El fascismo americano ni tan nuevo de Amity Schlaes

20 de marzo de 2009

16 de marzo de 2009 (LPAC).- Este artículo aparecerá en el próximo número de EIR

EL FASCISMO AMERICANO NO TAN NUEVO DE AMITY SCHLAES

por Jeffrey Steinberg

"El FBI solo atrapó a los sediciosos y traidores menores. La verdadera Quinta Columna nazi en America sigue inmune. Y sin embargo hay evidencias de que esos en ambos países que ponen las ganancias por encima del patriotismo —y el fascismo está totalmente basado en las ganancias aunque toda su propaganda hable de patriotismo— han conspirado para convertir a América en parte del sistema de Grandes Negocios nazi. Thurman Arnold, fiscal de distrito federal asistente, su asistente, Norman Littell, y varias investigaciones congresionales, han producido evidencia incontrovertible de que algunos de nuestros mayores monopolios entraron en acuerdos secretos con los carteles nazis y se dividieron el mundo entre ellos. El más notorio de todos fue Alcoa, el monopolio Mellon-Davis-Duke que es en gran parte responsable de que America no tuviera suficiente aluminio con el cual construir aviones, antes y después de Pearl Harbor, en tanto que Alemania tenía un abasto ilimitado. Del sabotaje de Aluminum Corporation, y el de otras compañías destacadas, la prensa dijo muy poco, pero ahora se han escrito varios libros tomando los informes oficiales". — de Facts and Fascism (Hechos y Fascismo) de George Seldes, publicado por él mismo en 1943.

En la introducción de su diatriba mentirosa de 2007, del tamaño de un libro, en contra del Presidente Franklin Delano Roosevelt y el Nuevo Trato, Amity Shlaes presenta lo que muchos críticos lisonjeros de Wall Street y la City de Londres alegan es una "mirada nueva" a la historia de los turbulentos 1930, que arroja nuevas dudas sobre los años de Roosevelt, y alega que, si se le hubiera dado rienda suelta al libre mercado, la Gran Depresión hubiera concluido años antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Sin embargo, no hay nada más lejos de la verdad. The Forgotten Man (El Hombre Olvidado) de Amity Schlaes saca sus conclusiones distorsionadas y muchos de sus hechos fantaciosos directamente del reducto propagandístico de Wall Street y Londres, la American Liberty League (Liga Americana por la Libertad) de los 1930, abiertamente fascista. Aunque hace escasa mención de la Liga por la Libertad, vergonzosamente amante de Hitler y Mussolini, Shlaes se roba todos sus argumentos en contra de FDR de las páginas de los 135 panfletos de la Liga y su gran cantidad de volantes y discursos, producidos principalente entre 1934-1936.

Hitler y en especial Mussolini, eran mucho más preferibles para los glotones de Wall Street en la American Liberty League, que los planes "comunistas" de Roosevelt. Como lo documentó John Hoefle, los banqueros de la Liga por la Libertad y los jefes de los carteles pusieron su dinero donde estaba su corazoncito. Ellos financiaron tanto a Hitler como a Mussolini, hasta el momento en que estalló la II Guerra Mundial y después. Mantuvieron sus acuerdos secretos con I.G. Farben, con los intereses bancarios de von Schroeder detrás de la SS Waffen, y con los carteles alemanes del acero, químicos, del aluminio y del carbón, durante la Segunda Guerra Mundial. Los gigantes de las finanzas y la industria en Estados Unidos —JP Morgan, Mellon, du Pont, General Motors, U.S. Steel, Standard Oil de Nueva Jersey, Guarantee Trust, Dillon Reed, Sullivan y Cromwell, Brown Brothers Harriman, Sun Oil— todos tenían sus arreglos secretos con sus contrapartes alemanes (y británicos).

Fue solo después de la guerra —y desafortunadamente, después de la muerte de Roosevelt— que empezó a salir a la luz la verdadera extensión de su duplicidad con Hitler. Y entonces, como lo documenta el funcionario del Departamento de Justicia James Stewart Martin en su libro de 1950 sobre sus investigaciones oficiales a las estructuras transatlánticas de los carteles nazi, All Honorable Men (Todos los hombres honorables), estadounidenses prominentes en pro de los fascistas y los nazis, como el general William Draper, Allen Dulles, y Prescott Bush, suprimieron la verdad, y se aseguraron de que los carteles de la época de la guerra recuperaran todo su poder en los primeros años de la Guerra Fria de Truman.

