El papel de la iglesia y el estado | LaRouche Political Action Committee

El papel de la iglesia y el estado



Documentation: Juan Pablo II ante la ONU
El papel de la Iglesia y el Estado

por Lyndon H. LaRouche

2 de mayo de 2003
El Papa Juan Pablo II expresó una serie de preocupaciones en sus discursos del 2 de diciembre de 1978 y el 5 de octubre de 1995 ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), mismas que la crisis actual ahora prueba sobn más urgente que nunca, desde la crisis de los misiles de Cuba de los 1960 y el asesinato del presidente John F. Kennedy. Mi lectura de las declaraciones más recientes de Su Santidad, me confirma que las políticas y preocupaciones que presentó entonces ante la ONU, siguen siendo elementos integrales de sus propósitos con respecto al papel de esa institución bajo las condiciones hoy seriamente más graves del mundo.

Entretanto, a raíz del empeoramiento de las condiciones que salieron a flote en la situación internacional con la crisis constitucional de los Estados Unidos de noviembre a enero de 2000, he pasado a ser, por ahora, el candidato número uno en apoyo popular registrado a la candidatura del Partido Demócrata para convertirse en el próximo presidente de la principal potencial del mundo, los EU, para el 2004. Qué tanto de mi creciente influencia es producto de mi talento, y qué tanto se debe a la de seguido patente incapacidad de otros, puede dejarse a una futura evaluación. El hecho sigue siendo que, bajo tales circunstancias de de la crisis mundial que acelera, las responsabilidades que he asumido me obligan a dejar claro lo que obviamente preocupará a algunos gobiernos y a otros observadores alrededor del mundo, la preocupación respecto a la relación de mis políticas con aquéllas del Papa, una preocupación sobre cómo veo yo la relación entre la Iglesia y el Estado.

Mis puntos deben quedar claros al comparar las declaraciones del Su Santidad ante la ONU con una serie de encíclicas emitidas durante su papado, y con mis propios escritos durante el mismo lapso. Ahora, en el período de la escalada hacia lo que amenaza con convertirse en una nueva guerra mundial, como en las décadas pasadas, hay una obvia y profundamente enraizada convergencia entre la posición ecuménica de Su Santidad sobre tales asuntos, y la mía. No obstante, la prueba de más de dos décadas también deja claro que, en tanto que él es responsable de uno de los organismos religiosos del mundo, yo he sido responsable, de forma consistente, del bienestar de la república que mi candidatura representa, en tanto patriota.

Las cuestiones de la guerra y la paz así planteadas, tanto ante el Estado como a la Iglesia, no son ni mera coincidencia, ni tan simples. Como demostraré aquí, son profundas y también esenciales para la continuidad de la civilización hoy.

Sobre este asunto de la guerra y la paz, recién acabo de emitir una declaración sobre mi política exterior para los EU, “Un mundo de Estados nacionales soberanos”. Al momento de componer dicha declaración política, mi intención era acompañarla de una declaración por separado sobre las cuestiones relacionadas del papel ecuménico del Vaticano en el esfuerzo de evitar la guerra. Así, en esa declaración, limité mi referencia al papel de Su Santidad en la crisis actual a un reconocimiento breve, pero preciso, de la calidad singular de su papel en los avatares del mundo, en comparación con la calidad diferente del papel que yo desempeño ahora en medio de un virtual vacío de liderato, consecuencia de los esfuerzos combinados de los aspirantes más ostensibles a la candidatura presidencial y de muchas otras figuras pertinentes de los EU en la actualidad.

El objetivo y la función de ese documento de política exterior, como se expresan en el mismo, son claros y precisos de por sí. Aunque ese documento tocó temas que se abordaron específicamente, en este documento, a continuación, he considerado necesario tratar por separado las cuestiones pertinentes de la Iglesia y el Estado, como lo hago ahora.

