LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA - LOS VERBOS VIVOS

31 de marzo de 2005
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LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA

1. EL REMEDIO VERNADSKY

•••Los verbos vivos

LOS VERBOS VIVOS

Concéntrate en el caso de que esa misma imagen, palabra o frase aparece en varios contextos con distintos significados en la vida real, como en un mismo poema. Sin embargo, la contradicción, la discontinuidad formal inferible (ambigüedad) entre conjuntos claramente distintos de significados imputables al mismo término en varios contextos dentro de la misma composición, definen esa ambigüedad como un objeto de la vida real distinto, único y singular, de la calidad de un verbo vivo potencial, como yo he desarrollado el uso del término verbo vivo arriba. Este método de generar semejante discontinuidad es la base de la ironía clásica, como ilustra esa noción el planteamiento que hace Shelley en su ensayo En defensa de la poesía. Al asignarle el valor de un nombre a la diferencia que representa semejante discontinuidad, nosotros, en tanto poetas o público concientes, hemos usado el lenguaje existente para añadirle un nuevo concepto, un nuevo término tal a nuestro vocabulario intelectual. De ese modo, las palabras muertas asumen un sentido vivo.

Tal es el carácter de la ironía que define el uso correspondiente del lenguaje en tanto lenguaje vivo, no por su mera forma, sino por la forma irónica de usarlo, por la forma en que significados de verbos vivos reales —nótese aquí en especial los significados de principios físicos universales— se desarrollan aun en el repertorio usado en un vocabulario nominal fijo. Si el significado de un término, su referente, puede definirse por su ubicación en el sistema deductivo, entonces no es un verbo vivo al emplearse en ese sentido. Tiene que haber una discontinuidad funcional significativa en el empleo, que justifique la sensación de la presencia de semejante objeto mental en la mente.
El corolario, sin embargo, es que un lenguaje empleado de esta manera genera así discontinuidades que corresponden a los recién descubiertos estados existentes en el universo que representa el uso de ese lenguaje. En términos funcionales, ésta es la forma en la cual le damos nombre a distintos objetos astronómicos, a principios físicos universales descubiertos, y a otros objetos mentales reales que dan a conocerse a través de su definición rigurosa como la define su existencia en tanto discontinuidades. De hecho, tal fue el método de Kepler, por ejemplo, quien definió originalmente un principio de gravitación universal, o de Arquitas antes, quien definió una solución específica singular para generar el doblar el cubo por una acción geométrica continua. Éste también es el principio activo indispensable de los modos clásicos de composición artística.

Ésta es la expresión elemental de creatividad artística a la que hace referencia Percy Shelley en su En defensa de la poesía: la transformación del lenguaje lograda mediante períodos en la vida de un pueblo que están marcados por un aumento en el poder de recibir e impartir conceptos profundos y apasionados respecto al hombre y la naturaleza. Ese poder logra expresarse como la comunicación de un verbo vivo.

La comunicación del significado de cualquier declaración debe colegirse por la prueba de la presencia de semejantes verbos vivos. Sólo los verbos vivos califican como ideas, en el sentido estricto y técnico de ideas. Uno en realidad conoce una idea contenida en una declaración por la presencia o ausencia de esa idea en tanto verbo vivo, cuyo significado razonado es el fruto de la misma clase de proceso mental asociado con la regeneración de una idea de las indicaciones del problema específico que resuelve, como en el caso de un estudiante moderno que experimenta de nuevo la construcción de Arquitas para doblar el cubo.