El botín y los criminales de guerra nazis fueron escabullidos en secreto de Europa hacia América del Sur, Sudáfrica y el Medio Oriente, en donde fueron rehabilitados como combatientes por la libertad "anti-comunistas", usando la "línea de ratas" de Allen Dulles y James Jesus Angleton y artificios encubiertos similares, que solo se conocieron décadas después.

El ataque al legado de FDR hoy, ejemplificado por el opúsculo propagandístico mentiroso de Amity Schlaes, es la punta de lanza del ataque frenético que libran en contra de la Presidencia de Obama. Viene del mismo aparato de Londres y Wall Street que, en los 1920 y 1930, alabó lisonjeramente y financió a Mussolini y Hitler, fraguaron asesinatos y un golpe de Estado en contra de FDR una vez que salió electo, y lucharon con las uñas y dientes para echar abajo al Nuevo Trato, al grado de ayudar a que se desatara una baja económica seria entre 1937 y 1938 que socavó la acumulación progresiva de E.U. en preparación a la guerra.

Este sabotaje económico por parte de la camarilla de Wall Street se produjo en el preciso momento en que esas poderosas familias estadounidenses anglófilas, como los Morgan, du Pont, Mellon, Pew, Luce, Harriman y Bush estaban apostándole todo a Hitler y Mussolini para conquistar a la Unión Soviética y establecer una dictadura fascista a nivel mundial.

A cada paso del proceso, estos fascistas de Wall Street se guiaron por Gran Bretaña, en donde residían los verdaderos arquitectos del fascismo y el nazismo, ejemplificados por personajes tan poderosos de la City de Londres como Montagu Norman y Lord Beaverbrook, políticos como Winston Churchill, y agrupaciones como Roundtable Group y Cliveden Set.

Ahora, al igual que entonces...

Amity Schlaes podría ser calificada correctamente como el ícono para revivir a los fascistas de la Liga Americana por la Libertad, que están tratando hoy desesperadamente de hundir la Presidencia de Obama en una crisis nacional y global aún más grave que la que heredó FDR en marzo de 1933, cuando tomó posesión del cargo.

No es ninguna casualidad que Schlaes escribió su libro cuando estuvo como catedrática en el American Enterprise Institute (AEI), un aparato que se lanzó como parte del asalto en contra de FDR a fines de los 1930, y el cual hasta la fecha, vocea las mismas doctrinas económicas de la "Escuela Austriaca" y las mismas artimañas de guerra preventiva, que fueron la marca característica de la dictadura nazi de Hitler.

Iniciado en 1938 como la American Enterprise Association (AEA) por un grupo de importantes corporaciones controladas por Wall Street, como General Electric, Chemical Bank, y Briston Myers, la AEA fue dirigida, hasta su muerte en 1951, por Lewis Brown, director ejecutivo de Johns-Manville Corporation, y financiero destacado del Comité de Un Millón de Gerald L.K. Smith. El Comité de Un Millón, fundado en 1936, fue uno de los ramales de los frentes populistas, racistas y antisemitas de la Liga Americana por la Libertad, que promovía una gran mentira fanáticamente antisemita, que atacaba a FDR por encabezar un "complot judío comunista" en contra de Estados Unidos. La familia Pew de Sun Oil, financieros destacados de la Liga por la Libertad, también fueron grandes donantes del Comité de Un Millón de Smith. Johns-Manville fue una de las joyas de la corona del imperio corporativo de JP Morgan.

El editor de Shlaes fue Rupert Murdoch, el magnate de la prensa británico nacido en Australia y protegido del hitleriano lord Beaverbrook, del Cliveden Set, cuyo imperio de medios de comunicación incluyen ahora al Wall Street Journal, el New York Post, Harper Collins Books, y Fox TV —todos ellos cubren profusamente la propaganda anti FDR de Shlaes.

La misma Schlaes es una invención total de la City de Londres y Wall Street. Según su propio curriculum vitae, ha sido reportera de la insignia de la City de Londres, el Financial Times, miembro de la junta editorial del Wall Street Journal, columnista de Bloomberg News, colaboradora de National Review, American Spectator, columnista de Bloomberg News, y está ahora con el Council on Foreign Relations. En algún momento fue becada por JP Morgan en la Academia Americana en Berlin. Según su propio relato, su mentor fue el finado jefe de la página editorial del Wall Street Journal, Robert Bartley, el responsable de introducir las redes neoconservadoras y a los librecambistas radicales de la Sociedad Mont Pelerin, a la junta editorial del periódico.

