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Ataca el miedo, justo cuando EIR publica su informe “La reducción del CO2 es asesinato en masa”

24 de septiembre de 2019
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Estudiantes de tercer grado, de la Escuela Elemental James Ward, en la marcha por el clima en Chicago Illinois, el 20 de septiembre de 2019. (Foto, Charles Edward Miller/Flickr) (CC BY-SA 2.0).

23 de septiembre de 2019 — De repente, las inyecciones inesperadas de la Reserva Federal de Estados Unidos, de $75 mil millones de dólares todos los días al cierre del día, a los bancos de Wall Street —y que la Reserva Federal ha prometido que van a continuar cuando menos las próximas tres semanas— ha forzado a los estadounidenses a dar la vuelta y ponerse cara a cara con lo último que están dispuestos a reconocer: que el gran crac de 2007 a 2009 está de regreso. No solo está de regreso, sino que viene peor. De hecho, esa crisis nunca terminó en realidad; ha estado aquí desde entonces. Los $23 billones de dólares sacados de los contribuyentes para rescatar las pérdidas de los especuladores financieros en 2008 y 2009, que fue una imposición de Wall Street a dos sucesivos presidentes títeres a través de un Congreso corrupto e intimidado, en realidad no resolvió el problema para nada. Como lo advirtió la presidente del Instituto Schiller, Helga Zepp-LaRouche, no se hizo nada nunca sobre las causas de la crisis. En realidad, los rescates solo complicaron más la depresión. En vez de cortar el cáncer para salvar al paciente, como había planteado el economista Lyndon LaRouche, los rescates de Bush y de Obama aumentaron la masa de deuda especulativa sin valor real de Wall Street, un deuda que ha saqueado por completo la economía física real.

Pero llegó el momento de enfrentar el hecho de que no será posible realizar ningún intento de repetir la locura de 2009 en la condición empeorada y debilitada de la economía estadounidense hoy día. Más aún, habría que preguntares si la economía estadounidense, o la nación misma, sobrevivirá a esta crisis.

La verdadera solución empieza con la reinstitución de emergencia de la Ley Glass-Stegall para separar a los verdaderos bancos comerciales de la banca especulativa (que de banca solo tiene el nombre) y llevar a cabo una rápida reorganización por bancarrota de todo el sistema bancario. Esto sería el equivalente, en las condiciones completamente diferentes de hoy día, al feriado bancario que decretó Franklin Roosevelt inmediatamente después de su toma de posesión en 1933. Se tienen que segregar los activos especulativos del sistema bancario comercial honesto, y se tienen congelar hasta que se determine cuales se eliminan por completo y cuales se conservan. Los verdaderos bancos comerciales, libres de esos reclamos ilegítimos, deben ser respaldados por las autoridades financieras para que puedan cumplir con su papel esencial en la economía.

La recuperación de la depresión va a requerir crédito federal, en la tradición estadounidense de Alexander Hamilton y Abraham Lincoln. De hecho, sin ese crédito federal, Estados Unidos nunca se hubiera recuperado de la Gran Depresión de los años 30. Ese crédito se tiene que dirigir hacia la creación de empleos productivos, y no en gastos generales ni despilfarro; y se tiene que orientar para aumentar la productividad y el nivel científico tecnológico de todos los trabajadores. Dirigido de esta manera, no será inflacionario sino más bien antiinflacionario. Ciertamente, los economistas doctrinarios ya sean keynesianos o hayekianos, insisten en que ese crédito federal violaría algún tipo de ley natural. Pero los meros creyentes que tienen toda su fe en esas aseveraciones y en el mentado “libre mercado”, le deben dar paso a la autoridad de los informes de Alexander Hamilton al Congreso, sobre las manufacturas y sobre el banco nacional, y aprender de las lecciones de los gobiernos de Lincoln y Franklin Roosevelt, por ejemplo.

Todos estos son aspectos del programa del finado Lyndon LaRouche. Su componente internacional más importante es la creación de un sistema crediticio internacional (no un sistema monetario) que reviva y supere los mejores aspectos del sistema de Bretton Woods de Franklin Roosevelt para la posguerra, con sus tipos de cambio fijos y reservas de oro. (En cierto sentido, la crisis de 2007-2009 empezó cuando Richard Nixon hundió la daga al sistema de tipos de cambio fijo de Bretton Woods el 15 de agosto de 1971). Un aspecto primordial del nuevo sistema será el de facilitar préstamos de largo plazo, a bajo interés, que serviría para las exportaciones de capital a gran escala desde Estados Unidos, Europa y Japón, hacia el sector en desarrollo. LaRouche planteó específicamente que China, India, Rusia y Estados Unidos son las cuatro potencias capaces de encabezar el nuevo sistema en contra de la resistencia de los financieros internacionales del imperio británico actual.

Desde 2013, China ha dirigido un gran programa de infraestructura global llamado “Iniciativa de la Franja y la Ruta”, o “la Nueva Ruta de la Seda”, que tiene como centro –-aunque no se limita a ello— la vinculación de Europa y Asia por tierra desde el Atlántico hasta el Pacífico. Es un plan del cual Lyndon LaRouche es pionero, desde que se desintegró el CAME en 1991. En los seis años que van desde el 2013, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) ha integrado a 160 naciones y organizaciones internacionales, y ha generado o ha catalizado cambios importantes en el mundo. Gran parte del África al sur del Sahara se ha visto inspirado ahora con una esperanza verdadera para un desarrollo nunca visto por casi un siglo, si acaso.

L IFR proporciona una gigantesco trampolín hacia el acuerdo de las Cuatro Potencias propuesto por LaRouche, y ofrece el contexto de inmediato para que Estados Unidos se una a China en la realización de grandes proyectos en terceros países.

La cuarta de las Cuatro Leyes de Lyndon LaRouche plantea la concentración en programas de desarrollo científico y tecnológico cruciales, como el desarrollo de la energía de fusión termonuclear controlada y la colonización humana de Marte. Solo mediante las enormes ganancias en la productividad que salen de estos avances científicos, puede hacer la diferencia para revivir la economía de Estados Unidos y de su pueblo, de las décadas de obsolescencia y decadencia. Pero más fundamentalmente, esta es la naturaleza del hombre, que encarna el poder creativo del universo, como se expresa al comienzo del Libro del Génesis. Esta es la verdad fundamental que niega la pestilencia “verde” del mentado “cambio climático”.

Como lo ha señalado Helga Zepp-LaRouche, hay facciones financieras poderosas con sede en Londres, que se imaginan que van a poder protegerse de la debacle que se viene encima, con el recurso de canalizar todas las inversiones hacia sus propios canales “verdes”. Están muy cerca incluso de tomarse gobiernos, lo cual resultaría por ejemplo en el fin de Alemania como nación industrial, lo cual a su vez acarrearía un daño terrible sobre toda la economía mundial debido al papel irremplazable de Alemania en la alta tecnología industrial.

Su guerra es contra la naturaleza humana, en tanto especie creativa. Si fueran a poder ganar, toda la lucha de un millón de años para salir del lodazal y “bajar de los árboles”, como se dice, habrá sido en vano. Para impedirlo, la EIR ha publicado su informe para su discusión en la Asamblea General de la ONU que se inicia hoy mismo en Nueva York.