Por ejemplo, la idea de conocer la circunferencia de la Tierra viene a ser un verbo vivo en los procesos mentales del usuario, cuando éste ha reproducido la vivencia del experimento con el cual Eratóstenes midió el gran círculo de la Tierra, como en el 200 a.C., por medio de observaciones hechas desde fosos profundos desde dos lugares alineados en un eje norte–sur en Egipto, y luego midiendo con el mismo método la distancia del gran círculo de Alejandría, Egipto, a Roma. La prueba de la llamada “hipótesis solar” de Aristarco de Samos, es un caso similar que debe compararse con los aspectos conocidos del trabajo previo de Tales en el mismo sentido. La acumulación de tales reescenificaciones de descubrimientos de prueba de principio, de ordinario es la base necesaria para el desarrollo de lo que debiéramos aspirar a evocar como un sentido resultante de capacidad científica básica en la mente del adolescente.
Por ejemplo, la idea en cuestión en el ataque de 1799 de Carl Gauss contra el tratamiento del álgebra de D’Alembert, Euler y Lagrange, empieza a convertirse en un verbo vivo para el estudiante moderno cuando éste empieza a rastrear los orígenes del engaño de Euler a través de trabajar con las raíces cúbicas, de estudiar a Cardano y demás, y de doblar el cubo del amigo de Arquitas, Platón. Esto lleva a un entendimiento más rico de los orígenes de lo que Euler en realidad ataca con su fraude: el descubrimiento de Leibniz y Bernouilli de lo que vino a conocerse como la forma mejorada del principio del cálculo infinitesimal basado en la catenaria, el principio de acción mínima universal de Leibniz. Esta conexión de Leibniz y Gauss lleva a la generalización del principio físico–matemático del dominio complejo por parte de Gauss, Riemann y otros.

Opto por la anterior ilustración para situar la forma de pensar que es necesaria para abordar el tema del modo más directamente pertinente con el concepto a mano en lo inmediato.

Estas ideas, que sólo existen “entre tales grietas”, son “verbos vivos”, en el sentido específico que el filósofo antikantiano alemán Johann Friedrich Herbart le asigna un significado especial a su adopción del término Geistesmasse. Ésta es la definición de Herbart que Bernhard Riemann reconoce como la presciencia de un concepto de ciencia física, tanto como de literatura. De hecho, en ambos usos, no es un mero término técnico apropiado del especialista; este término, aunque hoy rara vez empleado con el mismo significado, corresponde a la noción más esencial de toda la filosofía clásica, un término que apunta hacia algo parecido, al menos a nivel superficial, a la noción más cruda del psicólogo Wolfgang Köhler, de la función mental asociada con su empleo del término Gestalt. Esto nos lleva a la región límite del concepto de trabajo más esencial para una tentativa de diálogo de culturas.

Como he recalcado de manera reiterada en escritos publicados sobre el tema, la experiencia fisiológica del individuo del mundo a su alrededor, no representa conocimiento directo del mundo real que siente, sino que más bien es su interpretación de la reacción de su aparato sensorial a su encuentro con el mundo que existe más allá de los sentidos de esa persona. Así que los ciegos sí ven. La experiencia humana de ese mundo real afuera produce un conocimiento potencial de la realidad en dos niveles sucesivamente superiores a la percepción sensorial como tal. Llámase a semejante experiencia realismo platónico. Es el mismo realismo platónico que subyace en la obra de Cusa, Leonardo da Vinci, Kepler, Leibniz, Gauss, Riemann y demás. Es el realismo platónico que hace erupción como lo expresa el concepto de la noosfera.

En el primer nivel, ahora estamos tratando con procesos que, según propone Köhler, son compartidos por el hombre y los simios. El flujo de sensaciones que chocan con el sensorio del infante es “descifrado” como un mundo de objetos sensoriales identificables. Estos objetos no se le presentan a la criatura de un modo directo, sino que son el producto de la digestión de la experiencia sensorial por la totalidad implícita de los poderes de concepción físico–mentales de calidad humana del niño. De esa forma, la mente saludable del infante ordena un flujo inmanejable de sensaciones en una serie comprensible de objetos juguetones y de relaciones–objetos.

}En el segundo nivel ocurre un desarrollo similar en un orden de reacción de una cualidad superior, una reacción que ocurre sólo en el hombre, no en los simios superiores: el descubrimiento de un orden superior de objeto mental que corresponda, por ejemplo, al descubrimiento de un principio físico universal definido por experimento.

Este nivel superior se encuentra en el arte clásico, como lo define el empleo de Herbart de Geistesmasse, como un término técnico para la práctica educativa y la ciencia, como Riemann asocia esto con lo que él denomina el “principio de Dirichlet”, en honor a su maestro y predecesor en la cátedra, Lejeune Dirichlet. Esta juntura de los dos empleos de este significado de Geistesmasse, es la clave de un enfoque racional del diálogo de culturas. El concepto asociado de esa forma con ese uso del término Geistesmasse, debe reconocerse que apunta hacia el concepto central de una ciencia de la cultura, una ciencia apropiada para desarrollar criterios para un diálogo de culturas.
Esto nos trae a la noción física, más que sólo la formalmente matemática, del dominio complejo. El planteamiento, como lo he presentado varias veces antes de esta ocasión, puede resumirse como sigue.

