LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA - LA DENSIDAD RELATIVA POTENCIAL DE POBLACIÓN

31 de marzo de 2005
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LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA

2. VERNADSKY Y LA ECONOMÍA FÍSICA

La densidad relativa potencial de población••

LA DENSIDAD RELATIVA POTENCIAL DE POBLACIÓN

¿Cómo hemos de definir este factor de la cultura de un modo universal, de un modo pertinente, para todas las regiones de nuestro planeta?

Vernadsky, de forma implícita, responde a esas preguntas en términos esenciales, si no es que amplios. Mis propios descubrimientos de fines de los 1950 y principios de los 1960 en la ciencia de la economía física, que hacen referencia a la obra de Leibniz, representan una llave integral para resolver las preguntas restantes que las contribuciones de Vernadsky de forma implícita plantean al respecto. Empiezo con ciertas reflexiones esenciales sobre mi propio trabajo, y limito aquí mi informe sobre este tema a una descripción sumaria de algunos aspectos básicos, centrado en las consideraciones tecnológicamente menos gravosas que tienen que tomarse en cuenta para sustentar la comprensión del quid de las contribuciones decisivas de Vernadsky a cómo tiene que organizarse y administrarse la economía mundial en esta etapa de la evolución de nuestro planeta.

El valor original que sienta la base funcional en mi método de contabilidad físico–económica, no implica la noción de dinero como un valor a tomar en cuenta para definir la economía en tanto proceso físico. Sólo se toman en cuenta los valores físicos en tanto factores primarios de los aspectos físico–económicos del ciclo como tal. Al dinero —que deben crearlo, emitirlo y controlarlo los gobiernos soberanos— lo defino y trato principalmente en su función normal en una forma saludable de sociedad moderna, como un resultado final de las decisiones físico–económicas y operaciones relacionadas de la producción y distribución en esa forma de organización de una economía nacional y mundial más o menos regulada por el Estado, que economistas destacados como Hamilton, Federico List y Henry C. Carey conocían como el Sistema Americano de economía política de los presidentes estadounidenses Washington, Abraham Lincoln, Franklin Roosevelt y algunos otros.

¿Por qué desperdiciar esfuerzos cediendo a propuestas para intentar perpetuar la forma al presente terminal de una forma liberal angloholandesa de sistema mundial, un sistema monetario pro feudal el cual, en esencia es anticuado, en momentos en que tiene que crearse un sistema monetario totalmente diferente, uno asentado sobre el fundamento alternativo de una base físico–económica? ¿Para qué tratar de convencer a un buque transatlántico a volar en una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra?

Comienzo este esbozo somero de los elementos básicos del concepto físico–económico del Sistema Americano con la densidad poblacional, definida en términos de los miembros de los hogares, y contando a estos miembros por kilómetro cuadrado tanto del territorio total disponible como el que ocupan sus residencias y actividades físicas pertinentes. Comparo el consumo requerido para mantener a esas familias con el producto físicamente eficiente del trabajo realizado por los miembros de esos hogares. Las mediciones elementales a realizar consisten en comparar el rendimiento producto del trabajo de esas familias, con el nivel de consumo de la sociedad entera de la misma clase de productos necesarios para mantener a esas familias, así como a la sociedad en la que viven; eso, a un nivel de existencia de aquellos modos de producción y de la expresión del producto generado, que luego se mide per cápita y por kilómetro cuadrado del territorio pertinente que ocupan esas familias y las actividades asociadas con sus funciones en la sociedad, y, de forma más categórica, en la determinación de las características del ciclo económico.

