LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA - TRAYENDO LOS VERBOS A LA VIDA

31 de marzo de 2005
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LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA

1. EL REMEDIO VERNADSKY

Trayendo los verbos a la vida•••

TRAYENDO LOS VERBOS A LA VIDA

Los deliciosos chistes académicos acerca de los “funerales de los gramáticos”, o lo que es lo mismo, la hostilidad de un pensador letrado hacia los manuales de estilo de las casas editoriales contemporáneas, tienen una importancia clínica para llamar la atención a las raíces axiomáticas de la incapacidad ahora dominante de las culturas populares, en definir una concordancia de nociones de la verdad que puedan ser comunes de un modo sistemáticamente coherente, tanto al pensamiento culto como al físico–científico.Este defecto —la locura de los gramáticos— en el desarrollo del individuo, nos presenta un impedimento probablemente incapacitante de camino a emprender un diálogo de culturas y, por tanto, también en la ciencia física.

En particular, para realizar un diálogo de culturas, seríamos unos necios si dependiéramos de los acuerdos alcanzados en el significado de diccionario de las palabras muertas de un gramático. Requerimos un sujeto vivo, no la palabra muerta a la que cualquiera puede imponerle con libertad un significado arbitrario de su propia hechura. La doctrina del “textualismo”, como la establece el notorio magistrado de la Corte Suprema de Justicia de los EU Antonin Scalia, es un ejemplo de una conveniencia espeluznante, de semejante conducta patológica de las mentes moralmente muertas. Para lograr lo que podría llamarse una “comunicación inteligente”, tenemos que traer los verbos a la vida, en una especie de reanimación que pueda reavivar en cualquier simple gramático esa cualidad especial de terror sagrado que también hizo presa del Baltasar de Rembrandt.

Como vale más que tejamos la conexión real entre una forma literaria o artística de cultura dentro del mismo sistema, en tanto una cultura científica típica del trabajo de Vernadsky sobre la noosfera, considera esos aspectos de principio de una cultura literaria que aporta un puente pertinente entre la idea de cultura en general y la antedicha labor de Vernadsky.

Como Shakespeare lo sabía, y como cualquier dramaturgo, poeta, y filósofo competente siempre lo ha comprendido, del modo que demostraré aquí: la verdad existe, contrario a lo que piensa Scalia, sólo que lo hace entre lo que la mente mal educada ve como las inconsistencias aparentes, llamadas ironías o metáforas, en los significados meramente literales que antes le atribuyeron a los verbos esos enterradores de mentes muertas que conocemos como gramáticos. Así, la verdad misma sólo yace entre las inconsistencias aparentes de lo que William Empson refirió como el principio de la ironía, como en su notable obra Siete tipos de ambigüedad.

Ambigua, como a veces puede parecerlo la ironía clásica del gran poeta, por ejemplo, la ironía así captada es el único método eficaz por el cual la pronunciación en un idioma común puede romper las cadenas del sentido literal, para liberar al hombre de la esclavitud de las palabras muertas, y comunicar conceptos precisos de ideas verdaderas y de los verbos vivos que la ironía anima. Así que, para el hombre o la mujer de veras pensante, el gramático es el caso perfecto del imbécil funcional con el que uno tropieza en tanto obstáculo en la búsqueda del dominio de las ideas verdaderas. Es decir, que el conocimiento de veras vivo sólo puede encontrarse en esas expresiones trascendentales llamadas ironía clásica.

La aclaración de esto es el quid de la cuestión a plantear de inmediato aquí.

Pregúntate: ¿por qué la práctica competente de la ciencia física requiere que identifiquemos el descubrimiento de un principio físico universal validado mediante experimento por el nombre personal del descubridor pertinente; no el nombre personal asociado con alguna fórmula matemática usada para describir un efecto de la aplicación del principio, sino el nombre personal del descubridor? Esta cuestión debe mover la atención a algunos ejemplos cruciales del significado de la ironía clásica que llevamos dentro, el reto de mostrar la necesidad de describir la practica del gramático como si fuera un juego con palabras muertas.

Al asociar un descubrimiento original de un principio con el nombre del descubridor, como en el caso de Arquímedes, por ejemplo, estamos implícitamente obligados a provocar y, así, a recrear la experiencia cognoscitiva pertinente en nuestra propia mente, una experiencia que ocurrió en la mente de un Arquímedes o en la de Arquitas al resolver el problema de doblar un cubo. Así nos obligamos a revivir la experiencia cognoscitiva íntima de ese acto de descubrimiento. De esta manera buscamos poner en juego dentro de nuestros propios procesos mentales soberanos, en tanto personas vivientes, una réplica del proceso pertinente que ocurrió en la mente de esa persona viviente cuando vivía. Esa acción nuestra define el descubrimiento nombrado como una idea viva, y las palabras usadas con ironía para señalar esa dirección devienen en verbos vivos —verbos con un significado vivo para nosotros— que remplazan a las palabras muertas. Éste es el significado de la generación y transmisión de ideas verdaderas, el significado de animar las ideas con forma platónica.