La referencia especial de Riemann a su empleo del término Geistesmasse aparece en la colección de sus obras matemáticas publicadas sólo como un solo tópico en una serie de elementos, esbozados sólo de forma parcial en sus obras póstumas. No obstante, el concepto que él asoció con su uso de ese término en esa publicación póstuma, es de modo implícitamente esencial en lo pedagógico para un mejor entendimiento por parte del estudiante contemporáneo, de sus principales obras publicadas, tales como su disertación de habilitación, y sobre el tema de la geometría física implícita de las funciones abelianas. Esa connotación de su empleo —y también de un modo implícito el de Herbert— del término Geistesmasse, de inmediato lleva nuestra atención a conjugarse con nuestra discusión previa sobre la cuestión del verbo vivo. Este concepto riemanniano de la noción del verbo vivo es esencial para lograr un entendimiento claro de la pertinencia especial del empleo de Vernadsky del concepto de la noosfera para definir los problemas mundiales inmediatos de la economía física y la cultura.

Es ese verbo vivo, que denota el empleo de Riemann del término Geistesmasse. Es un concepto, y un objeto mental, cuya realidad tiene expresión en términos físico–matemáticos sólo por una noción de lo físico, más que del dominio complejo meramente matemático.

No experimentamos de forma directa los objetos de nuestro ambiente. Más bien experimentamos el efecto del mundo a nuestro alrededor en términos de lo que nuestras mentes perciben como el impacto de ese mundo sobre nuestro aparato sensorial biológico. Logramos esto a un efecto que no está divorciado del modo en el cual el infante traduce un flujo de sensaciones experimentadas en un dominio de objetos comprensibles. No obstante, existen diferencias cualitativas entre la bestia y la mente del individuo humano en este respecto.

La gravitación, por ejemplo, se siente de diversas maneras, pero la gravitación como tal no es de modo explícito un objeto de los sentidos, ni puede hacerse de ella un objeto del modo en que la mente de un niño cuerdo reduce el flujo de sensaciones a conjuntos de objetos distintos. No obstante, la gravitación, como Kepler la define, es un objeto existente y eficiente de la mente humana. Viene a ser un objeto conocido tal cuando la conocemos por medio de la facultad asociada con la noción de verbos vivos. Entonces es un objeto de esas funciones cognoscitivas superiores de la mente humana, el dominio de las verdaderas ideas, que de otra forma encontramos en el papel que desempeña la ironía en la poesía clásica o en el drama trágico. Es, pues, el lugar en los procesos mentales humanos donde las formas de composición estrictamente clásicas, y la ciencia física definida en términos apropiados, vienen a ser una y la misma materia.

Todos los principios verdaderos de la ciencia física tienen el mismo carácter.

Aquí tenemos el remedio para la paradoja de las “Dos culturas” de C. P. Snow. Aquí tenemos la llave indispensable para establecer una forma exitosa de un diálogo de culturas.

Esa unidad, empero, contiene una diferencia cualitativa subsumida entre las dos. En la ciencia física el enfoque es sobre los descubrimientos de esos objetos de un orden superior en el dominio físico, tanto de los vivientes como de los no vivos, como los procesos específicos de ese dominio. En la composición artística clásica la relación entre la noosfera y la biosfera ha cambiado; son los propios procesos sociales los que sirven para intermediar entre la mente individual y la relación funcional de la sociedad con la biosfera. Los problemas que presenta esta concepción del asunto como un todo, en gran parte pueden remediarse de modo implícito con sólo introducir ciertas implicaciones epistemológicas más decisivas del desarrollo de Vernadsky de su concepto de una noosfera.

Regresamos a ese asunto crucial ahora, y más adelante, en el siguiente capítulo, retomaremos la discusión sobre las funciones de los poderes cognoscitivos del individuo humano, luego de introducir de un modo explícito el tratamiento de la dificultad que ha venido creando tensión en la mente del lector en la medida que hemos venido progresando hasta ahora: ¿qué es la mente humana, planteado en términos físicos?