El Estado y el ecumenismo

El peligro inminente de una nueva guerra mundial, una que amenaza con convertirse en más salvaje que las del siglo pasado, ha sacado a relucir un viejo mal, en una expresión más descarnada, más salvaje y más inhumana que en cualquier otro período de la historia europea moderna. No exageré en lo más mínimo en esa declaración sobre política exterior, al decir que el eje de la facción belicista en los EU es, hoy por hoy, una continuación sistemáticamente pro satánica de lo que los especialistas de inteligencia de los EU y de otras partes han reconocido antes, como la raíz de un movimiento fascista continúo de dos siglos, fundado por la tiranía de Napoleón Bonaparte. Los servicios de inteligencia gubernamentales han clasificado dicho movimiento, que se remonta al emperador Bonaparte, como “sinarquismo nazi–comunista”. También lo han catalogado como “fascismo universal” y, en esa expresión, tiene una relación sistémica peculiar con lo que los utopistas militares estadounidenses catalogan como “Revolución en los Asuntos Militares”, (“Revolution in Military Affairs”, o RMA).

Desde principios de los 1980, he estado al tanto de dicha internacional sinarquista, un conocimiento que incluye una amplia gama de informes de inteligencia militar de los EU y Francia, que cubren el período de 1920–1945. Esta documentación incluye una larga lista de personajes destacados, entre los que figuran Alexandre Kojève, Jacques Soustelle y Paul Rivet de Francia, y Jean de Menil de Houston, Texas. Por ejemplo, en un documental de media hora que se transmitió por televisión nacional como parte de mi campaña presidencial en 1984, señalé la importancia del sinarquismo.

Esta naturaleza de la amenaza inmediata de la internacional sinarquista contra toda la civilización, requiere que la defensa pertinente de esta última encuentre un enfoque ecuménico unificador para una moralidad común, tanto como una defensa física de este planeta en peligro. En este sentido, la reciente iniciativa de Asís [Italia] de Su Santidad en favor del principio del ecumenismo, y sus referidas declaraciones ante la ONU, deben considerarse como puntos de referencia para la defensa ahora urgente de la humanidad ante esa nueva y más feroz expresión del mal que hoy la amenaza.

Como respuesta a esa amenaza fascista, la división de trabajo entre las comunidades religiosas y las autoridades políticas inevitablemente toca, una vez más, y quizás de forma más evidente y profunda que antes, la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, y sus papeles claramente distintos.

La política de guerra declarada de tales supuestos neoconservadores como el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, es creación de un círculo de sinarquistas que desarrollara antes un círculo más reducido, en el que se incluía una lista de figuras prominentes muy interrelacionadas, como el jusriscunsulto nazi Carl Schmitt, el profesor de la Universidad de Chicago Leo Strauss y el funcionario francés Alexandre Kojève.

La actual doctrina nietzscheana central de los círculos “neoconservadores” de los EU, de un “fin de la historia”, como la ascensión al poder de Benito Mussolini y Adolfo Hitler, es una doctrina que gira en torno a la adoración casi religiosa, pro dionisíaca, del hombre–bestia, al igual que la doctrina francamente pro satánica de esta internacional sinarquista, como es típica de los círculos de los seguidores neoconservadores nietzscheanos del profesor Leo Strauss y Alexandre Kojève. Estos últimos se encuentran entre los principales círculos neoconservadores del vicepresidente Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld en el gobierno estadounidense hoy día.

La influencia al parecer hipnótica con la que los “sinarquistas neoconservadores” tienen atrapada la mente del actual presidente de los EU, representa ni más ni menos que una amenaza existencial inminente a la continuidad de la vida civilizada sobre este planeta. La disyuntiva ante toda nación y todo ciudadano, es: “¿Qué tanto habrías hecho para detener a Hitler? ¿Cuánto harías hoy para liberar al presidente, y a la humanidad, de las garras de una amenaza aún mayor de la misma tradición sinarquista de Cheney y sus congéneres?” Y entonces, “el gallo cantó tres veces. . .”

Por tanto, ¿qué debemos hacer? ¿Cuál es la raíz del sinarquismo? Y, ¿cómo ha de librarse la humanidad de esta amenaza? Estos acuciantes problemas nos obligan a detenernos en el problema todavía irresuelto de la civilización moderna, sobre la naturaleza de la humanidad. Es a este respecto que el Estado moderno, la ciencia y las creencias religiosas abordan un asunto crucial común de ecumenismo.