La misión (la intención expresa) del ciclo económico tiene que ser la de aumentar las facultades productivas netas definidas en términos físicos del trabajo, per cápita y por kilómetro cuadrado, al tiempo que eleva la esperanza de vida de esa población. Esta noción es la que sustenta la fase preliminar del proceso de concebir una densidad relativa potencial de población per cápita y por kilómetro cuadrado. La noción central es que esa calidad de existencia de la familia que mejora la proporción entre la producción y el aumento del consumo requerido, no debe caer, sino que mejorará de modo antientrópico.
En sus primeras aproximaciones pedagógicas, el ciclo primario medido es un lapso que va del consumo del producto en el hogar, hasta el producto final de producción que el acto de consumo final ingesta, y que luego representa el momento en que el material producido sale del ciclo económico de producción.

Otra producción, tal como la relacionada con el producto intermedio, recibe el trato de producción y consumo intrínseca del ciclo de producción del producto “final” neto. En otras palabras, sumarle el producto intermedio al producto final al calcular el producto nacional seguido representa, al menos en parte, una doble contabilidad, en especial desde que aumentó la influencia de la llamada generación del 68.El costo del producto intermedio lo absorbe el costo agregado del producto final incurrido en el ciclo. El uso del concepto del “valor agregado” ayuda a corregir la discrepancia potencial en términos estadísticos, pero en realidad no la resuelve, pues el costo atribuido a la producción intermedia, en especial en un sistema de precios sujeto a las finanzas, puede ser mayor o menor a un grado significativo en relación con lo que debe proporcionarse para mantener el equilibrio necesario en el crecimiento neto per cápita impulsado por la tecnología del producto final. El caso de la producción de componentes obsoletos de modo intrínseco, tales como látigos para los automóviles, es sólo un ejemplo de las diferentes formas en que el supuesto erróneo que aplica podría expresarse.

Mejor sería pensar en términos físicos en vez de monetarios, en una relación de capital entre el producto intermedio y el final, para darle al producto intermedio el trato diferente de una inversión de capital en el ciclo sistémico en su conjunto. La cosa es que ese gasto debe definirse en relación con los ritmos de progreso tecnológico y de las mejoras relacionadas en la productividad, más que mediante los métodos de contabilidad financiera a los que estas implicaciones les son más o menos indiferentes. Tenemos que evitar los métodos contables que, por desgracia, tienden a usarse como sustituto del trabajo serio en la determinación de la política económica.

Es entre esos dos extremos que ocurre la producción de valores intermedios. Entre estos están la infraestructura económica básica, medida en términos aproximados por kilómetro cuadrado y per cápita, y el capital del propio ciclo de producción. Estas dos clases de producto intermedio quedan clasificadas como formación de capital, y se miden en años de vida física útil. En una primera aproximación, las mediciones adecuadas de la formación de capital son, en esencia, las siguientes.

Partimos del lapso que va del nacimiento a la mayoría de edad o a la madurez funcional equivalente del miembro recién nacido de la sociedad. Ésta es la unidad de medida más útil para definir ciclos de capital y, en sí misma, es uno de estos ciclos. Lo que nos interesa es comparar la vida física útil de una mejora de capital en la infraestructura o en la producción, con el período promedio de inversión que representa el desarrollo de un niño desde la infancia hasta la madurez adulta económicamente funcional. El supuesto funcional es que el ritmo de aumento neto de las facultades productivas del trabajo debe corresponder tanto a una mejora en el nivel de vida de los hogares como a la convergencia del equivalente de una edad para dejar la escuela, tal como en la perspectiva de algún futuro óptimo adecuado en el caso de los EU hoy, que es de 25 años para salir de la escuela como un profesional calificado.

En general, con los antecedentes que acabo de resumir de trasfondo, hay dos aspectos del proceso así descrito de modo somero, que abordan lo que ahora pondré de relieve del concepto de la noosfera desarrollado por Vernadsky.

Uno es esa clase de mejoramiento de la biosfera como tal que eleva el potencial productivo de una región, siempre y cuando midamos ese potencial en términos (humanos) per cápita y por kilómetro cuadrado, y no con otras unidades.

El segundo es el desarrollo cualitativo y cuantitativo de esa porción de la noosfera como tal que, en una primera aproximación, es el producto de funciones o componentes cognoscitivos, más que biológicos, de la formación acumulativa de fósiles en el planeta.

