A.I.G. y la insensatez de los derivados crediticios

17 de septiembre de 2008

17 de septiembre de 2008 (LPAC).— Después de haberles negado originalmente una solicitud de préstamos por $40 mil millones de dólares, la Reserva Federal capituló y aceptó anoche prestarle a la aseguradora gigantesca American International Group (AIG) un colosal préstamo de $85 mil millones de dólares. El acuerdo en realidad no es un rescate de A.I.G. sino al mercado de derivados crediticios, del cual la A.I.G. es uno de los participantes claves. Es decir, A.I.G. volvió un negocio lucrativo ofrecerle a sus clientes seguros que cubrirían sus pérdidas en caso de que las firmas de Wall Street no cumplieran con sus obligaciones. El negocio de derivados crediticos es conceptualmente, una locura, porque el sistema financiero esencialmente se asegura a sí mismo, y por lo tanto en una crisis sistémica, en el momento en que más se necesita una protección, los que proveen los seguros se vaporizan a la misma vez que los papeles financieros que nominalmente están asegurando. Por lo que no es ninguna coincidencia que el desplome de A.I.G, se produzca precisamente al mismo tiempo que el de Lehman Brothers y Merrill Lynch (¡y otros!). La Fed aportó el dinero porque si hubiera quebrado A.I.G., todos los instrumentos financieros que nominalmente está asegurando hubieran quedado desprotegidos, iniciando una reacción en cadena de pérdidas entre las instituciones y los especuladores, que ya están quebrados. (Las pérdidas ya están ahí, pero la hoja de parra que les proporcionan los derivados crediticios es una parte clave de la ficción contable de que los papeles de Wall Street todavia tienen valor).

Otra razón de por qué la Fed se movió para evitar que A.I.G. quebrara es que A.I. G. tiene un amplio negocio con los consumidores, y su quiebra asustaría a la población en general de una manera que no lo hace la quiebra de Lehman. Los financieros están tratando con todo que no se produzca "una estampida del ganado" a la vez que reestructuran el sistema financiero, temiendo que las enormes fracturas públicas puedan hacer que la población presionara al gobierno para que actúe, y acabe con el tenue control de los financieros sobre los niveles de alto rango de ambos partidos políticos. Lo último que quieren los financieros es una reacción estilo Franklin Roosevelt, en el que el público forza al gobierno a defender los derechos de la población.

Finalmente, debe destacarse que todo ese asunto apesta a corrupción, y al fracaso absoluto de la desregulación. La gente paga primas a las compañías aseguradoras para que ellos puedan cobrar sus pólizas cuando fuera necesario; el dinero en un sentido muy real le pertenece a la población en general, y las compañías aseguradoras tienen una responsabilidad moral y legal de salvaguardarlo. Nunca debió habersele permitido a A.I.G. comprometerse en actividades tan arriesgadas; sin embargo así fue. Este es el verdadero escándalo.