Desde el nacimiento de la civilización moderna en el siglo 15, que surgió tras la pesadilla de la Nueva Era de Tinieblas en Europa, esa civilización ha cargado con tres trastornos culturales, a menudo epidémicos, que han desempeñado papeles comparables a los de las plagas biológicas en las dimensiones política y moral. El primero puede reconocerse como el legado del sistema de servidumbre, bajo el cual algunos individuos eran arriados, criados y depurados como un hato de ganado humano. El segundo es la maldición del llamado empirismo, que introdujo el tirano de Venecia, Paolo Sarpi. Y el tercero, es el surgimiento del existencialismo moderno, doctrina que niega la existencia de una verdad cognoscible. A esta mentirosa doctrina existencialista la tipifica la doctrina que predicaba la abuela intelectual de los neoconservadores de los EU actuales, el finado profesor Leo Strauss, y que Federico Nietzsche, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Teodoro Adorno y Hannah Arendt compartían. Estas tres corrientes comparten un aspecto fundamental: la negación de cualquier diferencia cualitativa entre el hombre y las bestias; negación que se manifiesta de diversas formas, pero con el mismo resultado.

Su raíz común es el rechazo a cualquier distinción de principio entre el hombre y la bestia; pero, el caso más pertinente puede ilustrarse de forma resumida con la falsedad odiosa del empirismo y otras formas de reduccionismo filosófico, como la de Immanuel Kant, de la forma siguiente.

El asunto central de las ciencias físicas así planteado, puede puntualizarse con la siguiente interrogante: “¿Cuál es la diferencia sistémica entre el hombre y los simios superiores?” De manera más sencilla, en tanto que la población potencial de una especie viviente de simios llega a varios millones, la humanidad ha aumentado hoy día su potencial en tres ordenes decimales de magnitud por encima de eso. El medio principal por el cual se ha dado ese aumento, es el poder de la mente individual para descubrir y poner en práctica principios físicos universales totalmente eficientes, pero que en sí mismos no son objetos de la percepción sensorial.

La distinción entre biosfera y noosfera en el trabajo del célebre científico ruso V.I. Vernadsky, representa el tratamiento científico experimental pertinente de esta distinción entre el hombre y todas las formas inferiores de vida. El hombre descubre principios físicos universales preexistentes, los cuales, bajo la voluntad humana, cambian el universo, al efecto incluido de aumentar la densidad potencial específica de población de la humanidad, al tiempo que también hace posible niveles superiores de desarrollo cultural de los miembros de la sociedad. A esta distinción específica del individuo humano, de las formas de vida inferiores, se le denomina correctamente “espiritual”; un poder expresado por la mente humana individual, que no se presenta en otras expresiones de vida.

En la civilización europea extendida al orbe, desde la época de Tales de Mileto, Pitágoras, Arquitas y Platón, la comprensión físico–científica clásica de esta cualidad específicamente espiritual del individuo humano, constituye una forma demostrable de modo experimental, que se conoce como el principio de la hipótesis.

Los sentidos son características de nuestro organismo biológico. Están condicionados a responder a estímulos del universo real, pero no conocen el universo del que provienen esas impresiones. Así, en la imaginación de los antiguos astrónomos, como los de la escuela de Pitágoras, el acceso del hombre al universo real “exterior” involucraba una rama de investigación de la física–matemática llamada “geometría esférica”, perspectiva que se refleja en lo que se conoce como los libros Diez al Trece de Euclides.

En efecto, remontándonos a Pitágoras y demás, desde los descubrimientos modernos de Johannes Kepler, Godofredo Leibniz, Carl Gauss y Bernhard Riemann, tenemos la siguiente perspectiva de la obra de los atiguos griegos.

Pensemos en el universo de las percepciones sensoriales como si estuviesen limitadas por lo que a la imaginación le parece una superficie esférica. También veamos el claro cielo nocturno. Este es el punto de vista de la “geometría esférica”. para nuestros propósitos aquí, llamémosle “el sensórium”. El hombre descubre una cierta regularidad de los acontecimientos celestes a través de un proceso identificado como “normalización” de las observaciones planetarias y estelares. Pero luego, descubre la distancia de la Luna y el Sol, o descubre la circunferencia de la Tierra, como se intento con mayor o menor éxito desde los tiempos de Tales hasta los de Aristarco y Eratóstenes. Hay ciertas anomalías que nos obligan a dudar de la simple regularidad. Anomalías como aquellas que llevaron a Kepler descubrir el principio de gravedad, y a Gauss a descubrir la órbita del asteroide Ceres. Existen paradojas respecto a la naturaleza de la línea, del problema de doblar el cuadrado y el cubo, de las implicaciones de los sólidos platónicos.

