso del período de Weimar.

El espectro de la desolación

Piensa en el mapa de los EUA. Imagínate a ti mismo mirando hacia abajo desde una altura de unos tres mil metros sobre la superficie, mientras atraviesas el territorio nacional en todas las direcciones. Haz varios reconocimientos de esta índole. Remóntate a 1933; prueba en 1940, entonces en 1945, 1954, 1963, 1970, 1975, 1982, 1987, 1992, 1996, 2000 y hoy. Levanta una imagen de fotografías tomadas a intervalos del desenvolvimiento del proceso de cambio.

Concéntrate en varios aspectos: la condición de los bosques, de los campos de cultivo y demás en general. ¿Dónde vive la población? ¿Qué sectores de la economía están muriéndose, tales como las otrora poderosas regiones industriales y agrícolas? ¿Qué de los percentiles de cambio en la concentración relativa de la población como un todo?

La imagen que tienes, que será más clara desde la secuela de 1971–1972, es la de una destrucción de la economía nacional de los EUA, ahora que áreas enteras parecen algo como pueblos fantasmas, con la población cada vez más concentrada en zonas de mayor densidad de hiperactividad futil.

Desde la perspectiva de la cordura, la que representa la ciencia de la economía física, hay dos proporciones (concíbelas como proporciones angulares, como en la astronomía) que son los principales parámetros en primera aproximación de una evaluación de la economía nacional en su conjunto: en términos físicos, ¿cuál es el estado de la economía y su productividad física, por área y en su conjunto, por kilómetro cuadrado y per cápita?

Hermanos y hermanas: nuestro país está muriéndose más y más, y ahora más y más rápido, por lo que le han hecho a nuestra propia gente en el transcurso de las últimas cuatro décadas. Tú, sobre todo tú, le has hecho esto a nuestra nación; nos hemos, por tanto, hecho esto a nosotros mismos.

Mira lo que está descompuesto. Arregla lo necesario y útil que esté descompuesto. Sobre todo, diagnostica y arranca de raíz esos cambios de valores y hábitos mentales que han malgobernado a nuestra nación y a su futuro cada vez más en los últimos cuarenta años. Si suficientes de ustedes discrepan conmigo en cuanto a este asunto, sus preocupaciones acabarán pronto; no estarán por aquí dentro de mucho más tiempo para quejarse. Tal vez esta última condición consuele a algunos de nuestros ciudadanos; lo que sí es cierto es que será causa para que dejen de quejarse.


La acusación misma fue típica de una “teoría de conspiración” exitada al extremo. Los cargos contra todos los acusados eran de conspirar para cometer fraude financiero. El fundamento de los alegatos presentados fue el daño financiero causado a las asociaciones pertinentes por una conspiración continua encabezada por el propio gobierno federal. De ella fue cómplice el propio juez procesal Albert V. Bryan, al proteger el fraude de la fiscalía contra el tribunal de bancarrotas, bajo una interpretación de la regla 11. Ese juicio fue programado para evitar que volviera a juzgarse el asunto luego de un prolongado juicio nulo que tuvo lugar en un tribunal federal en Boston, Massachusetts, mismo que concluyó con una afirmación del jurado de conciencia de su intención de exonerar a los acusados. El juicio en Alexandria, Virginia, fue fijado por el juez Bryan para prevenir que se reentablara la causa en Boston, donde los acusados es casi seguro que hubieran sido absueltos. Ver Railroad! ( Entrampamiento. Washington, D.C.: Commission to Investigate Human Rights Violations, 1989).

Luego, todavía durante los primeros tiempos de la FEF, fue la colaboración de mi esposa Helga con el destacado especialista R. Haubst, de la Cusanas Gesellschaft, lo que nos llevó a reconocer el papel de Cusa como la virtual “piedra de Roseta” que aportó la llave a la conexión entre la Grecia clásica y el Renacimiento del siglo 15. Hoy ubicaríamos con seguridad al cardenal Nicolás de Cusa en la posición de ser el vínculo entre Platón y Kepler en esa serie, como el propio Kepler arguyó en su momento.