El verdadero 'hombre olvidado'

El argumento esencial de Shlaes, que lo toma prestado por completo de la Liga Americana por la Libertad, está resumido en el capítulo inicial del libro. "La primera realidad", afirma, "es que los 1920 fueron una gran década de verdaderas ganancias económicas, un período cuyos aspectos positivos vigorosos se han visto obscurecidos por los problemas que le siguieron. Quienes pusieron su fé en el laissez-faire en esa década no eran todos impíos. En realidad, la piedad religiosa movía a algunos, como al Presidente Calvin Coolidge, para refrenarse, para hacer una pausa antes de intervenir en las vidas privadas".

"El hecho de que el mercado de valores se elevara a grandes alturas a fines de la década no significa que todo el crecimiento de los diez años anteriores hubiera sido una ilusión. El capitalismo americano no se quebró en 1929. El crac no ocasionó la Depresión. Los jugadores del mercado en ese entonces no eran villanos...".

Shlaes se pregunta después, "¿entonces qué causó la Depresión? Su respuesta: "La pérdida del comercio internacional tuvo un papel enorme —justo como lo dijeron tanto Hoover como Roosevelt en diferentes momentos. Si Estados Unidos no hubieran elevado sus aranceles a principios de la década y Europa no se hubiera desplomado en los 1930, Estados Unidos hubiera tenido un socio comercial que le ayudara a sostenerse... Pero el problema más de fondo fue la intervención, la falta de fé en el mercado".

El profundo odio de Shlaes por FDR sale después a la superficie. "El creó agencias regulatorias, de asistencia y ayuda basadas en la premisa de que solo se podía lograr la recuperación mediante un gran esfuerzo de tipo militar... Donde el sector privado podía ayudar a recuperar la economía —en el área de los servicios públicos, por ejemplo— Roosevelt y los proponentes del Nuevo Trato lo impidieron con frecuencia. La creación de la Comisión del Valle de Tennessee apagó un esfuerzo creciente —y posiblemente exitoso— por iluminar el sur".

Shlaes concluye: "La gran pregunta sobre la Depresión norteamericana no es si la guerra con Alemania y Japón le puso fin. Es por qué duró la Depresión hasta la guerra. De 1929 a 1940, desde Hoover a Roosevelt, la intervención del gobierno contribuyó a que la depresión fuera mayor".

Shlaes se descara después, invocando una de las imágenes más poderosas del Nuevo Trato de FDR, "el hombre olvidado". Para Shlaes, el verdadero "hombre olvidado" fueron los magnates de Wall Street, los jefes de los carteles y los especuladores, que fueron "víctimas" de la rebatiña del poder dictatorial de FDR. Shales alega que una especulación desencadenada y un librecomercio desenfrenado le hubieran puesto fin a la depresión y le hubieran devuelto la prosperidad a Estados Unidos más rápida y más decisivamente que todas las medidas del Nuevo Trato. La agresión totalitaria de FDR en contra de quienes el calificaba de "los monarquistas económicos" dañaron a Estados Unidos y victimizaron a los héroes de la libre empresa estadounidense. En sus propias palabras:

"Entre las personas que el Nuevo Trato olvidó y lastimó había nombres grandes y pequeños", pontifica. "Las grandes víctimas, incluyeron al Alan Greenspan de la época, Andrew Mellon, Secretario del Tesoro en los gobiernos de Harding, Coolidge y Hoover —un personaje tan encumbrado que se decía que 'tres presidentes habían prestado servicios bajo su mando'. Otro fue Samuel Insull, un magnate de los servicios públicos e innovador a quien el Nuevo Trato culpó del crac. Y todavía otro más fue James Warburg, un asesor de Roosevelt quien se enojó tanto con el Presidente que escribio un libro tras otro para expresar su furia".

Shlaes voltea al revés al "hombre olvidado" de FDR, recomendando en especial a Mellon, uno de los dirigentes de la Liga Americana por la Libertad, y a Insull, un magnate de los servicios públicos propiedad de Morgan —cuyo imperio bancario estalló en la misma víspera de la convención Demócrata en Chicago de 1932— como las verdaderas víctimas del Nuevo Trato y la Gran Depresión.