Estos planteamientos de la “geometría esférica” y las paradojas ontológicas relacionadas del tipo de observaciones que asociamos con la física experimental, nos conducen a hipotetizar, de la forma como los diálogos de Platón definen hipótesis. El descubrimiento de estas anomalías conduce a dichas hipótesis experimentales, las cuales, si se comprueban por medio tales como la geometría puramente constructiva, Platón las denomina “poderes”; los poderes que la ciencia física moderna de Leibniz, Gauss, Riemann y otros reconocen como principios físicos universales.

Estas hipótesis, una vez corroboradas, no son simples explicaciones. A través de los métodos experimentales apropiados, como aquellos presentados por los ejemplos de Platón para la geometría constructiva, podemos arribar al universo que existe mas allá del sensórium esférico, a conocer la existencia de un principio físico intrínsecamente invisible a los sentidos, y desplegarlo de modo volitivo para cambiar el ordenamiento de lo que acontece en el sensórium. Gauss, en una exposición explícita de 1799 acerca de los errores sistémicos de los empiristas Leonhard Euler y Joseph Louis de Lagrange, identificó ese universo como lo refleja el dominio complejo.

Este poder, que es exclusivo de la mente humana, nos muestra que debemos tratar el sensórium ingenuo, del modo que el trabajo sucesivo de Gauss y Riemann definió un nuevo significado de la noción de curvatura en el espacio–tiempo físico. Considerémos los acontecimientos localizados en el sensórium, como singularidades, como puntos tangenciales de algún movimiento real, como de una curvatura positiva o negativa relativas, o tal vez ambas, dentro del sensórium hipotéticamente esférico. El descubrimiento de Gauss de la órbita de Ceres, que comprueba de forma decisiva la exactitud de los trabajos de Kepler —hechos a partir de tres elementos de información muy limitados— en contra de todos sus detractores, ilustra este punto.

Una vez ilustrado esto de forma somera, asimismo representa una demostración de la intención perversa de Paolo Sarpi y demás, en el lanzamiento del empirismo de su lacayo doméstico Galileo, del alumno de éste, Thomas Hobbes, y de otras formas relacionadas de reduccionismo. Esta es la esencia de lo que es particularmente maligno en la sentencia de Isaac Newton, de que “la hipótesis no es necesaria”. Así, Sarpi extirpó el verdadero conocimiento de la mente, como si se tratara de los testículos de un eunuco, con la navaja de Ockham.

¿Qué sucede si llevamos a la humanidad a rechazar la noción de la existencia descubrible de esos objetos eficientes de la voluntad humana, que han de reconocerse como tales principios físicos universales? Se degradaría a la humanidad a la condición de una mera bestia o, de otro modo, unos cuantos podrían pastorear a la mayoría engañada como si se tratara de simple ganado humano. ¿No son los hombres los que sacrifican al ganado?

Sin embargo, ¿qué pasa si extirpamos el empirismo y sus afines de la sociedad moderna? ¿Qué sucede si a los hombres y a las mujeres no los transformara el reduccionismo en ganado humano? Como se decía pintorescamente en la Inglaterra del siglo 14: “Cuando Adán trabajaba y Eva hilaba, ¿quiénes, pues, eran la aristocracia?”

¿El fin de la historia?

La doctrina del “fin de la historia”, como el sinarquista Alexandre Kojève se la enseñó a Francis Fukuyama y otros, aparece en la historia moderna como una adulación romántica de los rasgos tiránicos y bestiales del emperador Napoleón Bonaparte y su sistema neocesarista. El caso más notable es el de G.W.F. Hegel, de entre los románticos que manaban y exudaban sus humores fascistas por espectáculos tales como la victoria de Napoleón en Jena–Auerstädt. Las teorías de Hegel sobre la historia y el Estado, le brindaron a Napoleón y su régimen una racionalización fantástica, de la que surgió el fascismo y el fascismo de Estado de personajes ultrarrománticos tales como Benito Mussolini y Adolfo Hitler. Los positivistas franceses y austrohúngaros son las excrecencias pro empiristas pertinentes de los mitos napoleónicos. Federico Nietzsche ejemplifica la expresión pro satánica del dogma del fin de la historia de Hegel.