El Renacimiento del siglo 15, que revivió un papado antes hecho añicos, representaba la reactivación de una tradición cristiana apostólica, cuyas características platónicas habían sido recalcadas con mucho énfasis por los apóstoles Juan y Pablo. La corrupción que llevó a la nueva Edad de las Tinieblas del siglo 14, y a la ruina del papado, fue un reflejo del culto de oposición a los Estados nacionales soberanos gnóstico ultramontano, que había dominado a la civilización europea durante la hegemonía de la horrible alianza entre la oligarquía financiera veneciana, la hidalgía normanda y los seguidores de Matilde de Toscana. La función traicionera desempeñada por Venecia al orquestrar la caída de Constantinopla, le permitió a la oligarquía veneciana cobrar un nuevo auge, en especial durante el intervalo de guerra religiosa de 1511–1648. Fue en ese intervalo que fuerzas encabezadas por Venecia llevaron a cabo esfuerzos para desarraigar a las instituciones del Renacimiento que precedió. La corrupción filosófica empleada y desplegada por Venecia la representa mejor que nada el ataque contra la obra del cardenal Nicolás de Cusa que llevaron a cabo los venecianos Francesco Zorzi, quien odiaba la ciencia moderna y era el consejero matrimonial de Enrique VIII de Inglaterra, y quien estuvo al frente de los que demandaron la supremacía de Aristóteles por encima de Platón y los primeros apóstoles; y Paolo Sarpi, a la postre “señor de Venecia”, quien cocinó el empirismo moderno en base a la lunática docrina medieval de Guillermo de Occam. Fue la misma Venecia —como la representan la función desempeñada por Zorzi, el pretendiente Plantagenet del cardenal Pole, y Thomas Cromwell, adiestrado en Venecia— la que orquestó esos cismas en la Iglesia cristiana que fueron explotados para causar y fomentar las guerras religiosas del intervalo de 1511–1648.

Ver “The Anti-Newtonian Roots of the American Revolution” (“Las Raíces antinewtonianas de la Revolución Americana”), por Philip Valenti, EIR, Dec. 1, 1995.

Típica de la categoría de las negaciones absolutas de la existencia de la verdad, es el caso de los elementos de la “Escuela de Fráncfort”, a los que con justicia puede describírse como fascistas tales como, de manera notable, Theodor Adorno y Hannah Arendt, y la escuela dramática del francamente diabólico Bertolt Brecht. Los existencialistas, tales como el íntimo de Arendt, el nazi Martin Heidegger, fundaban su llamada filosofía en una negación explícita de la existencia de la verdad. En el caso de la Arendt, ella basó su negación de la existencia de la verdad en una interpretación de Emanuel Kant que hizo Karl Jaspers. El planteamiento de ella era una interpretación correcta de las implicaciones de la doctrina de Kant. Esta negación de la verdad, como lo hizo ella, estableció la base para su doctrina perniciosa, y de manera implícita nietzscheana, de la “personalidad autoritaria”, y otros sofismas relacionados, expresados como cantinelas hiperventiladas rituales contra las “teorías de la conspiración”, empleados en los EU desde fines de los 1940. Compárese con “When Economics Becomes Science” (“Cuando la economía se hace ciencia”), por Lyndon H. LaRouche, EIR , Dec. 18, 1998.