La definición riemanniana de Vernadsky de la noosfera nos presenta con un universo compuesto como una geometría física múltiplemente conexa de tres cualidades de principio físico universal, que pueden distinguirse mediante experimento. Cada una de estas tres se distingue por lo que Riemann identifica como la cualidad única del método experimental de prueba asociado con el descubrimiento de cualquier principio físico universal.

En el más bajo de los tres niveles, el llamado inorgánico o prebiótico, incluimos esos procesos cuya prueba experimental de existencia elemental ni requiere ni permite el supuesto de la intervención causal de un principio de vida. (De este modo consignamos a los radicales positivistas opuestos a semejante concepto de la vida, tales como el finado John von Neumann, notorio por la “inteligencia artificial”, a los basureros de lo puramente inorgánico en los que ya han localizado su propia existencia de antemano). El segundo nivel, relativamente superior, es el de los procesos que ocurren en tanto procesos vivientes, como la tradición de Luis Pasteur ha definido el método experimental para lograr este resultado. El tercero es el dominio definido por esos procesos cognoscitivos de la mente humana individual creativa ( noética ), a través de los cuales ocurren los descubrimientos de principios físicos universales, tales como los de Kepler, y sin los cuales jamás ocurrirían dichos descubrimientos.

El dominio combinado de los procesos inorgánicos y vivientes es la biosfera. El dominio de una biosfera bajo el poder rector de la cognición humana es la noosfera.

Los tres dominios de acción ( poderes ) están múltiplemente conectados, en el sentido riemanniano de ese término. En la biogeoquímica de Vernadsky aplicamos esta perspectiva al estado en evolución del planeta Tierra, en términos del cambio de la proporción relativa de los fósiles, un arreglo en el que los residuos de un proceso constituyen las oportunidades capitales de otro, y es la clave para entender y dominar el desafío de los llamados “recursos naturales” hoy. Tal es la intención manifiesta que rige la existencia de nuestro planeta, cuyo autodesarrollo está restringido a estos dos términos de referencia. Sin embargo, entonces, nos inmiscuimos en ese designio en la medida en que nosotros, los humanos, entramos cada vez como un actor de mayor importancia, como si fuera desde afuera y arriba, en el desarrollo del planeta conforme a ese arreglo funcional

No hay ninguna crisis de recursos naturales de este planeta, en este planeta hoy: sólo hay una crisis causada por la ignorancia de esos fisiócratas modernos, que crean una crisis de materia prima en los hombres y mujeres que padecen de analfabetismo científico, y que gozan de demasiado poder financiero para su propio bien o el del planeta.

Contra esta apreciación no existe ninguna objeción competente; los fósiles, al examinarlos desde la perspectiva de Vernadsky, lo prueban. Si ninguna lengua pudiera hablar, los fósiles habrían dicho que ésta es la verdad sobre la existencia de nuestro planeta desde sus orígenes hasta el presente. Ésta es la intención expresa del Creador, así manifiesta.

El aspecto más perturbador de la perspectiva de Vernadsky sobre estos efectos, es que refuta todo intento de explicar la función de los poderes creativos humanos de formas tales que sitúen la creatividad en la suerte de cerebro que pertenezca solamente a la biosfera. Respecto a eso, una suerte de ansiedad progresiva hace presa del individuo que empieza a comprender las implicaciones de lo que he escrito tocante a esto hasta ahora en este documento. Para aquellos lectores que son más sensitivos, una suerte de presciencia misteriosa ahora asoma en esta etapa de mi informe.

Nosotros, los de la sociedad moderna, tendemos a vernos como si encarnáramos todas nuestras cualidades esenciales de vida, y de personalidad también, dentro de los confines de un proceso biológico como tal. Empero, como atestigua la relación entre la acumulación acrecentada de fósiles de un orden vernadskiano superior con el poder humano acrecentado en el universo, hay un poder que no está confinado al dominio de la biosfera, y que explica todo esto sobre nuestra existencia humana. Algo superior choca con los procesos biológicos del individuo humano viviente, para producir los efectos que tenemos que asociar con ninguna otra cosa que la noosfera. Es precisamente lo que experimentamos como en acción en la transmisión de una idea, en tanto verbo vivo, a través de los procesos indicados de reanimación de una marca, como si fuera legada a nosotros por un Arquímedes de la antigüedad ya hace mucho muerto, para que nazca de nuevo en la mente de un estudiante de la actualidad.