Como refleja el caso de la investigación del U.S. Banque Worms del régimen de Vichy en Francia durante la guerra, el fascismo no ha sido sino un instrumento más utilizado por cierto tipo de intereses financieros rentistas. Al igual que el Terror jacobino y el papel cesáreo del primer fascista moderno Napoleón Bonaparte, controlados y dirigidos por Londres contra los EU y la influencia de su ejemplo, estos financieros rentistas, excreciones a su vez de los banqueros lombardos del siglo 14, se oponían también a la existencia de cualquier forma de Estado que amenazara con impedir el libre flujo de su poder usurero depredador.

Sin embargo, al igual que la Compañía Británica de las Indias Orientales y su Jeremy Bentham usaron a Philippe Egalité y al instrumento de lord Shelburne, Jacques Necker, en la Toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, y a los agentes izquierdistas adiestrados en Londres, Dantón y Marát, así, este mismo género de intrigantes rentistas financieros adoptó al jacobino vuelto fascista derechista Napoleón Bonaparte, al igual que a Pierre Laval después, como instrumentos de poder descarnado, enderezado para destruir a quienquiera que representara una amenaza a lo que ellos consideraban su forma de hacer negocios. El puño izquierdo y el derecho se usan de forma alternada para un último propósito. El instrumento que se derivó de la experiencia francesa de 1789–1815 fue, por tanto, el movimiento sinarquista, que combina un puño izquierdo y otro derecho desde ambos lados de la misma víctima seleccionada. De aquí, el “sinarquismo: nazi–comunista”. De aquí, Alexandre Kojève, Allan Bloom, Francis Fukuyama y los compinches franceses de Richard Perle.

Al principio, podría perecer que Napoleón era sólo un truhán que saqueaba a Europa para beneficio de los financieros que obtenían una tajada de su botín. Nosotros tenemos algunos individuos con tendencias rateriles similares en posiciones políticas encumbradas dentro de los EU hoy. ¡Ah!, pero los césares eran bandidos de la misma calaña, cuyo precedente siguieron Napoleón, Napoleón III, y Mussolini y Hitler, para diseñar su sistema. El latrocinio organizado como gobierno es un sistema de gobierno con características sistémicas. Es ese sistema de gobierno que, una vez instalado, actúa como una organización con un instinto grupal adquirido.

Nunca debe permitírsele llegar al poder, o seremos aniquilados. Destruyámoslo mientras podamos, antes de que inicie el holocausto de una guerra generalizada.

Tal era el reflejo de Napoleón Bonaparte en el llamado de Hitler para crear un “Reich de mil años”. Una bestia nietzscheana, un dionisio frigio, destruye todo con tal despliegue de horror, que los aterrados pueblos se someten a la esclavitud de su voluntad, como el hegeliano Kojève le enseñó a Fukuyama y a los otros neoconservadores. Como Georges Sorel les enseñó a Mussolini y a Frantz Fanon. Como lo prescribe ya el procurador general John Ashcroft. Ellos esperan poder detener los procesos de desarrollo histórico para siempre.

Un pueblo que carece de un sentido institucionalizado y eficiente de la distinción axiomática entre el hombre y las bestias, aceptará la esclavitud bajo la aplicación lo suficientemente brutal del terror al estilo sinarquista. Para proteger a la gente de su propia insensatez, debe infundírsele y alimentársele un sentido espiritual de sí mismos. Es una cuestión de fe. Es responsabilidad de los estados el dotar de un compromiso con la promoción del bienestar general de las generaciones presentes y futuras. Dicho sistema de promoción del bienestar general debe ser, a diferencia de las maquinaciones sinarquistas, un sistema que reacciones según las misiones de estadismo que se le asignen.

Para tales propósitos sublimes, el mundo y las naciones requieren de líderes que se mentengan firmes y fieles a estos principios, cuando los hombres y mujeres débiles flaquean temerosamente creyendo que su propia necedad los protegerá de la ira del monstruo. Deberíamos haber aprendido estos principios de liderato de la pasión de Jesucristo, y de aquéllos que, como Juana de Arco, contribuyeron grandemente con su pasión a hacer posible la civilización europea moderna.