En realidad, Andrew Mellon, ejemplifica a los anglófilos de Wall Street que tuvieron un papel prominente, desde los 1920, en inflar a Hitler y Mussolini. En 1925, el entonces Secretario del Tesoro Mellon caracterizó a Mussolini como "un hombre fuerte con ideas sanas y la fuerza para hacer que esas ideas sean efectivas". Al año siguiente, supervisó la reestructuración de la deuda de Italia por la I Guerra Mundial, que le posibilitó a los intereses bancarios de JP Morgan entregar unos $900 millones de dólares al régimen fascista italiano.

George Seldes dedicó atención considerable de su caústica denucia de 1934 de los promotores de Hitler y Mussolini, Facts and Fascism (Hechos y Fascismo), a una denuncia del papel de Andrew Mellon en la construcción de la maquinaria de guerra nazi, mediante la sociedad de carteles de su Aluminum Company of America (Alcoa) con la I.G. Farben.

La Liga por la Libertad reehecha

Aunque el cuento de hadas fracturado de Amity Shlaes con que ataca a la presidencia de FDR no tiene ninguna semejanza con la realidad, sí tiene una sorprendente semejanza con la enorme propaganda calumniosa de la Liga Americana por la Libertad.

El 13 de julio de 1936, el panfleto de la Liga Americana por la Libertad, "Carta Abierta al Presidente" escrita por el Dr. Gus W. Dyer, profesor de Economía en la Universidad Vanderbilt, agredió al Presidente Roosevelt por sus ataques en contra de los "monarquistas económicos", pronunciados durante su discurso de aceptación ante la Convención Demócrata de 1936 en Filadepfia: "Quizá ningún socialista o comunista inteligente, condenó de manera más extensa la libertad constitucional americana que lo que lo hizo usted en su discurso. Su discurso será elogiado por los radicales en todos los continentes por ser la evidencia más contundente de que la libertad industrial americana ha fracasado miserablemente. Como ciudadano estadounidense, yo creo que tengo el derecho de pedirle que haga públicos los hechos específicos en los que se basaron sus acusaciones de lo más serias en contra de los dirigentes empresariales estadounidenses".

Después de un defensa histérica de los adversarios corporativos al Nuevo Trato, como General Electric, Dyer concluye: "Monopolio significa conspirar para limitar el abasto de bienes con el fin de elevar los precios de esos bienes a los consumidores. Por siglos la civilización anglosajona ha condenado todos estos controles monopolícos artificiales de los precios. Su experiencia cosechando millones de acres de algodón, prohibiendo la producción de granos y con más de cinco millones de cerdos, con un peso de 60 libras cada uno, sacrificados y convertidos en grasa y fertilizantes con el fin de volver escasos los alimentos y el vestido y forzar a millones de consumidores a pagar altos precios por las necesidades básicas de la vida, lo cualifica como un gran campeón del principio monopólico".

Luego de acusar a FDR de ser un monopolista y manipulador de precios, Dyer concluye, "los reformadores radicales e ignorantes le están transmitiendo a la población que la riqueza de este país está en manos de unos pocos hombres ricos. Que el 90 por ciento de la riqueza es propiedad de un pequeño grupo de monarquistas ricos y cosas por el estilo.

"Se considera que las cifras que se han dado aquí significan, para todos aquellos que tengan el cerebro para interpretarlas, la distribución de la riqueza más maravillosa entre las masas de la población que se haya conocido nunca en ningún país, bajo ninguna forma de gobierno, en ningún momento en la historia humana".

"Las cifras que se dan aquí, señor Presidente, indican que las condiciones que usted describe en su Discurso de Filadelfia no existen y nunca han existido, y no podrían existir bajo la Constitución de este país. Las condiciones que usted retrata solo existen en las mentes de los socialistas, comunistas y otros radicales que ignoran estúpidamente los hechos de nuestra vida industrial".

Otro de los folletos de la Liga por la Libertad, publicado el 9 de julio de 1936 por J.H. VanDeventer, acusa igualmente a FDR y a los promotres del Nuev Trato de ser los principales "monarquistas económicos" del país. Obviamente ardido por la proclamación unánime a favor de la reelección del Presidente, asi como también por sus palabras de pelea, VanDeventer casi llegó a emitir una amenaza de muerte en contra del Presidente.