Al reflexionar sobre esto, tiene que empezar a parecernos que toda la humanidad pasada, presente y futura tiene el carácter de una masa pulsante de autodesarrollo, como si estuviera en una simultaneidad de la eternidad, una simultaneidad expresada como una continuidad a través de los procesos de principio de la reanimación que expresan los verbos vivos. A estas alturas en nuestras reflexiones, sentimos un justo consuelo, porque la noción de realidad espiritual que esto implica ahora tiene claridad científica. Como en el caso de la vida real de la Juana de Arco histórica que presenta Schiller, el sentido de un fundamento real de la inmortalidad personal humana, en vez de ser uno de fantasía infantil, cambia el sentido de ser hacia arriba, apartándolo del temor de Hamlet de la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna, y así multiplica por mucho el poder espiritual del individuo para hacer su contribución al avance permanente tanto de la humanidad como de cualquier otro propósito aun superior que la existencia de la humanidad —bien amada por el Creador— esté destinada a servir.

Tal, en y de por sí, sería un gran don para una humanidad hoy tan azarosamente cargada de dirigentes que han caído en la timidez por el temor a una mortalidad más aterradora que la simple muerte, dirigentes a quienes, en el mejor de los casos, si no son de otra forma cobardes o corruptos, sus temores a la inmortalidad los convierten en Hamlet o en algo peor.

En breve, entonces, la llave para traducir lo que acabo de destacar respecto a los Hamlet a la forma de verbos vivos, es la siguiente.



Mi idea de esta noción, y la de Shelley, debe compararse con los argumentos de los Siete tipos de ambigüedad de William Empson, mencionados antes aquí.

Así como el uso de la representación de una función física con un término del dominio complejo matemático de Gauss o Riemann, por ejemplo, hace referencia a la existencia eficiente de un principio físico que no se representa directamente de manera competente, en tanto objeto, mediante la percepción sensorial. Ver, por ejemplo, el ataque de Gauss en su disertación de 1799, a los empiristas D’Alembert, Euler, Lagrange, etc., quienes en realidad habían intentado negar la existencia del cálculo infinitesimal de Leibniz (es decir, del principio de acción mínima física universal), lo cual en realidad constituía la ubicación del dominio complejo según lo desarrollaron Gauss, Riemann y demás. Compara el principio de la electrodinámica de Ampère y Weber, desarrollado con la ayuda de Gauss y de la participación de Riemann como experimentador.

La referencia más pertinente de Shelley en ese particular, no es sólo a la Revolución Americana de 1776–1789, sino a todo lo que abarcó el repunte humanista clásico que hizo erupción en Alemania, y que se difundió con mayor amplitud en la cultura europea en torno a las figuras de Abraham Kästner, su alumno Lessing y Moisés Mendelssohn. Éste fue el repunte humanista clásico que se debilitó debido al horror que evocaron los tumultos del Terror jacobino y de Napoleón Bonaparte, con la proliferación resultante del pesimismo cultural que expresó la reacción romántica a la tiranía de Napoleón, el consiguiente Congreso de Viena bajo la tiranía de Metternich, el protofascismo de la teoría de la historia y del Estado de Hegel, y de ahí hasta Adolfo Hitler y más allá. Shelley y el Heinrich Heine que atacó “la escuela romántica en Alemania”, quedaron atrapados en la fase de reflujo del fermento humanista clásico en el arte, a pesar de los logros posteriores de Schumann y Brahms, por ejemplo. No cesó, pero si se debilitó en un grado significativo. Las muertes de Gauss, Dirichlet y Riemann en los 1850 y 1860 coincidieron, de modo similar, con el final del período de la mayor proporción de fecundidad científica difundida en Europa en ese siglo, dejando a los reduccionistas en la ascendencia hasta el presente.

La ubicación de la idea dentro de un razonamiento, marca la existencia de una discontinuidad. La marca corresponde al lugar donde ocurre un acto de generación de una idea conforme a la noción de acción de Platón, según el principio de la hipótesis. La demostración experimental de la eficiencia singular (es decir, el experimento único de Riemann) de dicha idea hipotética, establece un principio físico universal.

 

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