La derrota que los EU, bajo Lincoln, le propinaron a la traicionera Confederación auspiciada por Londres, nos estableció como una nación demasiado poderosa como para que fuéramos destruidos por una simple repetición de esa suerte de subversión. Así que los sucesores británicos del Jeremías Bentham de lord Shelburne y de su amo lord Palmerston adoptaron un método enmendado para lograr el mismo fin, un método que vino a conocerse como la Sociedad Fabiana, de notables tan destacados como el protegido del utopista Thomas Huxley, H.G. Wells y Bertrand Russell, quien odiaba a los EU. El Gobierno de Blair, que hoy ocupa el número 10 de la calle Downing, con sus desfachatados lazos de intimidad de la Sociedad Fabiana con su cómplice el vicepresidente estadounidense Dick Cheney, es un nido de tales belicistas mentirosos y virtuales fascistas en la tradición de Wells y Russell, fascistas que farolean hoy en sus disfraces de nueva izquierda. De las intimidades entre la calle Downing y Cheney, puede decirse con justicia que un buitre que vuela con dos alas izquierdas tiende a inclinarse muy, pero muy a la derecha, cuando carena en busca de su querida caroña.

Compárese con Werke de Riemann, preparado por H. Weber (New York: Dover, 1953), Anhang . El nombre de un principio físico universal validable no es una guía de fichero de una fórmula matemática en el archivo. El nombre del principio es el nombre del propio objeto físico en tanto objeto mental, y la fórmula matemática es tan sólo la descripción de la sombra del objeto. La idea de ese objeto está asociada con la puesta en movimiento eficiente de ese objeto adrede; las matemáticas son un esfuerzo de describir el comportamiento de ese objeto (es decir, un poder de actuar pitagórico–platónico) cuando se le pone en movimiento). Esta noción fue introducida por Herbart en las pautas de la educación; Riemman encontró en las cátedras que Herbart dictó en Gotinga la llave psicológica para definir la geometría física antieuclidiana de su disertación de habilitación de 1854. Así, como Riemann subrayó en ese escrito, llevó adelante a su posterior desarrollo necesario la noción de una geometría antieuclidiana desarrollada por Carl Gauss bajo la tutoría de los grandes matemáticos del siglo 18 Kästner y Zimmermann. El concepto de Geistesmasse de Riemann es decisivo para entender el que Riemman haya adoptado integrar el germen de la geometría superior de Abel en su propia obra. Este concepto de Geistesmasse también es decisivo para entender la aplicación de mis propios aportes a una ciencia de la economía física. Esto se corresponde con los requisitos de la noción de Riemman de las funciones abelianas de espacio–fase múltiples para conceptualizar la noción funcional de la noosfera de V.I. Vernadsky, y para una apreciación de mi propio concepto de la dependencia explícita de Vernadski en Riemann. Hay una serie de presentaciones pedagógicas en marcha sobre esta implicación de las funciones abelianas riemannianas, que llevan a cabo mis asociados como programa educativo.

Reconozco que tomo prestado este uso de “sacerdocio babilonio” del informe publicado por J.M. Keynes, sobre su examen del contenido de ese famoso cofre de los papeles científicos de Isaac Newton. Keynes informó que este cofre, cuyo contenido no había pasado por ningún supuesto fuego, no tenía ni una huella de que Newton realmente tendiera a descubrir un cálculo diferencial, sino que más bien era una colección de la peor ralea de magia negra, en la forma de la alquimia medieval. Por ejemplo, este mismo término usado por Keynes también fue empleado, de forma independiente por otros, en una notable reunión de algunos científicos veteranos de la FEF en la finca Ibykus a fines de 1988.

Two Cultures and the Scientific Revolution (Dos culturas y la revolución científica) por C.P. Snow, (London and New York: Cambridge University Press, 1993 reprint).