"En verdad, bajo la concepción del hombre común de que un 'monarquista económico' es uno que se ha apoderado de un poder despótico e injustificado, pudiera suceder que las armas de la población, tan elocuentemente instadas a la batalla, pudieran voltearse en contra de la camarilla íntima del mismo Nuevo Trato. Porque la monarquía económica no necesita portar la corona si sujeta el cetro, y la historia de Estados Unidos no tiene un registro semejante de arrogación de poder sobre las vidas y medios de vida de nuestra población que la de nuestros 'monarquistas económicos' ahora en Washington. Antes de invitar a la población a disparar, seria bueno, señor Presidente, definir claramente el objetivo".

Un volante sin fecha de la Liga por la Libertad, "28 hechos sobre el Nuevo Trato" bien pudieron haber sido los títulos de los capítulos del libro de Amity Shlaes, o del igualmente fraudulento FDR's Folly—How Roosevelt and his New Deal Prolonged the Great Depression (La insensatez de FDR—Cómo Roosvelt y el Nuevo Trato prolongaron la Gran Depresión), del cagatintas al servicio de la Sociedad Mont Pellerin, Jim Powell. El volante de la Liga, sin aportar la más minima evidencia, acusa a FDR y al Nuevo Trato de: "deliberadamente aumentar el costo de la vida", "procurarle al Presidente los poderes de un dictador", "repudiar los contratos de la nación para pagar los bonos en oro", "buscar crear prejuicios de clase", "usar la WPA como un partido de futbol político", "haber roto todas las marcas de recolección fiscal en tiempos de paz, pero a la vez haber gastado más, creando por lo tanto nuevos déficits", "imponer impuestos ilegalmente en contra de grupos de ciudadanos para mejorar los 'fondos de prestaciones' para otros grupos", "psasear su desprecio por la Constitución", "hacer acusaciones viciosas en contra de la Corte Suprema" y "reducir la producción de alimentos mientras que millones pasan hambre".

Aún otro folleto más de la Liga por la Libertad, plagiado groseramente por la autora Shlaes sin darles crédito, titulado "El gobierno de la Ley todavía se ve forzado a luchar en contra del Nuevo Trato", acusaba: "Durante más de tres años, el gobierno de Roosevelt ha estado casi constantemente en conflicto con nuestras leyes básicas. Las 'reformas' económicas y sociales intentadas por el señor Roosevelt y sus asociados han sido declaradas ilegales constantemente por la Corte Suprema de Estados Unidos. Ocho decisiones han declarado anticonstitucionales los programas del Nuevo Trato y actos del gobierno, y sin embargo el gobierno persiste en políticas y métodos similares... Muchos de los promotores del Nuevo Trato esperaban que al abolir el poder de revisión de la Corte Suprema de Estados Unidos, se destruiría nuestra forma de gobierno actual. El sistema de gobierno estadounidense no puede existir excepto como un balance de poder entre las ramas Legislativa, Ejecutiva y Judicial".

Para su mortificación, los fascistas de Wall Street de los 1930 nunca le ganaron a FDR ni una sola de las confrontaciones. Después de la victoria abrumadora del Presidente en las elecciones de 1936, reconocieron que su campaña de lanzar epítetos no había movido a la población estadounidense. Sus planes de intentos de golpe de Estado y asesinato ya habían sido derrotados en 1933-34.

Los barones de Wall Street desataron una guerra económica en contra de FDR y el Nuevo Trato, hasta el momento en que los nazis se apoderaron de Francia en 1940 y Churchill y los británicos cambiaron radicalmente de bando, abandonando su apoyo abierto y clandestino por la marcha hacia el Este de Hitler, y se unieron a la causa antifascista "por el Rey y el Imperio".

Incluso en el momento en que los intereses Morgan, Mellon, Pew, du Pont y Rockefeller se preparaban para la guerra, nunca abandonaron su odio por todo lo que representaba Roosevelt, y contra todos los programas de Bienestar General establecidos durante el Nuevo Trato. ¿Qué mejor prueba se necesita que el hecho de que, 64 años después de la muerte de Franklin D. Roosevelt, los mismos anglófilos fascistas de Wall Street están reempaquetando las mismas mentiras viles, y promoviendo las carreras de una nueva generación de aprendices de propagandistas de la Liga Americana por la Libertad?