La regla general ya implícita en la propia panorámica de Vernadsky sobre el tema, es que el ritmo de aumento de los fósiles útiles de la noosfera debe ser mayor que el de los de la biosfera, al tiempo que el desarrollo por kilómetro cuadrado de ésta última debe acelerarse.

Lo que impulsa este último índice son las facultades cognoscitivas (noéticas) específicas del individuo humano. Ambos índices combinados pueden expresarse como uno solo cuando tomamos en cuenta el hecho de que el mejoramiento a voluntad de la biosfera, medido por kilómetro cuadrado, resulta de aumentos en la productividad generados por la facultades creativas del hombre.

Los antedichos aspectos de la economía, considerados desde un punto de vista físico en vez de monetario–financiero, convergen en un concepto que desarrollé hace más de medio siglo, al que llamé la densidad relativa potencial de población. Me parecía a la sazón que el término estaba al alcance práctico de los ingenieros industriales o de los técnicos comparables del proceso productivo, mientras que, no obstante, implicaba la perspectiva superior de pertinencia específicamente riemanniana del proceso que expresa una forma productiva de economía moderna.

En esencia, dado un territorio pertinente, la productividad potencial de toda la población que concierne a ese territorio, expresada en términos demográficos, por un lado refleja el desarrollo del proceso productivo como tal, incluyendo el de la población y su fuerza laboral; pero el nivel de desempeño logrado depende del desarrollo del territorio en el que esta actividad tiene lugar, incluyendo las instalaciones de producción y los servicios disponibles.

A fin de cuentas, esto incluye el manejo de la humanidad de todos esos procesos físicos que tienen que ver con nuestro planeta, y que son importantes para el mejoramiento de la densidad relativa potencial de población de la humanidad en el mismo, y para la existencia humana. Al respecto, esta panorámica de la condición de la vida humana en el orbe hoy desde una perspectiva superior, eleva el desarrollo de Vernadsky del concepto de la noosfera, del dominio más limitado de las aplicaciones de investigación científica seleccionadas, al de ser un rasgo indispensablemente determinante de la práctica económica que los gobiernos y sus equivalentes han de emprender con seriedad hoy día, en las condiciones planetarias que ahora surgen.
La medida de los cambios que fomentan el resultado indicado es la antientropía de la pauta de la práctica vigente aplicable.

Todos los factores indicados giran en torno a un solo asunto central: la naturaleza del hombre en tanto ser cognoscitivo (es decir, noético) que está aparte y por encima de las bestias. La clave reside en la facultad de hipotetizar, del modo en que la definió la colección de diálogos socráticos de Platón. Es en la medida en que la sociedad se organiza en torno al papel de esa función creativa privativa del ser humano individual, y al grado que se induce y ayuda al miembro individual de la sociedad en general a cultivar y emplear ese potencial creativo específico dentro de sí, que las economías podrían prosperar, y que podría fomentarse el desarrollo cultural y el bienestar físico mejorado de la gente.

De modo que la supresión del desarrollo cognoscitivo de una gran porción de la población, como por medios acostumbrados, resulta en una capacidad menguada de desarrollo para toda la población, aun del estrato relativamente más “privilegiado”. Pueda que los pobres no pierdan su humanidad en tales condiciones deprimidas, pero sí mucho de su desarrollo potencial en tanto seres humanos. Tolerar semejantes condiciones en nombre de valores tradicionales, es la fuente más mortífera de debilidad de cualquier cultura.

De ahí que el objetivo de los cambios en el diseño del propio proceso productivo tenga que ser, por supuesto, el efecto del consumo del producto. Una vez alcanzado eso, la forma en que se logra el efecto también tiene que implicar un acento añadido en el desarrollo de la cualidad humana de la participación del ser humano en el proceso productivo. Por ejemplo, la gente que desdeña la labor física tiende a subestimar la importancia del acento que el proceso de trabajar le imprime a la crianza o la tendencia a opacar el factor cognoscitivo en el trabajo y la vida del obrero.