Por ejemplo: algunos cometerían la barrabasada de sugerir que los descubrimientos de principio pueden demostrarse en el pizarrón del aula académica, o mediante una computadora digital, como proponen los tontos defensores de los dogmas de la “teoría de la información”. Gauss probó el asunto en cuestión cuando en 1799 desenmascaró el fraude pertinente perpetrado por empiristas tales como D’Alembert, Euler y Lagrange. Gauss demostró así, de nuevo, que el descubrimiento de un principio no se lleva a cabo mediante modelos aritméticos o cartesianos de construcciones matemáticas formales. El verdadero descubrimiento lo provocan meramente las paradojas formales, como las algebraicas, que quizá puedan representarse en un pizarrón del aula académica; pero el acto de descubrimiento de un principio no ocurre en el pizarrón ni en las entrañas de una computadora digital; sólo puede realizarse dentro de los procesos cognoscitivos soberanos, los procesos de hipotetización que representan la facultad y distinción única de una mente humana, que la separan de las bestias.

La mención del descubridor original es un reto: experimentar en la mente de uno el proceso de descubrimiento del modo que ocurrió en la mente del descubridor mencionado. La única forma en que podemos hacer esto, es generando sus hipótesis pertinentes dentro de los procesos de nuestra propia mente individual. Las implicaciones ontológicas de la afirmación que estoy por hacer a continuación, que de otro modo parecen paradójicas, aunque de un modo delicioso, quedarán aclaradas concentrándose de forma apropiada en lo que tengo que informar a lo largo de gran parte de las secciones siguientes de este informe respecto al concepto de Vernadsky de la noosfera.

Incluso ya a estas alturas del informe, el concepto de Vernadsky de la noosfera ayuda a aclarar algunos aspectos del significado físico de lo que acabo de decir. Nuestro cerebro viviente y sus accesorios realizan el acto del descubrimiento regresando a la vida, por ejemplo, a Arquímedes, del modo que éste vivió en la mente de Arquímedes, vuelto a nacer dentro de las funciones de nuestro tejido vivo.Esa acción tiene la forma característica de la actividad de hipotetizar que empapa la colección de diálogos socráticos de Platón. El carácter físico de este acto nuestro de reanimar ahora la idea viva que está detrás del nombre de Arquímedes —la acción cognoscitiva viviente del Arquímedes entonces vivo, por ejemplo—, es hoy una implicación que al parecer, hasta ahora erróneamente, los críticos del trabajo de Vernadsky no han logrado captar. Tanto el dogma “materialista” soviético como el empirista liberal han estado entre los impedimentos pertinentes a considerar al lidiar con las pruebas de esos yerros.

Para hacer lo que quizás es una recapitulación indispensable del razonamiento anterior, la ironía de igualar la persona del descubridor con un descubrimiento de principio, obliga así a nuestra mente a recrear la experiencia viva de ese acto original de descubrimiento de esa mente, en tanto experiencia viva, dentro de nuestra propia mente. Ése es un modelo, por así decirlo, de la función de la ironía clásica, como la única forma veraz de usar las formas de comunicación que están literalmente muertas cuando las tratamos sólo como si tuvieran valor en y por sí mismas (como lo hacen los simples gramáticos), para comunicar una experiencia viva de veracidad de una mente a otra, aun a través de miles de años de por medio.

Considera la tragedia clásica, como la de Esquilo, Shakespeare y Schiller, como un modelo, en el arte, del mismo significado de la ironía clásica, del modo que indiqué el uso irónico del nombre de Arquímedes, Kepler o Gauss para llevar a la mente del que lo escucha a revivir el acto original pertinente de descubrimiento de lo que de forma eficiente es un principio físico universal. Esto, a su vez, sirve para mostrar cómo tenemos que definir esos principios que deben adoptarse, y para advertirnos contra los que no deben serlo, en la tarea de desarrollar un diálogo de culturas.



Compara Two Cultures and the Scientific Revolution (Dos culturas y la revolución científica. Londres y Nueva York; Cambridge University Press, 1993), de C.P. Snow.


Siete tipos de ambigüedad (Middlesex; Penguin Books, 1961), de William Empson. Esto no es apoyo ciego al razonamiento de Empson, sino que pone de relieve que su obra, cualquiera que sean sus errores, debe tomarse en serio.


En un discurso difundido por internet el 9 de noviembre de 2004, me referí a un matemático hipotético que se casó con una muñeca de plástico porque admiraba sus medidas.


Nótese aquí ya una cuestión cuya importancia para la economía abordaré más adelante en este informe. Los procesos cognoscitivos de la mente humana, que Vernadsky define como noéticos, son de un orden superior al principio de la vida misma, así como los procesos vivientes interactúan con los procesos no vivientes, aunque no sean parte de éstos. Sin embargo, el proceso noético requiere un proceso viviente, el de la mente humana, para reanimar la idea de principio generada antes por un Arquitas o un Arquímedes. Ésta es la naturaleza de la comunicación de tales ideas reales tanto en la sociedad contemporánea como a través de períodos de siglos o hasta milenios de la historia.

 

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