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Trump Versus Durbin: ¿Quién es el verdadero hipócrita que fomenta el racismo institucional? ¿Por qué sucede esto ahora?

14 de enero de 2018
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Dentro de unos días, cuando más semanas, el pueblo estadounidense tendrá la evidencia de la Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes y de otros, de que han estado ante la presencia de un golpe de Estado desde el verano de 2016, contra el candidato y luego Presidente Donald Trump, dirigido por la campaña de Clinton, funcionarios corruptos del Departamento de Justicia y del FBI, y de los jefes de inteligencia de Obama, actuando a instancias de la inteligencia británica. De ahí la desesperada carrera ahora para pintar falsamente al Presidente como un demente irracional y un racista fanático. Esta es la opción alternativa de los golpistas, ya que el Rusiagate amenaza con producir encausamientos penales, pero no contra Trump, sino contra los conspiradores que trataron de revertir el resultado de las elecciones y acabar con su presidencia.

Vean con cuidado el furor actual. El Presidente reconoce que empleó palabras duras pero no las que dicen los demócratas. Él se ha estado enfocando en las drogas y en sus pandillas criminales terroristas concomitantes que fluyen a través de las fronteras, como producto de la negligente aplicación de la ley y del programa de legalización de las drogas de Barack Obama. Lyndon LaRouche le dedicó muy buen tiempo a escribir sobre inmigración y sobre el combate al narcotráfico. Desde hace años, LaRouche señaló que no hay ninguna solución en absoluto a los problemas de inmigración si no hay desarrollo económico a gran escala tanto dentro de Estados Unidos como en los países en desarrollo. No hay solución al consumo desenfrenado de drogas sin desarrollo económico y una guerra a las drogas que incluya la eliminación de los bancos que financian el narcotráfico y poner un alto a la promoción que hace Hollywood de la cultura decadente de las drogas.

Dick Durbin, el tipo que ahora encabeza el ataque contra Donald Trump como racista, es un promotor a fondo del TLCAN y demás modelos económicos malthusianos de libre comercio generados en Wall Street. Esos programas han sacado las manufacturas de Estados Unidos hacia México y otros lugares donde emplean mano de obra barata. Esos esquemas y los programas de legalización de las drogas de los demócratas han convertido a México, El Salvador, y otras naciones iberoamericanas en infiernos delincuenciales en donde las pandillas del narcotráfico controlan ciudades enteras y nadie está a salvo de la violencia. Grandes sectores de individuos educados y calificados necesarios para la recuperación económica han escapado. No hay manera de describir las actuales circunstancias en estos países en un lenguaje gráfico.

La actual situación infernal es resultado de una política deliberada de Estados Unidos para el control de las poblaciones de los países en desarrollo, una política que se formalizó a partir de las propuestas de Henry Kissinger en la década de 1970, en el Estudio de Seguridad Nacional 200 (NSS 200) y en el Plan Paddock respaldado por Zbigniew Brzezinski. Estos planes para imponer un genocidio sistémico fueron implementados, y en realidad, fueron bipartidistas. Ambos planes se basaban en el argumento asesino de que el desarrollo aumenta el crecimiento de la población, y le genera un impedimento a los piratas postindustriales del sector avanzado para la explotación sistemática de los recursos naturales.

El falso debate entre fronteras abiertas o cerradas se formalizó en la década de 1980, y ambos “bandos” controlados en ese debate se adherían a posiciones apasionadas con muy pocos fundamentos. Lyndon LaRouche intervinó en repetidas ocasiones, para especificar la solución, en particular para emplear la inmigración de México como su política ejemplar. (Ver: Growth Approach Is Key To Immigration Law; LaRouche: Use PLHINO Project To Solve Immigration Crisis.) La solución está en la construcción de proyectos de infraestructura intensivos en capital en ambos lados de la frontera. La solución es el desarrollo económico físico y no los esquemas que saquean a todos los participantes en provecho de Wall Street. LaRouche PAC ha organizado a favor del desarrollo económico de Haití, poniendo el acento en la construcción de infraestructura a gran escala. En respuesta, el silencio de los demócratas nos dice todo lo que necesitamos saber sobre los hipócritas que pontifican sobre el racismo. En vez de desarrollo, Haití resultó saqueado por Obama y Clinton, para mantenerlo en su condición medieval primitiva dependiente de los donativos de comida y medicinas que le dan periódicamente los liberales preocupados. Para nuestra dicha, China ha emprendido ya un plan para el desarrollo económico pleno de África y del Asia occidental. Francia acaba de anunciar que se quiere unir a China en este gran proyecto. Todas las economías participantes en este esfuerzo se beneficiarán enormemente, no solo en términos económicos físicos sino en términos de la chispa creativa y el optimismo generado en las poblaciones fundamentalmente jóvenes del continente africano. En vez de operar bajo las restricciones impuestas por el FMI y los regímenes coloniales, África florecerá con los proyectos ferroviarios de alta velocidad, nuevas y bellas ciudades, presas y proyectos de gestión de aguas a gran escala. La gente se querrá quedar allá porque es allá que se construye el futuro.

¿No es hora ya de que los febriles demócratas de Washington dejen de lado su pose hipócrita falsa y criminal sobre el racismo? La mayoría de los seres humanos sensibles entienden lo que es y por qué sucede ahora. Ya es hora de que quienes estén realmente interesados y preocupados por estas cuestiones adopten plenamente las Cuatro Leyes para el Desarrollo Económico, de LaRouche, y luchen con todo para hacer que Estados Unidos se integre de lleno a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China.