Retomaremos esa última vena de discusión, sobre la función de las facultades creativas del hombre en una economía analizada desde la perspectiva ventajosa del concepto de Vernadsky de la noosfera, luego de que terminemos con otro asunto sobre la economía que debemos concluir ahora. Dicho asunto es la diferencia funcional que hay entre un sistema monetario de corte medieval, que es la forma ahora dominante del sistema monetario–financiero mundial actual, y un sistema monetario moderno de la variedad cuyo diseño es único de las dos constituciones originales de los EUA del siglo 18.



De conformidad con una nota anterior, el uso hoy convencional de los términos entropía y entropía negativa, según se usan ahora, se refiere a los efectos, no a los principios físicos. Antientropía, en contraste, como la definición de la gravitación de Kepler, se refiere un principio universal autosubsistente que causa la clase de efecto pertinente. La vida y la cognición creativa son expresiones inherentes del efecto de un principio de cambio constante, de antientropía.
Debe ponerse énfasis en esta condición previendo que no se tomen los dogmas económicos pseudocientíficos, como la noción de que un proceso económico, como “la producción de mercancías por mercancías”.

La práctica gerencial y de la economía de los sesentiocheros tiende a pensar únicamente en el marco a corto plazo de la denominada generación del “aquí y el ahora”, cuyos valores tienden a confundir los valores económicos con las gratificaciones sexuales repentinas y otras de una sociedad de placer; una forma moderna de la cultura imperial romana del “pan y circo”. En contraste, la formación de capital no es sólo de largo plazo, sino que aun el ciclo de producción mismo de muchas categorías de productos depende de un ciclo de mediano plazo, desde la concepción de la línea del producto hasta que el resultado comienza a venderse. Por ende, piensan en los productos intermedios como rivales de los productos finales, y tenderán a esas nociones lunáticas, como la de impulsar la venta de los productos intermedios a costa de la distribución ampliada del producto final, de las cuales depende el ingreso combinado de “todo el asunto”.

Para que algunos lectores no se vayan a sorprender con la idea misma de que sugiero un tope al aumento de la edad promedio para dejar la escuela, les pido que atiendan a la diferencia entre conocer y aprender que ejemplifica mi discusión del caso de las ideas de principios, como las de Arquímedes, Gauss, etc. Revivir la experiencia experimental decisiva del descubrimiento de los principios, en vez de aprenderlos, aumenta el poder de la mente del estudiante de forma directa, en vez de esperar que dichos poderes aparezcan como por ósmosis, empapándolos de una letanía de puro aprendizaje. Esto es muy ineficiente, y al final, por su naturaleza, debe producir más fracasos que éxitos. Me he referido con frecuencia a The Neurotic Distortion of the Creative Process (La distorsión neurótica del proceso creativo), del finado profesor Lawrence Kubie, y a escritos similares, como ilustración de la naturaleza de esta diferencia basada en principios.

Por ejemplo: “No te quejes, pedazo de tonto; deberías estar agradecido de que al menos tienes trabajo”.

La primera fue la Declaración de Independencia de 1776, en la cual el principio constitucional funcional es la condición contraria a John Locke de la “búsqueda de la felicidad”, que los círculos de Benjamín Franklin adoptaron de los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano de Godofredo Leibniz. Esto era contrario al dogma de “propiedad” de Locke que han introducido el magistrado de la Corte Suprema de Justicia de los EU, Antonin Scalia, y otros degenerados constitucionales, bajo el mote simulado del “valor del accionista”, una noción anticonstitucional que va en violación directa del propósito claro de la disposición del “bienestar general” del preámbulo de la Constitución federal de los EU. De aquí que, en auxilio de dichos fraudes como su propia noción de “propiedad”, el fanático enemigo de la justicia Scalia introdujo el dogma lunático del “textualismo” de corte veneciano del derecho contractual.

 

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