Es pertinente de manera marcada al tema que desarrollamos en el presente informe, que la relación de que “los judíos” fueron los responsables de la Crucifixión de Jesucristo, no es una expresión de opinion; fue una falsedad dicha en avieso desapego a la verdad. Bajo la ley imperial romana, la única autoridad que podía ordenar una crucificción pública era el emperador romano; en este caso el Tiberio que reposaba en Capri al momento de la Crucifixión de Cristo. El único substituto autorizado de Tiberio que estaba presente en Judea en ese momento era su yerno, el gobernador Poncio Pilatos. El motivo por el que Pilatos dio la orden en este caso es que Jesús era un judío, y en particular uno con la supuesta reputación de ser un insurgente “rey de los judíos”, y el aparente pretendiente de una población judía que en gran medida estaba en un estado de virtual revuelta contra las fuerzas romanas de ocupación. Los “Quisling” que aullaron por la muerte de Cristo eran los colaboradores de la ocupación romana. Nerón crucificó luego al apóstol Pedro por una acusación relacionda, así como el apóstol Pablo también fue asesinado por Roma por la misma razón persistente de la política imperial romana. Las cruzadas, incluyendo la cruzada albingense y la conquista normanda de la Inglaterra anglosajona, fueron expresiones del fraudulento legado ultramontano, en realidad romano, no cristiano, de la doctrina del Pontifex Maximus de la ley imperial romana. La Inquisición bajo Torquemada fue una expresión de la misma bestialidad pagana expresada cuando la Inquisición normanda quemó viva en la hogera a Juana de Arco. El fraude de que la Crucifixión de Cristo resultó de una conspiración judía que fue fraguada para encubrir lo que vino a ser el llamado dogma ultramontano que dominó el período medieval asociado con la alianza de Venecia, los normandos, los cluniacenses y los guelfos, cuyo fraudulento mito de la “Donación de Constantino” fue un recurso empleado para atribuirle el origen de la Iglesia cristiana, no a Cristo y a los apóstoles de su generación, sino más bien para un propósito contrario, el de arraigar la autoridad de la Iglesia como opositora de la existencia de los Estados nacionales soberanos, en su supuesta legitimidad imperial integrista dentro del panteón de la doctrina imperial romana. Tal es la perversidad de la mera opinión.

En verdad, la comparación con la determinación geométrica de la función catenaria, como Leibniz y Bernouilli la definieron en conexión con el principio universal de Leibniz de la acción física mínima, sería más apropiada. Para los actuales propósitos de ilustración, basta la noción de la función hiperbólica de un poder menor.

Elliott, de nota como agente estadounidense de influencia de la inteligencia británica, era miembro prominente de un grupo derechista con conexiones fabianas conocido como los “agraristas de Nashville”. Esa agrupación representaba la tradición de los oriundos de Tennessee que fundaron al Ku Klux Klan original. Las mamás gansa de los críos de Elliott en su departamento de Gobierno en la Universidad de Harvard, donde fue criado Kissinger, casi siempre han sido agentes de la llamada facción “utopista” (es decir, “fascista universal”, Schacht) en los asuntos militares de los EU hasta la fecha.

Aunque muchos teólogos aristotélicos se enojarían al oírme decir esto, es un hecho verdadero de la epistemología que Aristóteles niega la existencia realmente conocible de Dios o de un alma humana. El resultado del método de Aristóteles es transformar las palabras “Dios” o “alma” de la condición de ser una realidad, en un asunto de creencia inducida (léase aprendida), en una suerte de fantasía romántica fantástica. Éste es el mismo problema expresado por el fraude aristotélico de Claudio Ptolomeo contra la astronomía conocida antes, y de los disparates relacionados de Copérnico y Tico Brahe.

Por ejemplo, la negación de Euler de las pruebas de Nicolás de Cusa y Leibniz de la existencia de un trascendental bien definido, y la atribución fraudulenta de Félix Klein del descubrimiento del trascendental a Hermite y Lindemann, son una expresión de la insistencia de Euler de que no se considerará que nada exista a no ser que pueda derivarse por deducción, en esencia, de la aritmética. Lo que Euler hace de este modo, así como lo hicieron los eleáticos, los sofistas y los aristotélicos antes que él, es presentar el mismo argumento central que Kant, en sus Críticas, deriva de la obra de Euler y Lagrange, cometiendo el mismo error que Gauss, en 1799, señala en la obra del martinista D’Alembert, al igual que en Euler y Lagrange.